Introducción:

A través del correo electrónico recibimos una carta pidiendo oración por nuetros hermanos en la China Comunista. Actualmente unos 15 millones de chinos profesan la fe de Cristo en iglesias de diversas denominaciones controladas y restringidas por el gobierno, que son usadas, de paso, como medio de propaganda para hacer creer al mundo que en China se respeta a los creyentes.

          Pero existen también iglesias clandestinas que operan fuera del control gubernamental. Y hasta hace poco no se tenía una idea clara de la cantidad de creyentes que se congregan en esas iglesias.

Pero recientemente una fundación con base en California que promueve el evangelio en China, realizó un vídeo sobre el crecimiento del evangelio allí, a la vez que un corresponsal de la revista Time publicó un libro titulado “Jesús en Beijing”, acerca de este mismo asunto.

De acuerdo con esas fuentes, el número de chinos que profesa la fe de Cristo en iglesias no registradas es de unos 80 millones. Y aunque es difícil saber hasta qué punto esa cifra es real, es evidente que el evangelio está teniendo un crecimiento extraordinario en China a pesar de las fuertes restricciones del regimen comunista.

Eso ha tomado por sorpresa al gobierno que ha desatado una fuerte persecución contra los cristianos, sobre todo en la ciudad de Beijing. Creyentes han sido asesinados, muchos pastores y miembros han sido encarcelados, se han cerrado lugares de adoración.

Esos hermanos están pagando un precio por la fe que profesan, el precio que muchos creyentes han tenido que pagar a lo largo de la historia. En el Nuevo Testamento se advierte claramente a los cristianos que padecerán persecución y que tendrán que atravesar por muchas dificultades en su peregrinaje al cielo.

          En Mt. 5:10-11, el Señor Jesucristo concluye las bienaventuranzas diciendo: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo”.

          Y una vez más, en Jn. 15:18-20: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece… el siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán”.

          “En el mundo tendréis aflicción”, dice el Señor en Jn. 16:33. No en RD, ni en la China, en el mundo. Mientras seamos parte de este mundo caído y tengamos que vivir como cristianos en medio de un sistema donde reina el pecado, tendremos que padecer diversas circunstancias aflictivas.

          El pecado es fuente de muchas desgracias y tristezas para todos los hombres, creyentes o incrédulos. Pero los cristianos enfrentarán aflicciones peculiares por el simple hecho de ser cristianos.

El cristianismo es antagónico al mundo, y no importa el siglo en que estemos o el lugar del planeta en que vivamos, ese antagonismo se hará manifiesto de un modo u otro. 

          Y eso es algo que los cristianos occidentales perdemos de vista fácilmente. La prosperidad material que disfrutamos en occidente, en mayor o menor grado, y la libertad que tenemos de profesar nuestra fe, puede llevarnos a tener una perspectiva distorsionada de la vida.

          Y esa perspectiva distorsionada no nos ayudará a responder adecuadamente cuando tengamos que enfrentar las dificultades inevitables de vivir en un mundo caído. Vamos a reaccionar como si algo terriblemente anormal estuviese sucediendo, cuando lo cierto es que, en un mundo como el nuestro, los problemas son la norma, los conflictos, las frustraciones, los malos entendidos, las enfermedades.

          Amados hermanos, hay un solo cielo, y no es el planeta en el que nosotros vivimos. Mientras tengamos que atravesar por este mundo en nuestro peregrinaje hacia la patria celestial necesariamente tendremos que enfrentar muchas y diversas dificultades.

“Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”, dice Pablo en Hch. 14:22. Eso no es opcional para el cristiano, Pablo dice que es necesario, imprescindible, ineludible.

Vivimos en un mundo que por causa del pecado no es lo que debería ser. Y lo que es aún peor, un mundo que es hostil hacia todos aquellos que pretendan vivir su vida como la vida debiera ser vivida, a la manera de Dios y no a la manera de los hombres.

          Y a partir de hoy en la mañana vamos a comenzar la exposición de una carta del NT que tiene mucho que enseñarnos al respecto, porque fue dirigida a creyentes que estaban enfrentando una fuerte hostilidad por causa de su fe: la primera carta del apóstol Pedro.

          Es evidente que la intención de Pedro al escribir esta epístola fue la de instruir y consolar a sus lectores en medio de grandes dificultades. El tema del sufrimiento se menciona en cada uno de sus 5 capítulos, y se recuerda constantemente a estos creyentes que no pertenecen a este mundo, que están atravesando por un territorio hostil (1P. 1:6-7; 2:11-12, 18-23; 3:13-14, 17; 4:1, 12-16; 5:6-10).

