El liderazgo y la humildad en el mantener de la unidad (3)

Filipenses 2:1-12

Introducción

En el primer estudio Jesús mismo ofrece descanso tanto al que llega por primera vez (la justificación) como al que siempre llega para mantener esa comunión (la santificación) que previene el “quemarse,” el “burn out.” “Venid a mí los que estáis trabajados y cargados . . . llevad mi yugo . . . y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:28,29).  Lo notable  son dos cosas: 1.) sólo los menesterosos, los quebrantados de corazón son recipientes de su descanso divino. No admite nunca al egoísta y al confiado en sí mismo; 2.) el área del aprendizaje crucial es desaprender el orgullo y aprender la humildad. Tales condiciones garantizan el «sabatismo» o el reposo que “queda para el pueblo de Dios” (Heb. 4:9). En breves palabras, la santificación, nuestra unión con Cristo, es el único antídoto por el desánimo y el “burn out.”

El Liderazgo y la humildad en el mantener de la unidad

A primera vista no hay mucha conexión entre el liderazgo y la unidad. Pero veremos que el liderazgo en la carne siempre resulta en la desunión y la separación entre los hermanos. El líder carnal establece su “reinado;” busca la manera de controlar y manipular a los seguidores de Cristo para su propios intereses. Pablo hacía frente a esto en las iglesias de Galacia. “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo por deciros la verdad? Tienen celo por vosotros, pero no para bien, sino que quieren apartaros de nosotros para que vosotros tengáis celo por ellos” (Gal. 4:16,17).

El verdadero liderazgo fomenta y promueve siempre la unidad del cuerpo de Cristo. Debemos tomar muy en cuenta que el líder queda sujeto a la Cabeza de la Iglesia y tal se interesa muchísimo en el bienestar de todo el cuerpo.  Herir al miembro del cuerpo es herir a la Cabeza. Nos resulta muy serio el liderazgo que busque sus propios fines y así divide el cuerpo de Cristo.  Muchas veces la división tan común en las iglesias hoy en día tiene por base el orgullo y la búsqueda de seguidores. El líder bíblico no busca a los seguidores personales sino sólo con el fin de introducirlos a la Cabeza misma.

El Planteamiento de Jesús frente al liderazgo secular contra el espiritual

Hacia el fin de su ministerio el Señor hizo frente al deseo de sus propios discípulos de ser el primero, el “mero mero.”  Santiago y Juan con su madre pidieron trato muy especial para sí.  Los demás se enojaron porque ellos tuvieron el mismo deseo. Nuestro Señor planteó esta verdad básica en este contexto: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizado con el bautismo con que yo soy bautizado? Y dijeron: podemos” (Mateo 20:22).  Locamente dijeron que sí porque no entendían nada del costo del quebrantamiento.

Ahora viene la verdad clave del liderazgo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir; y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20: 25-28). Tan importante es esta verdad que se repite también en Marcos 9:35 y Lucas 24: 24-27.  Quien no aprende esta lección se descalifica de ser líder entre los hermanos.

Jesús y su enseñanza vistos a través de los ojos de Pablo Filipenses 2: 1 – 12

Para comprender mejor la vida de Pablo tenemos que volverlo a ver en su trayectoria pasada. Parece que Saulo de Tarsus era un líder muy esforzado y con ese talento humano el orgullo venía siendo una parte íntegra de su vida. Se esforzó por salir bien en su religión: “Porque ya habéis oído cerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba; y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres” (Gal.1:13,14). Pablo da su testimonio de los haberes de que antes se gozaba: “circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de los hebreos; en cuanto a la ley fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Fil. 3: 5,6). Pero Pablo tuvo que desaprender todo aquello y con mucha razón hablaba más de la humildad y la mansedumbre que cualquier otro escritor bíblico.

La Situación de la iglesia de Filipos

Pablo expresa mucho cariño por los filipenses, una iglesia cooperativa con él, con quienes él metió el evangelio por primera vez en Europa.  (Véase Hechos 16:11-40)

Pero si hubiera habido algún defecto, hubiera sido una tendencia hacia la desunión.  Después de dar las sinceras gracias por su participación en el evangélico (1:5), Pablo comparte su situación del encarcelamiento en Roma y la suerte común de sufrir por Cristo (1:27-30).  Luego dice con más tristeza y claridad: “Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor. Asimismo te ruego también a ti, compañero fiel, que ayudes a éstas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio . . .” (Fil. 4: 2, 3).

