Introducción:

          Contrario a lo que muchas personas creen, no son las circunstancias las que producen ansiedad en nuestros corazones, sino el proceso de pensamiento que solemos tener en medio de las circunstancias.

          Vamos al supermercado y vemos el incremento de los precios en los artículos de primera necesidad, y allí mismo se disparan nuestros pensamientos: “¿Y qué pasará mañana si el sueldo no me da para comprar lo más básico? ¿Y si pierdo mi trabajo? ¿O me viene una enfermedad que me incapacite? ¿O se enferma uno de los míos y no tengo cómo costear el tratamiento?”

          Y así seguimos cavilando una cosa tras otra hasta que nuestros corazones se llenan de turbación y ansiedad. Aún los cristianos son susceptibles de ser atrapados en esa vorágine mental.

          Nuestro proceso de pensamiento juega un papel crucial, no sólo en el manejo de las dificultades, sino también en el desempeño de nuestra vida cristiana. La Palabra de Dios nos enseña que es por fe que andamos, no por vista; y vivir por fe depende en gran medida de pensar correctamente.

          ¿Cuáles son las verdades en las que el creyente debe meditar, sobre todo cuando se encuentra atravesando por un período de aflicción? El apóstol Pedro responde incidentalmente esta pregunta en el texto que vamos a estudiar hoy en la serie de estudios expositivos que iniciamos la semana pasada (comp. 1P. 1:3-5).

          Como veíamos la semana pasada, los recipientes originales de esta epístola estaban atravesando por un período de intensas dificultades que habrían de incrementarse en el futuro cercano.

Probablemente unos meses después de que esta carta fue escrita Nerón desataría una de las más fuertes persecuciones que sufrió la iglesia primitiva en el primer siglo.

Y en medio de esa terrible circunstancia, Pedro los lleva a contemplar las bendiciones que habían recibido de la mano de Dios. He ahí las verdades bíblicas en las que deben girar nuestros pensamientos si somos cristianos, pero sobre todo cuando estamos en medio de la adversidad.

Uno de los himnos de nuestro himnario dice en su primera estrofa (esta es una traducción literal del original en inglés):

Cuando en las oleadas de la vida seas sacudido por la tempestad,

Cuando estés descorazonado, pensando que todo está perdido,

Cuenta tus bendiciones, nómbralas una a una,

Y te sorprenderás de lo que el Señor ha hecho.

Eso es lo que Pedro quiere que sus lectores hagan, que cuenten sus bendiciones, que mediten en la gran salvación que Dios proveyó para ellos en la Persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo. Y eso es lo que yo quiero que hagamos en esta mañana a la luz de estos versículos en el cap. 1 de 1P.

El comentarista Edmond Hiebert divide este pasaje en tres encabezados que usaremos como bosquejo para nuestra exposición: En primer lugar, vemos aquí al Autor de nuestra salvación; en segundo lugar, la naturaleza de nuestra salvación; y finalmente, la certeza de nuestra salvación. Veamos, entonces, en primer lugar, al Autor de nuestra salvación.

I. EL AUTOR DE LA SALVACION:

 

Vers. 3. Estas palabras son similares a las de Pablo en Ef. 1: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:3-4).

La palabra que RV traduce como “bendito” es un adjetivo verbal compuesto que significa literalmente “hablar bien” de algo o de alguien y, consecuentemente, exaltar o alabar. Nuestra palabra en español tiene la misma connotación; proviene del latín “benedicere”, que significa decir lo bueno.

Cuando se usa en relación a Dios, como es el caso aquí, la palabra equivale a una expresión de adoración. Cuando el creyente bendice a Dios está declarando Sus excelencias, todo aquello que lo hace digno de alabanza, tanto en Su persona como en Sus obras.

En el Sal. 72:18 dice el salmista: “Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria”.

Y en el Sal. 103:1: “Bendice alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre (Su persona). Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios (Sus obras de bondad).

Bendecir es exaltar a Dios, y tanto Pablo como Pedro expresan esta nota de alabanza al considerar la gran obra de salvación que El llevó a cabo a favor de Su pueblo: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer”.

No es con la frialdad de un académico que Pedro trata estos asuntos, sino con la gratitud y la devoción de alguien que ha sido rescatado de la más grande calamidad, para venir a disfrutar de la más grande bendición.

Un catedrático puede dar una clase sumamente interesante acerca de los trasplantes de riñón, pero nunca podrá hacerlo como aquel otro que tenía que dializarse dos veces al día, y que su sistema estaba a punto de colapsar, hasta que alguien por amor le donó uno de sus riñones. No debería ser lo mismo.