          Esta carta tiene mucho que decir a los cristianos en medio de sus sufrimientos y aflicciones. Y es nuestra oracion que el Señor use el estudio de esta epístola para elevar nuestros pensamientos en la esperanza que nos aguarda al final del camino y para fortalecer nuestros corazones de tal manera que podamos enfrentar adecuadamente la oposición que encontraremos dentro y fuera de nosotros.

Leer 1:1-2. Como toda carta típica de aquellos días, lo primero que se menciona es al remitente; luego se identifican a los destinatarios, y finalmente se expresan unas palabras de saludo. Veamos, en primer lugar, al remitente, el autor de la carta.

I. EL REMITENTE:

 

No creo que sea necesario que abundemos en la figura del apóstol Pedro, porque recientemente el pastor Salvador Gómez trajo una serie de estudios sobre la vida de este personaje tan prominente en el NT.

Su nombre original era Simón, era nativo de Betsaida, una villa de cierta importancia situada a orillas del mar de Galilea, pescador de profesión, impulsivo de temperamento y en el tiempo en que conoció al Señor Jesucristo estaba casado y se había mudado con su familia a la ciudad de Capernaúm.

Tanto él como su hermano Andrés eran discípulos de Juan el Bautista. Y es precisamente cuando Andrés escucha a su maestro referirse al Señor Jesucristo como “el Cordero de Dios”, que decide tener una entrevista con él. Andrés conoce al Señor, se convence de que es el Mesías prometido y de inmediato se lo hace saber a su hermano Simón.

Este conoce a Jesús y se convierte también en uno de Sus discípulos. Y allí comenzaría un proceso de transformación a través del cual el impulsivo e inestable Simón vendría a convertirse en uno de los instrumentos claves para el comienzo de la iglesia y la propagación del evangelio.

Conociendo de antemano la obra que habría de hacer en él, el Señor le pone por sobrenombre “Pedro”, la forma griega del arameo “Cefas” que quiere decir “piedra” o “roca”.

Por un tiempo tanto Pedro como Andrés continúan involucrados en el negocio de la familia, hasta aquel incidente de la pesca milagrosa que Lucas narra en el capítulo 5 de su evangelio, cuando el Señor los llama a abandonar las redes para venir a ser pescadores de hombres.

Poco tiempo después ambos hermanos fueron seleccionados por Cristo para formar parte del grupo apostólico, donde Pedro llega a ser uno de los líderes incuestionables del grupo y uno de los más cercanos al Señor Jesucristo.

En muchos de los incidentes que se narran en los evangelios, el apóstol Pedro tuvo un papel protagónico. Fue uno de los testigos de la gloria de Cristo en el monte de la transfiguración, fue el único de los apóstoles que caminó sobre las aguas, el que pronunció la famosa declaración de Mt. 16:16: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Pedro fue uno de los tres, junto con Juan y Santiago, que Cristo escogió para que estén cerca del El en el huerto de Getsemaní la noche del arresto. Fue el que predicó el primer sermón de la iglesia en el día de Pentecostés y el que oficialmente abrió la puerta del evangelio a los gentiles en casa de Cornelio.

Aunque por su temperamento impulsivo y auto confiado no dejó de meterse en problemas y atraer sobre sí algunas reprensiones severas de parte del Señor.

Por esa confianza que Pedro tenía en sí mismo, no tomó en serio las advertencias que el Señor dio a Sus discípulos unas horas antes del arresto de que todos ellos serían fuertemente tentados por el diablo esa misma noche, y finalmente sucedió el triste episodio que todos conocemos: Pedro negó tres veces, con juramento y maldición, la relación que tenía con el Señor Jesucristo.

Pero ese no fue el fin de la historia. Por la gracia de Dios Pedro fue perdonado y restaurado, sirvió fielmente al Señor el resto de su vida, hasta que fue martirizado probablemente alrededor del año 64 d.C., en la persecución que Nerón desató contra los cristianos después del incendio de Roma. Esta carta que vamos a comenzar a estudiar fue escrita un poco antes de esos incidentes, tal vez en el 63 o a principios del 64.

Algo que llama poderosamente la atención al comenzar a leer esta carta es la forma tan escueta como Pedro se refiere a sí mismo: “Pedro, apóstol de Jesucristo”.

Hay tantas cosas que Pedro pudo decir de su persona, pero se limitó a presentarse como un apóstol de Jesucristo. El propósito de esta carta no era su propia exaltación, sino traer un mensaje de parte de Cristo para estos hermanos en aflicción.

