Prefacio

En los últimos días que compartió con los discípulos, nuestro Señor abrió su corazón acerca de los motivos de su ministerio. «Estas cosas os he hablado,» les dijo, «para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo» (Jn 15.11). En su oración sacerdotal reiteró la misma realidad: «Pero ahora vuelvo a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos» (Jn 17.13). La frase pone en relieve el sentido esencial por el que fuimos creados, que es tener amplia participación en el gozo de Dios. Del mismo modo que nosotros no podemos callar la alegría de algún dichoso acontecimiento en nuestras vidas, así también Dios ha querido compartir con el hombre la incomparable hermosura y profundidad de la comunión que el Padre, el Hijo y el Espíritu disfrutan entre sí.
En su sentido más puro, el ministerio representa una invitación a unir esfuerzos en esta extraordinaria empresa, que es la de esforzarse por restaurar en el ser humano el gozo que es producto de una estrecha relación con el Creador. De hecho, el apóstol Juan, en su primera epístola, hizo suyas las mismas palabras de Cristo: «Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1.4). En otra carta confesó abiertamente lo que más impulsaba su ministerio: «No tengo yo mayor gozo que oir que mis hijos andan en la verdad» (3 Jn 1.4). La incontenible manifestación de gozo en la vida cotidiana, entonces, constituye el factor que más motiva y mueve a quienes hemos sido incorporados a los proyectos del Creador.
No obstante, el ministerio frecuentemente se torna una fuente de tristezas, frustraciones y desilusiones. Las personas no entran en la plenitud de vida que deseamos compartir con ellos. La verdad no es recibida con la mansedumbre y humildad necesarias para las más genuinas experiencias de transformación. Luchamos con el letargo natural que produce la rutina de una vida meramente religiosa. Con el tiempo, encontramos que lentamente se ha disipado el gozo que alguna vez fue el motor y la principal causa por nuestra vocación ministerial. Nuestros esfuerzos por despertar en otros una experiencia mas íntima con Dios no prosperan porque el desánimo se ha instalado en nuestro propio espíritu.
Sin duda usted, como yo, seguirá soñando con que el Señor traiga un maravilloso renuevo a su pueblo. Es evidente, sin embargo, que él debe iniciar primeramente esta obra en la vida de los que hemos recibido mayor responsabilidad dentro de la casa de Dios. El principio que determina la efectividad de un ministerio sigue siendo el mismo de siempre: Solamente podemos reproducir en otros lo que existe como realidad cotidiana en nuestras propias vidas. Ningún líder, entonces, puede darse el lujo de descuidar el desarrollo de su vida espiritual, pues la salud de aquellos que se le han confiado depende directamente de la vitalidad de su propia relación con Jesús.
Estas reflexiones diarias nacieron de un deseo de animar a quienes tienen responsabilidad ministerial entre el pueblo de Dios. Cuando me refiero a ministros, no estoy pensando solamente en aquellos que cumplen una función «oficial» dentro de la iglesia, sino en todos los que han entendido que todo discípulo debe, eventualmente, convertirse en alguien que invierte en el desarrollo y bienestar de otros. Mi intención ha sido examinar, a la luz de las Escrituras, algunos de los temas y desafíos más comunes que enfrentan los que desean invertir en la vida de otros. En el proceso de escribirlas intenté compartir experiencias, identificar desaciertos, clarificar dudas, y presentar alternativas. En todo, y salvando las limitaciones propias de mi humanidad, mi objetivo ha sido animar su corazón y estimular los procesos de transformación en su vida y ministerio.
Encontrará que cada reflexión gira en torno de la Palabra. Esto no es simplemente una cuestión de estilo, sino el resultado de una inamovible convicción espiritual de que la Palabra es la fuente de la sabiduría que tanto necesitamos en nuestra vida cotidiana. En un momento en el cual la iglesia ha sido asediada por una infinidad de filosofías provenientes de la cultura posmoderna, creo que es necesario y acertado una vuelta a las Escrituras. En más de veinticinco años de ministerio no me he cansado de descubrir las incomparables riquezas del tesoro revelado de Dios.
Quisiera animarle a que no lea estas reflexiones como las conclusiones acabadas de quien tiene resuelto los temas relacionados a liderazgo y el ministerio. Más bien, he deseado volcar en estas páginas las perspectivas y convicciones que pesan sobre mi corazón en este momento particular de mi peregrinaje espiritual. El movimiento propio de la vida, sin embargo, exige que estemos dispuestos continuamente a evaluar nuestras convicciones a la luz de las experiencias y relaciones que marcan nuestro paso por esta tierra.
Quisiera animarle a creer que lo mejor en su vida está aún por delante. Con el pasar de los años he comprendido que gran parte de lo que ocurrió en los primeros años de mi vida ministerial no era más que una preparación para lo que venía por delante. Aún cuando Cristo me ha permitido vivir muchas experiencias profundas y enriquecedoras, tengo convicción de que estoy en un camino que promete mayores tesoros que los obtenidos hasta el momento. Esta misma convicción es la que comparte Pablo, cuando declara: «pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Flp 3.14). Aunque ya estaba terminando la carrera, el apóstol continuaba con los ojos firmemente puestos en el futuro.
No viva de los recuerdos del pasado. El Dios que lo ha acompañado hasta este momento lo invita a creer que la aventura apenas está comenzando. Atrévase a echar mano, una vez más, de sus sueños más alocados, y camine confiado, con Aquel con quien está juntamente sentado en los lugares celestes.
¡Qué el Señor, en su misericordia, permita que usted alcance la plenitud de su gozo!