Cuando un creyente medita en el precio que Dios pagó para salvarnos, la sangre de Su precioso Hijo, y la gran salvación que compró con ese precio, eso debería incendiar su corazón en gratitud y alabanza, aún cuando se encuentre en medio del dolor y la adversidad. La aflicción y el sufrimiento no cancelan ninguna de las bendiciones divinas.

Muchos hablan bien de Dios cuando todo parece que está saliendo bien; pero el creyente puede bendecir a Dios sin importar las circunstancias a su alrededor. El tema central de esta carta es el dolor y la aflicción; pero aun así Pedro comienza bendiciendo a Dios, hablando bien de Dios, por todas las bendiciones que El nos ha dado en virtud de nuestra unión con Su Hijo.

No es por nosotros mismos que hemos obtenido todas esas bendiciones, es por el hecho de estar en Cristo. Nosotros no merecemos nada de la mano de Dios, pero El lo merece todo, y nosotros estamos en El. Por eso Pedro no se limita a decir en el texto: “Bendito sea Dios”, sino más bien: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. El es el Dios y Padre de Cristo, y porque nosotros estamos en Cristo, El es nuestro Padre y nuestro Dios.

Cuando Cristo se encuentra con María Magdalena el día de la resurrección, el Señor la envía a los apóstoles con este mensaje: “Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn. 20:17). La relación que Cristo tiene con el Padre no es exactamente igual a la nuestra, pero tan real es la una como la otra.

Así como El es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, El es ahora nuestro Dios y nuestro Padre, porque El nos engendró espiritualmente a una vida nueva por la obra sobrenatural de la regeneración (vers. 3 – hasta “nos hizo renacer”).

No fue un cambio de fachada lo que Dios hizo en nosotros, fue un cambio de corazón. Pablo dice en 2Cor. 5:17 que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es”. Algo ha sucedido en esa persona, un cambio tan radical que la Biblia identifica como un nuevo nacimiento. Y nadie puede tener relación con Dios y ser salvo a menos que pase por esa experiencia de transformación.

En el cap. 3 del evangelio de Juan se nos narra un episodio sumamente iluminador en lo que respecta a esta enseñanza del nuevo nacimiento. Un hombre llamado Nicodemo se acerca a Jesús de noche para tener una entrevista privada con él. Y si había alguien que parecía tener todos sus papeles en reglas para con Dios era este hombre llamado Nicodemo.

Pertenecía al pueblo escogido, conocía las Escrituras, era miembro del sanedrín y de una de las sectas más estrictas entre los judíos, los fariseos; y no era cualquier fariseo, en el vers. 10 Cristo le llama “maestro de Israel”. Y, lo que es todavía más sorprendente, a pesar del prejuicio que muchos fariseos tenían contra Cristo, Nicodemo creía que El era un enviado de Dios.

Era un hombre especial este Nicodemo. Pero Cristo le dice en el vers. 3: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Y luego en el vers. 6: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo”.

“Nicodemo, ninguna de tus características naturales son suficientes para abrirte las puertas del cielo. Tú necesitas nacer de nuevo. Eso no es opcional, es necesario, dice Cristo. El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. No importa si practicas sinceramente una religión, o si conoces las Escrituras, o si tienes una vida decente según el parámetro de los hombres”.

Para entrar en el reino de Dios, Él tiene que parirnos espiritualmente otra vez, porque todos nosotros nacimos en pecado, sujetos a una naturaleza pecaminosa. Eso es lo que significan las palabras de Cristo cuando dice a Nicodemo que lo que es nacido de la carne, carne es.

Dos padres pecadores engendran a un hijo pecador, con una tendencia natural hacia el pecado. Y sólo Dios puede santificar esa disposición dominante de nuestras almas para que queramos y podamos obedecer a Dios. Eso es algo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo.

Así como no fuimos nosotros los que decidimos nacer cuando nacimos de nuestros padres, ni fuimos nosotros los que nos hicimos nacer, así es también con la regeneración. El nuevo nacimiento es una obra de Dios y es una iniciativa de Dios.

Y lo que lo movió a hacer tal cosa fue su gran misericordia, dice Pedro. El nos vio en nuestra miseria y tuvo compasión de nosotros. Dios el Autor de la salvación. Pero ahora Pedro da un paso más adelante para explicarnos cuál es la naturaleza de esa salvación que Dios obró a favor nuestro.

 

II. LA NATURALEZA DE LA SALVACION:

 

Vers. 3-4. Pedro contempla la salvación en nuestro texto desde dos ángulos distintos. O si quieren ponerlo de otro modo, nos muestra dos aspectos de nuestra salvación: uno presente y uno futuro.

En el presente, dice Pedro, “él nos hizo renacer para una esperanza viva”. En virtud del nuevo nacimiento ahora tenemos una esperanza, una expectación que opera en nosotros como el combustible que energiza nuestra nueva vida en Cristo. Porque ha nacido de nuevo el cristiano vive por una esperanza.