La palabra “apóstol” significa literalmente “uno que ha sido enviado con un mensaje”; pero en este caso en particular, uno que ha sido dotado con una autoridad especial de parte de Cristo para hablar en Su nombre.

No son sus propios pensamientos los que Pedro comunica en esta carta, sino más bien el mensaje de Aquel que le envió. Esta epístola lleva consigo el sello de aprobación de Cristo mismo y es con esa perspectiva que nosotros debemos exponernos a su contenido.

Una cosa más, antes de pasar a nuestro próximo encabezado. Cuando nosotros estudiamos la vida de Pedro, lo impetuoso que era, los errores que cometió; cuando consideramos ese episodio tan vergonzoso de su vida cuando negó a Cristo tres veces con juramento y maldición, y ahora lo vemos aquí, 30 años más tarde, presentándose a sí mismo como un mensajero de Jesucristo y confirmando a estos hermanos en su fe, eso debe ser un estímulo para nosotros.

Muchas veces nos sentimos tan débiles, tan propensos a caer y a desmayar, que nos preguntamos si con el paso de los años no seremos nosotros unos de esos que termina siendo motivo de escarnio para el nombre del Señor y para el evangelio.

Puede ser que algunos aquí hayan tenido ya caídas estrepitosas o que su condición presente los haya colocado en una situación de tanto peligro que la caída parece inevitable.

Pero, mi hermano, si esa es tu condición, tú también puedes ser recobrado como Pedro lo fue. Es terrible que estés atravesando por un período de decadencia tan severo, y ciertamente la condición en que estás es sumamente peligrosa; si sigues por ese camino vas a cosechar frutos muy amargos.

Pero pongo delante de ti el ejemplo de este hombre para que entiendas que eso no tiene que ser así. La misma gracia que actuó en Pedro está disponible para ti, pero debes hacer lo que él hizo. Pedro no se justificó, lloró amargamente su pecado y comprendió que no podía apartarse del Señor ni un milímetro.

Y supliéndose de Su gracia pudo permanecer por 30 años más corriendo la carrera, hasta que selló su fidelidad con la muerte. Pedro no era diferente a ti y a mí. El era un hombre sujeto a pasiones iguales que las nuestras.

Pero la gracia de Cristo lo sostuvo hasta llegar a ser el hombre que pudo escribir una carta como la que vamos a comenzar a estudiar a partir de hoy. Quiera el Señor animarnos con su ejemplo, para levantarnos y seguir corriendo, en vez de sentarnos a esperar impotentes nuestra propia destrucción.

Habiendo considerado al autor de la carta, veamos ahora, en segundo lugar, sus destinatarios.

II. LOS DESTINATARIOS:

 

Vers. 1-2. Geográficamente hablando sus lectores se encontraban en la parte noroeste de Asia Menor, bordeando el Mar Negro, en la región que hoy se conoce como Turquía.

Nosotros sabemos por el relato de Lucas en el libro de los Hechos, que en el día de Pentecostés algunos residentes de esa zona se encontraban en Jerusalén, y es muy probable que algunos de ellos se hayan convertido y hayan regresado a sus hogares llevando consigo el mensaje del evangelio.

Pero más importante que el lugar geográfico es la descripción que Pedro hace de ellos en esta salutación. Y creo que si ha habido una época en la que debe prestarse una cuidadosa atención a la descripción que hace Pedro aquí de lo que significa ser cristiano es precisamente en esta época.

Hoy día muchos claman ser cristianos sin tener ninguna evidencia en su vida de haber nacido de nuevo y haber sido radicalmente transformados por el Espíritu Santo en su ser interior. Muchos creen que son cristianos porque en algún momento de su vida tuvieron cierta clase de experiencia o por los sentimientos subjetivos de su corazón: “Yo siento que Cristo está cerca de mi”.

Pero cuando una persona dice que es cristiana, lo que eso realmente significa es otra cosa muy diferente. En primer lugar, Pedro describe a los cristianos como aquellos que han sido elegidos por Dios.

Y esa descripción resulta sumamente interesante si tomamos en cuenta que Pedro está escribiendo a congregaciones formada mayormente por gentiles, no por judíos.

Los judíos solían usar el término “elegidos” para referirse a sí mismos. Ellos pertenecían a la nación escogida, no los gentiles paganos. Pero Pedro aprendió la lección que el Señor le enseñó al enviarlo a casa de Cornelio a predicar el evangelio: el Señor no hace acepción de persona; y ahora la iglesia, compuesta de judíos y gentiles, es el pueblo escogido.

