Contenido

1. El complejo de langosta

2.   El veneno del universalismo

3.   Un gigante despierta

4.   La urgencia de la predicación

5.   Ensancha la tienda

6.   El esfuerzo misionero en y desde América latina

7.   Hacia una cooperación interdependiente

8.   Lecciones y modelos de misiones

9.   Y por los que jamás oyeron, ¿quién se preocupa?

10. El gran misterio revelado a las naciones

11. Desafío y promesa

12. Una década de desarrollo de las misiones mundiales

13.       Pasado y presente del movimiento misionero latino

Extracto:

La promesa de Dios

La promesa del avance

Luego de ordenar a su pueblo extenderse, Dios le da la promesa del avance. ¡Qué bueno saber que cuando el Señor nos da una orden, nos da una promesa también! En el v. 3 dice: «Te extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda». No se trata de si vamos a crecer o no; la respuesta es un categórico ¡sí!

Estamos en nuestros días presenciando uno de los mayores crecimientos de la iglesia de todos los tiempos. El cristianismo ha dejado de ser sólo la religión de los blancos europeos o norteamericanos; es una fe que avanza y conquista corazones de negros, mulatos, amarillos, de piel cobriza, pigmeos y altos, educados y analfabetos, gentes de países democráticos o bajo regímenes totalitarios. ¡Verdaderamente el evangelio es universal!

La promesa de la toma de posesión

A continuación, Dios le da a su pueblo la promesa de la toma de posesión. Dice: «Tu descendencia heredará naciones». Los pueblos y naciones son herencia de Jehová. Le pertenecen por derecho natural por ser el Creador de toda alma viviente. Al presente, sin embargo, están bajo un poder nefasto: Satanás. Él es el príncipe de este siglo, que mantiene a multitudes de pueblos sojuzgados bajo tinieblas, en ignorancia, con religiones idolátricas, superstición, incredulidad.

El Salmo 2:8 promete: «Pídeme y te daré las naciones por heredad». Debemos extendernos a ellas, tomar posesión de aquellas tierras y plantar el estandarte de la Cruz, ¡porque le pertenecen a nuestro Dios! Él quiere reinar entre las naciones. La iglesia del Señor debe llegar a esas regiones e implantarse en medio del islam, del hinduismo, del budismo, del animismo, etcétera.

Según leemos «tu descendencia», representa a nuestros hijos de sangre (o espirituales), quienes habrán de ser los futuros misioneros a lejanas tierras. Sí, hay niños y jovencitos, al igual que algunos de nuestros recién convertidos a los que un día no muy lejano les veremos partir a otros continentes por causa del amor de Cristo, y ellos habrán de heredar naciones para la gloria de Dios.

La promesa del asentamiento

Finalmente, la promesa del asentamiento. Dice este v. 3: «Habitarán entre las ciudades desoladas». Son ciudades desoladas por el pecado, la ignorancia y la opresión diabólica. No es cuestión de extenderse únicamente y conquistar territorio; ¡es cuestión de asentarse en las nuevas regiones! Es la proclama del evangelio, la plantación de la iglesia, y el afianzamiento de la misma en medio de la sociedad.

Veamos cómo viven algunos de los tantos pueblos no alcanzados, donde vagan mil trescientos millones de almas rumbo a perdición eterna, desprovistas de todo conocimiento del amoroso Salvador que vino a este mundo hace veinte siglos.

Los xatriabá son una tribu de unas tres mil quinientas personas viviendo en la selva del Mato Grosso (Brasil) y no sabemos que hayan sido alcanzados; y todavía restan más cien otras tribus en las mismas condiciones en dicho país. Los tuaregs suman unos novecientos mil y viven mayormente en Níger como nómadas del desierto del Sáhara. Que sepamos, en ese país ¡hay sólo diez hermanos nuestros pertenecientes a esa raza!, lo mismo que los saharauis del Sáhara Occidental, que suman cerca de ciento ochenta mil. Los kirguizes viven en Asia Central, suman más de dos millones y medio de almas ¡y tal vez puede que haya apenas una treintena de creyentes! Los zuangos son como quince millones viviendo en la China, y por lo que se sabe, este pueblo animista no ha tenido casi contacto con el cristianismo! Los kurdos de Turquía e Irak suman más de veinticinco millones; son labradores y pastores de montaña y es el pueblo más grande del mundo que no tiene un país propio. Entre ellos, quizás, haya ¡tan solo un puñado de creyentes! Los casimires, al norte de la India, son como cuatro millones, criadores de ovejas por siglos. De ellos los británicos explotaron la lana e hicieron los famosos cortes casimir. Entre ellos, pues, apenas si hay algún creyente.

¡Oh, cómo deberíamos clamar al Cielo para que pronto, urgentemente, en cada uno de estos pueblos, la iglesia de Cristo no solo avance y tome posesión, sino que se establezca como si fuera en casa, así como hoy lo está aquí en nuestra Latinoamérica!

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