Ahora, es importante señalar que la esperanza no es algo exclusivo de los cristianos. Todos los hombres tienen esperanzas. Alguien dijo una vez que los seres humanos pueden subsistir por un tiempo sin agua y sin comida, pero no pueden vivir ni un segundo sin esperanza.

La esperanza es algo así como el combustible de la vida. Eso es lo que permite al hombre seguir viviendo a pesar de todas las dificultades que tenemos que enfrentar en este mundo caído. La diferencia es que el cristiano posee una esperanza viva.

Todo lo que el mundo puede ofrecer son esperanzas muertas, vacías, frustrantes, engañosas. Mi amigo, si tus esperanzas se circunscriben a lo que este mundo puede ofrecer, si lo que te mantiene vivo y te da fuerzas para levantarte cada mañana, es la ilusión de que de alguna manera el mañana será mejor que el ayer, te aseguro que vas a vivir de frustración en frustración.

Por eso es que tanta gente rica y famosa vive vidas tan desgraciadas. Ellos tienen lo que muchos esperan tener algún día, pero siguen insatisfechos. Los que beben de esa agua volverán a tener sed, como dijo nuestro Señor a la mujer samaritana.

Pero la esperanza del cristiano es de una naturaleza muy distinta. Esa esperanza no puede ser frustrada porque descansa en el hecho incontrovertible de la resurrección de Cristo (vers. 3).

La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es el punto culminante de la obra de redención. Por un lado confirmó que Cristo era quién decía ser, el Hijo de Dios hecho Hombre, el Mesías prometido.

Pero por el otro lado, la resurrección fue la prueba de que Dios el Padre había aceptado los sufrimientos y muerte de Cristo en la cruz como el castigo que la justicia divina demandaba de los transgresores. Por eso Pablo dice en Rom. 4:25 que el Señor “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”.

Porque Cristo resucitó nuestra salvación es segura, y porque nuestra salvación es segura, nosotros podemos vivir en esperanza independientemente de las dificultades a nuestro alrededor.

Y ¿cuál es el contenido de nuestra esperanza? ¿Qué es aquello que el cristiano espera con expectación? Ese es el aspecto futuro de la salvación que Pedro señala en nuestro texto (vers. 4).

Los cristianos disfrutamos de la salvación aquí y ahora, pero es en el futuro que disfrutaremos en toda su plenitud de lo que Cristo compró para nosotros con el precio de Su sangre. Al final del camino nos espera una herencia, por la relación filial que ahora tenemos con Dios.

Esa es la relación que existe entre la esperanza viva y el nuevo nacimiento. En el vers. 3 Pedro nos dice que Dios nos hizo renacer para una esperanza viva. Y ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?

Que en virtud del nuevo nacimiento ahora somos hijos de Dios, y si somos hijos de Dios también somos sus herederos (comp. Rom. 8:15-17). Amados hermanos, debemos alzar nuestros ojos de las dificultades a nuestro alrededor y contemplar por la fe lo que nos espera al final del camino.

Nosotros vivimos por una esperanza, y esa esperanza es tan cierta como la salida del sol cada mañana (vers. 18). Con pasos seguros nos encaminamos a la gloria porque Dios nos nombró Sus herederos.

Y noten cómo Pedro describe la herencia en nuestro texto (comp. 1P. 1:4). En primer lugar, nos dice que es una herencia incorruptible, y este es un adjetivo negativo denotando que se trata de algo que no está sujeto al proceso inevitable de corrupción que acompaña todas las cosas de este mundo.

Aquí los ladrones minan y hurtan, y las polillas y el orín corrompen. Pero nuestra herencia es imperecedera. No se deteriora con el uso o con el paso de los años, y no tiene posibilidad alguna de destruirse algún día.

En segundo lugar, Pedro nos dice que es una herencia incontaminada, completamente libre de todo pecado o maldad. Una persona puede recibir aquí una herencia legítima, con todos los papeles en regla, sin tener que hacer ningún tipo de trampa legal para reclamar esos bienes.

Pero si nosotros pudiésemos trazar el origen de esa fortuna desde el primer centavo hasta el último millón es muy difícil que no nos topemos en algún punto con asuntos pecaminosos y turbios. Por eso es que Cristo llama a las riquezas terrenales “riquezas injustas” en la parábola del mayordomo infiel. Esa es una realidad en este mundo caído.

Pero la herencia que nos aguarda en los cielos no tiene nada que ver con el pecado. De hecho, es una herencia que disfrutaremos cuando nosotros mismos hayamos sido librados de todo vestigio de maldad. Es una herencia incontaminada.

Y en tercer lugar, Pedro nos dice que es una herencia inmarcesible, una herencia que no se marchita, que conservará su esplendor y su brillo por los siglos de los siglos.