Y esa palabra “elección” enfatiza la acción soberana de Dios al escoger a aquellos que El se propuso salvar desde antes de la fundación del mundo. Es Dios quien toma la iniciativa en la salvación de los pecadores, no el hombre. Ningún hombre muerto en sus delitos y pecados habría de escoger a Dios a menos que Dios haga una obra en él habiéndolo escogido primero.

En Jn. 15:16 el Señor dice a Sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”.

Y en Ef. 1:3-4 el apóstol Pablo bendice al “Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en El antes de la fundación del mundo”.

Dios nos escogió para bendecirnos. El nos bendice porque nos escogió para eso. Y más adelante Pablo añade que esa elección no fue una acción arbitraria de parte de Dios, sino que El nos predestinó “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad” (Ef. 1:5).

En otras palabras, la razón está en Dios, no en nosotros. Una acción es arbitraria cuando se hace por impulso, sin ninguna motivación racional. Pero Dios tiene una razón para escogernos, sólo que esa razón está en El, no en nosotros.

No fue que El vio nada especial en aquellos que escogió; es una razón que El tiene en Sí mismo. ¿Por qué escoge a unos y no a otros? Eso es algo que no nos ha sido revelado. Pero noten lo que sí nos fue revelado sobre esta doctrina que debe ser tan apreciada por el pueblo de Dios.

En primer lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “según la presciencia de Dios Padre”. Y la idea no es que Dios sabía de antemano quiénes iban a creer, sino más bien que Dios obró de acuerdo al plan que El se había trazado de antemano.

Es la misma enseñanza de Pablo en Rom. 8:29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de Su Hijo”.

En las Escrituras se usa a menudo la palabra “conocer” para hablar de un amor selectivo. Por una razón desconocida para nosotros Dios nos tomó en cuenta desde antes de la fundación del mundo y se propuso salvarnos y adoptarnos como Sus hijos. En virtud de esa elección El es ahora nuestro Padre.

En segundo lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “en santificación del Espíritu”. O para ponerlo de otro modo: “Escogidos por la obra santificadora del Espíritu”. Ese fue el medio que Dios usó para llevar a cabo Su propósito salvador en nuestras vidas.

Para que nosotros pudiésemos venir a Cristo fue necesario que el Espíritu de Dios obrara en nosotros, transformando la disposición dominante de nuestras almas de tal manera que deseemos venir a El.

Ningún pecador deseará entregarle su vida a un Dios santo, a menos que Dios le santifique primero. Y es interesante notar que la palabra “santificación” que Pedro usa aquí señala un proceso y no una obra que ya está terminada. El Espíritu Santo vino a nosotros en un momento dado de nuestras vidas y produjo en nosotros un nuevo nacimiento.

Pero ese proceso de santificación no ha concluido. El sigue obrando en nosotros día tras día, conformándonos cada vez más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo.

En tercer lugar, Pedro nos dice que fuimos elegidos “para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo”. Noten que no fuimos elegidos porque Dios sabía de antemano que nosotros íbamos a obedecer; obedecemos porque Dios nos escogió de antemano para que obedezcamos.

Como bien ha dicho alguien: “La obediencia es tanto el primer acto, como la característica permanente de la fe” (cit. por D. Edmond Hiebert; pg. 40). Nosotros sabemos que creemos en Cristo, porque tenemos la disposición de obedecer a Cristo.

Es imposible separar la fe de la obediencia. Todo aquel que cree obedece, no perfectamente, pero sí sinceramente. Hay una lucha en su corazón por hacer la voluntad de Dios.

Pero por el otro lado, Pedro nos dice que fuimos elegidos “para ser rociados con la sangre de Jesucristo”. Pedro está haciendo una referencia en el texto al pacto que Dios hizo con Su pueblo en el AT.

En Ex. 24 dice que Moisés leyó delante del pueblo todas las palabras que el Señor le había hablado en el monte Sinaí, y el pueblo respondió comprometiéndose a obedecer los mandamientos de Dios. Entonces Moisés roció sangre sobre el pueblo, y dijo: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (vers. 8).

Israel hizo un pacto como nación de que ellos habrían de obedecer a Dios. Lo que Pedro está implicando aquí es que todos aquellos que han respondido por fe a la proclamación del evangelio han entrado también en una relación de pacto, pero no como el pacto que Israel hizo en el Sinaí, sino un nuevo pacto basado en la sangre que Cristo derramó en la cruz del calvario.

Nosotros fuimos elegidos para entrar en esa relación de pacto, por medio del cual el Señor viene a ser nuestro Dios, y nosotros somos Su pueblo. En virtud de esa relación de pacto, los cristianos se comprometen a vivir de acuerdo a la voluntad de Dios y no conforme a su propia voluntad y mucho menos conforme al sistema de este mundo.

