“Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio. 8 Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros” (1 Juan 2:7-8a).

Nuestra generación es alérgica a la palabra mandamiento. En un mundo que se opone tan tenazmente a los absolutos, la “apertura de mente” a los distintos estilos de vida y pensamiento son inevitables. Pero ésa no es la concepción de la vida que encontramos en las Escrituras. Dios no tiene tapujos para hablar de mandamientos, ordenanzas y estatutos, de obediencia, sumisión y servicio. En el campo de batalla de las ideas es muy fácil intentar socavar los principios esenciales de la relación que el hombre como criatura sostiene con su Creador. Pero tales intentos no expresan otra cosa que el deseo interno de los pecadores en constituirse en sus propios monarcas. Las ideas propuestas por los “inteligentes” nunca sustituirán las del Dios Sabio y Omnisciente, ni nunca pasarán a ser el criterio por el cual el Señor Soberano juzgará todas las cosas.

No obstante, la rebeldía al señorío divino no es sólo cosa de incrédulos. Los hijos de Dios somos especialmente exhortados a la obediencia (1 Pedro 1:14), porque nosotros también reaccionamos incorrecta y pecaminosamente a las órdenes que el cielo tan claramente nos ha comunicado.

La obediencia es sello que marca a los que verdaderamente han nacido de nuevo. No es opcional. Es muy fácil para nosotros concluir que somos obedientes. Naturalmente nos inclinamos a hacer la evaluación de nuestra condición espiritual tomando en cuenta únicamente aquellas áreas en las que no hay conflicto con ningún ídolo del corazón. Vemos muchas áreas “bajo control”. Pensamos en debilidades ya superadas, en hábitos piadosos que superan el promedio, y concluimos por ello que somos hijos obedientes. Pero, ¿qué piensas de esas otras áreas en las que no has decidido de corazón ponerte de acuerdo con Dios? ¿Qué de las prácticas por las que estás dispuesto a pelear con tal de que no las erradiquen de tu vida y por las que sabes que tu vida espiritual no está al nivel que debe encontrarse? ¿Has permitido la entrada del Soberano en todos los rincones de tu corazón?

El sincretismo religioso no es algo que está allá afuera. Es algo que llevamos muy adentro. ¡Oh que Dios nos ayude a ser iconoclastas espirituales, dispuestos a derribar TODOS los ídolos de nuestros corazones!

Salvador Gomez Dickson

Autor: Salvador Gomez Dickson

Pastor en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo y profesor de la Academia Ministerial Logos.



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