Extracto:

El tema de la disciplina es algo que nos cuesta entender, especialmente porque estamos muy condicionados por la cultura en la cual vivimos. En muchos ámbitos educativos se ha descartado cualquier tipo de disciplina hacia los estudiantes, porque se considera que el daño emocional de una disciplina impuesta es irreparable. Influenciados por esta filosofía humanista, muchos padres cristianos han claudicado frente a la responsabilidad de disciplinar a sus hijos para criarlos en el temor de Dios. Por otro lado, en nuestra cultura latina no es inusual encontrarnos con padres que son exageradamente violentos en la forma de disciplinar a sus hijos, usando el momento de la disciplina para descargar frustraciones e ira acumulada. ¡No hace falta señalar que en estas circunstancias la disciplina deja de tener utilidad para la vida del disciplinado!

En la reflexión de hoy nos interesa meditar en la disciplina como el resultado de un compromiso de amor hacia la persona disciplinada. Note, en primer lugar, que la disciplina y el amor no son incompatibles. Al contrario, el autor de Hebreos señala que una de las maneras en que conocemos el amor del Señor hacia nosotros es en la disciplina que trae sobre nuestras vidas. Esta aparente contradicción es más fácil de entender cuando no nos concentramos en el proceso de la disciplina, sino en el producto de dicha experiencia. La disciplina no se administra para obtener resultados a corto plazo. Es una inversión que producirá fruto a lo largo de muchos años. Quien disciplina con esta verdad en mente, sabe que lo desagradable del momento es necesario, para que en el futuro se vean los resultados positivos de las acciones tomadas. Esta es la perspectiva de la exhortación de Proverbios, cuando dice: «No rehuses corregir al muchacho, porque si lo castigas con vara, no morirá. Castígalo con vara y librarás su alma del seol» (23.13–14). ¡La administración de la disciplina tiene consecuencias relacionadas con la eternidad!

La persona disciplinada no es la única que se duele en la experiencia. El que disciplina también sufre. Si usted ha disciplinado en amor a un hijo, sabrá que el corazón de un padre o una madre sufre y se quebranta por tal acción. Experimentamos, además, desilusión por el comportamiento inapropiado que ha hecho necesaria la administración de la disciplina.

En este sentido podemos entender el dolor de nuestro buen Padre celestial cuando se hace necesario que nos discipline. Seguramente su corazón se carga de tristeza por nuestras acciones inapropiadas que lo motivan a disciplinarnos. Mas, por nuestro bien, no desiste de la disciplina. De la misma manera, nosotros que hemos sido llamados a formar a otros, debemos estar dispuestos a ejercitar la disciplina cuando sea necesario, con espíritu tierno pero firme. Es una parte esencial de nuestra labor pastoral, y no debemos descuidarla.

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Christopher Shaw

Autor: Christopher Shaw

es el director de Desarrollo Cristiano Internacional y el editor de la revista Apuntes Pastorales. Tiene experiencia fortaleciendo líderes, incluso diez años como profesor en el Instituto Bíblico de Buenos Aires, Argentina, donde obtuvo su licenciatura en teología. Después, recibió una maestría y un doctorado en misionología en Fuller Theological Seminary en Los Angeles, California. Christopher y su esposa Iris tienen tres hijos: Melanie, Timothy y Jonathan. Vive con su familia en su país natal de la Argentina.


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