Y eso nos lleva de la mano al segundo aspecto de la descripción que Pedro hace de los cristiano y que veremos mucho más brevemente. Porque fuimos elegidos por Dios y ahora le pertenecemos a Dios, nosotros somos extranjeros en este mundo.

Pedro les llama “expatriados de la dispersión”. Así se veían a sí mismos los judíos que habían sido esparcidos fuera de Palestina, como extranjeros en una tierra extraña, anhelando siempre volver a su tierra. Pero Pedro aplica esta expresión a los creyentes. Nosotros también vivimos expatriados, porque nuestra patria permanente está en los cielos.

Mientras estemos en este mundo debemos recordar que este no es el lugar de nuestra residencia permanente. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn. 15:19; comp. 1P. 2:11).

Somos residentes temporales en un país que tiene otras costumbres distintas a las nuestras. Y nuestro llamamiento es a conservar intacta nuestra identidad como ciudadanos del reino de los cielos.

“No os conforméis a este siglo, dice Pablo en Rom. 12:2, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento”. “Vuestra ciudadanía está en los cielos”, dice Pablo en Fil. 3:20 (comp. Col. 3:1-4).

Hemos considerado el remitente y los destinatarios de la carta, veamos ahora mucho más brevemente, el saludo.

III. EL SALUDO:

Vers. 2.  En los tiempos bíblicos cuando dos griegos se encontraban en la calle se saludaban el uno al otro con la palabra “chairein”, que en español significa “regocijo”. Si eran dos judíos, se saludaban con la palabra “shalom” que significa “paz”, “salud”, “bienestar”, el estado de aquel que se encuentra disfrutando de las abundantes bendiciones que fluyen a nosotros por la bondad de Dios.

Tanto Pablo como Pedro toman el saludo típico de aquellos días, pero transforman el “chairein” en “charis” que significa “gracia”. Esta gracia es el favor de Dios obrando en nosotros, que no lo merecemos.  Y el resultado de esa gracia obrando en nuestras vidas es “shalom”, la paz que viene de Dios. Por el favor inmerecido de Dios, los cristianos disfrutamos de la paz de Dios.

Ahora bien, esa paz no significa una vida sin problemas y dificultades, sino más bien la quietud interna de aquel que se sabe reconciliado con Dios; el reposo que experimenta un alma, aun en medio del dolor y la aflicción, cuando sabe que su vida se encuentra en las manos de un Padre amante, sabio y todopoderoso, que ha hecho un pacto con Su pueblo de no volverse atrás de hacernos bien.

Estos hermanos ya habían sido hechos partícipes de la gracia y la paz de Dios, pero Pedro quería que ellos recibieran una medida más abundante ahora que las dificultades se habían acrecentado.

Queridos hermanos, no son circunstancias distintas las que necesitamos para que nuestros corazones estén libres de ansiedad. Lo que necesitamos es una medida más abundante de la gracia y la paz de Dios. Y esa medida abundante puede ser experimentada en medio de las más terribles adversidades.

Estos hermanos estaban atravesando por una situación muy difícil, y el futuro inmediato no prometía nada mejor. Pero la gracia y la paz de Dios estaban a su disposición, y eso era lo que ellos necesitaban, no una circunstancia distinta.

Es por eso que los pastores decidimos exponer a la iglesia al estudio de esta carta, porque nosotros queremos que los creyentes adquieran una visión más clara de los privilegios que tenemos en Cristo y que las aflicciones externas no pueden eliminar.

Y para las personas que nos visitan, permítanme añadir una nota de aclaración antes de concluir. Comenzamos hablando de las dificultades que los cristianos tienen que enfrentar por el hecho de vivir en un caído. Pero es importante señalar que los cristianos no son los únicos que sufren por esa causa; pero sólo los cristianos disfrutan de la gracia de Dios y la paz de Dios que le permiten atravesar por esas dificultades con un corazón quieto y reposado.

Mi amigo, tú necesitas la gracia y la paz de Dios, no simplemente para poder enfrentar los problemas de esta vida de una manera adecuada, sino, y sobre todas las cosas, para que puedas encarar algún día el más grande de los problemas humanos: el hecho de que todos nosotros nos presentaremos delante del tribunal de Dios para dar cuentas.

Y esa gracia y esa paz con Dios, que es la base para que podamos disfrutar de la paz de Dios, están disponibles para ti hoy por medio de nuestro Señor Jesucristo. Si vienes a El en arrepentimiento y fe serás plenamente reconciliado con Dios, todos tus pecados serán perdonados

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.



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