Si tomamos nota de algo importante, Pablo introduce la carta dirigiéndosela a los obispos y a los diáconos o a los líderes de la iglesia  (1:1). En cierto sentido les da la responsabilidad de mantener la unidad en medio de las tendencias contrarias. Al empezar capítulo dos Pablo se mete en su afán –el egoísmo, el orgullo sutil y el espíritu divisivo.  Por una serie de comparaciones muy positivas, Pablo les urge que “completen mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” Luego en forma negativa recalca: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria. Antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo, no mirando cada uno por lo suyo propio, sin cada cual también por lo de los otros” (2:2-4).

Para lograr el fin de unir a los filipenses, Pablo nos da en Fil. 2:5-11 un pasaje cristocéntrico sin par en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo su propósito no era el de dogma ni doctrina en lo abstracto sino en la práctica de la unidad espiritual. Esto es en sí muy notable. No es la verdad en proposiciones ortodoxas sino la verdad encarnada y vivida en los quehaceres de la vida. Pablo no entra en los detalles que los teólogos han venido debatiendo por los siglos sino en la humildad tanto para el obispo y diácono como para Evodia y Síntique. Se debe caracterizar tanto al líder como al seguidor por la humildad.  Sólo de esa manera se garantiza la unidad y el ejemplo verdadero del dirigente.

La Humildad divina en toda su gloria y magnificencia  Fil. 2: 6-11

En la exposición de esta porción tan rica, no voy a tratar de sacar la verdad tan clara de su deidad absoluta.  Esta verdad la creemos y tenemos por aceptada sin cuestión alguna.  Cuando “se anonadó o se humilló a sí mismo” (2:8) no dejó ni por un segundo su deidad eterna e integridad absoluta de ser la segunda Persona de la Trinidad.  Siempre era y siempre será el Verbo eterno, el Cristo pre-encarado.  El gran valor de esta porción es su aplicación cotidiana a nuestra manera de vivir como creyente, como líder o en la casa, en el matrimonio en la familia, la iglesia, la escuela dominical o donde Dios nos ponga.

Investiguemos los elementos de esa  decisión tomada desde la eternidad pasada. En primer lugar nuestra pobre mente no es capaz jamás de sondear la hondura de estos hechos.  Tracemos estos sietes pasos para abajo:

1.)    “el cual siendo en forma de Dios:” (6) “forma” quiere decir la manifestación indiscutible de la realidad.  No tiene nada que ver con las formas variables.  Juan 1:1-3 afirma y establece esta realidad.

2.)    “No estimó ser igual a Dios como cosa a que aferrarse:” (6) su decisión fue voluntaria, no forzada, ni obligada. Contó el precio de dejar las prerrogativas, los derechos innatos de ser Dios para tomarnos en cuenta. Esto se originó en él mismo.

3.)    “sino que se despojó a sí mismo:” (7)  renunció sus derechos legítimos y se vació de lo suyo por un acto supremo de su voluntad bajo el mando de su Padre celestial.

4.)    “tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres:” (7)  Esta condescendencia nos es incomprensible ya que somos barro; él es el alfarero y creador que de la nada nos formó, estando nosotros muertos en pecado.

5.)    “y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo:” (8) El misterio del Dios que se hizo hombre, milagro incontrovertible siendo hombre con todas las limitaciones sin el pecado (Heb 4:15).  Las comparaciones aquí no fallan: el hombre que se hiciese hormiga no se asemejaría nunca a tal comparación.

6.)    “haciéndose obediente hasta la muerte:” (8) Dios hombre optó por no obrar, ni hablar ni hacer nada que su Padre no obrara, hablara e hiciera.  Llevó una vida totalmente bajo la obediencia más absoluta de su Padre celestial. Lo hizo de buena gana.

7.)    “Y muerte de cruz:” (8) No había muerte más anatema ante Dios  (Deut. 21:23; Gal. 3: 13).  Tal muerte era el epítome de la maldición de Dios. No fue la muerte ni de ejemplo ni de mártir sino la muerte vicaria del Cordero de Dios (Juan 1:29).

Todo este resumen nos deja pasmados.  Tal amor, tal entrega, tal compromiso por quienes éramos viles, enemigos, débiles: “Y a vosotros también que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado” (Col.1: 21).  Todo esto es la teología de la cruz, pero esto no es el enfoque de la porción; no es dogma sino praxis (práctica) que nos obliga como vivimos ante Dios y nuestros prójimos.

El resultado de semejante humillación no puede ser menos que la exaltación final en toda la gloria que merece. “Por lo cual Dios  también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (9-11). No puede haber más renombre después de tal humillación, el Mensaje de la Cruz, primero la muerte, luego la resurrección y la ascensión.

La Aplicación principal de esta obra maestra  Fil. 2: 5

Todo lo que es de Cristo en su eternidad, su pre-encarnación, su encarnación y su muerte vicaria, ahora se aplica exclusivamente a nuestra manera de vivir y relacionarnos el uno con el otro.  Tanto el líder con el seguidor o vice versa tiene que vivir bajo este ejemplo.

“Haya, pues, en vosotros este sentir, que hubo también en Cristo Jesús” (2: 5). Ahora viene algo que no había visto yo antes, pero da significado y sabor de manera muy llamativa.  El texto original se presta no tanto a Cristo como ejemplo sino que esta verdad, la humildad es ya producto de nuestra en unión con Cristo; el texto dice que hubo una conexión en unión en Cristo Jesús.  Sí que Cristo es nuestro supremo ejemplo, pero tal pone en nosotros el deber, la necesidad de seguirlo e imitarlo.

La humildad nos es una virtud imposible de producir e imitar. Se ve muy fea si la tratamos de fingir. Pero Cristo que se humilló, se anonadó, ya vive en nosotros, nos toca dejar que él en nosotros produzca la misma reacción de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo en el espíritu del crucificado (Lucas 9:23.24).  Esto acompaña el consejo de Jesús: “aprended de mí porque soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:28-30).

La etimología de la humildad es la bajeza; lo opuesto de la humildad es la altivez (2 Cor. 10:5). En estas dos posiciones podemos ver el espectro, la gama de lo espiritual y lo carnal. Cristo se bajó, Satanás quiso subirse. La Cruz es el trato divino para con la altivez en todo aspecto.  Nos corresponde la humildad ante Dios porque somos bajos y él es “Alto y Sublime” (Isa. 57:15). En el mensaje de la Cruz aceptamos plenamente nuestra bajeza y se traduce en la buena voluntad de servir como esclavo a nuestro prójimo.  La etimología de la mansedumbre es la ternura y la misericordia. La mansedumbre se refleja la humildad ante Dios en la mansedumbre hacia el prójimo. El manso y humilde lleva su vida en nosotros que andamos por la fe (Rom. 1:17).

Para el líder esto debe ser el primer paso que lo califica para dirigir la obra de Dios. Sin esta humildad no puede haber la bendición de Dios. Lastimaremos a los que nos rodean, lo cual Pablo niega: “Nada hagáis por contenida o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo, no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2:3,4).

Lecciones por aprender de Pablo en Filipenses

1.       Jesús estableció el principio fundamental de la humildad. Este antiguo orgulloso fariseo lo había aprendido bien y exhorta a los amados filipenses.

2.       Jesús puso en marcha este principio al dejar lo suyo, lo legítimamente suyo, y por eso puede exigir nada menos de los suyos.

3.       La humildad no es producto del creyente imitando al ejemplo del Maestro. La carne no puede producir ni la humildad ni la santidad.

4.       La humildad es la dinámica de Cristo que nos llevó a cruz de una vez y produce en nosotros el espíritu que sirve de buena voluntad a los demás.

5.       La humildad produce en el cuerpo de Cristo la unidad; el orgullo o la carne tanto en el líder como en el seguidor produce la desunión sectaria.

6.       La humildad pone en acción la dinámica de la cruz; es la piedra de toque del evangelio. ¡Qué contradicción es predicar la cruz de manera orgullosa!

7.       El líder verdadero va delante de los suyos habiendo aprendido de Aquel que es sobre todo “manso y humilde de corazón.”

Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


Etiquetas:


No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!