He ahí lo que nos espera al final del camino; y he ahí las verdades en las que debemos meditar, sobre todo cuando estamos atravesando por períodos de aflicción y adversidad. “Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en  nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18; comp. 2Cor. 4:16-18).

Pero todavía hay un último aspecto en nuestro texto que veremos más brevemente. Ya hemos visto quién es el Autor de nuestra salvación, y cuál es la naturaleza de la salvación que ahora disfrutamos en Cristo; veamos ahora, en tercer y último lugar, la certeza de nuestra salvación.

 

III. LA CERTEZA DE LA SALVACION:

 

Algunos cristianos, cuando se exponen a un texto como el que hemos estado estudiando hoy, piensan dentro de sí: “Estas promesas de las Escrituras son tan consoladoras, tan extraordinariamente refrescantes; si tan sólo yo tuviera la certeza de que voy a participar de estas cosas”.

Muchas veces los cristianos verdaderos experimentan dudas y temores en su corazón. Y no me refiero al individuo que dice que es creyente, pero vive como un incrédulo: no tiene mucho interés en agradar a Dios, justifica sus pecados, cuando tiene que tomar una decisión no consulta los principios de las Escrituras, sino los deseos de su corazón. Una persona así tiene razones de sobra para tener temor.

Pero puede darse el caso de un creyente genuino, que está luchando con sus corrupciones, que a pesar de sus debilidades desea sinceramente hacer la voluntad de Dios, pero tiene el temor de ser vencido en la lucha y abandonar finalmente los caminos del Señor. Y ese temor se acrecienta cuando se encuentra en medio de la aflicción y la adversidad.

“¿Hasta cuándo voy a ser capaz de resistir los embates del pecado, esta lucha tan fuerte que tengo contra la maldad de mi propio corazón? ¿Quién me asegura que en el día de mañana no voy a tener que enfrentar una dificultad tan grande que me lleve a renegar de mi Señor y abandonar mi fe?”

Tal vez fue pensando en esta clase de cristianos que Pedro añadió estas dos notas de certidumbre que aparecen en nuestro texto. En primer lugar, nos dice que nuestra herencia está segura (vers. 4). Esa palabra significa literalmente “guardada, vigilada, protegida”, y es obvio que Pedro se refiere a Dios como Aquel que guarda, vigila y protege nuestra heredad.

Esa herencia está “reservada en los cielos para vosotros. Dios está cuidando de ella hasta que nosotros lleguemos allí y recibamos nuestra heredad. Pero no sólo la herencia está bajo Su cuidado, sino también los herederos (vers. 5).

La palabra “guardar” del vers. 5 es distinta a la del versículo 4. Este es un término militar que se usaba en aquellos días para señalar la protección de una ciudad amenazada.

El enemigo de nuestras almas nos tiene bajo asedio, tratando de impedir por todos los medios posibles que nosotros recibamos nuestra herencia; pero nuestro Dios se ha comprometido a protegernos hasta que lleguemos sanos y salvos al lugar de nuestro reposo.

Y es interesante notar que el verbo “guardar” se encuentra aquí en tiempo presente, indicando que la protección de Dios es permanente. “Constantemente sois guardados por el poder de Dios”.

No hay forma alguna en que un creyente verdadero pueda perderse y dejar de recibir su herencia, porque no hay ninguna fuerza en el universo que pueda echar abajo esa muralla de protección (comp. Jn. 10:27-30).

Pero ahora Pedro completa el cuadro trayendo a colación el elemento subjetivo por el cual somos guardados (vers. 5). Dios trata con nosotros como agentes responsables; y la parte que nos corresponde en nuestra responsabilidad es confiar en El, no en nosotros.

Debemos reconocer que no somos adecuados para salir victoriosos en esta lucha descansando en nuestro propio poder y ampararnos en Dios en todo tiempo y en toda circunstancia.

La fe juega un papel de suprema importancia en esta lucha (comp. Jn. 15:6; Fil. 4:13). ¿Cómo podemos apropiarnos de los recursos que Dios ha puesto a nuestra disposición? Por medio de la fe.

Y esa fe deberá ser ejercitada día tras día hasta que alcancemos “la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”. Esa salvación ya está lista, esa es la idea de la palabra que Pedro usa aquí y que RV traduce como “preparada”.

No le falta nada a la salvación que Cristo compró para nosotros en la cruz del calvario, pero aún no se ha manifestado en toda su plenitud. Es como esos monumentos que se cubren con un manto después de terminados, hasta el día de la inauguración.

Pero hay un día señalado en el calendario de Dios cuando el velo se quitará y nosotros veremos a nuestro Señor cara a cara y contemplaremos por fin las cosas gloriosas que El preparó para el disfrute eterno de Sus hijos.

Por eso es que dice Pablo en Rom. 8:19 que “el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios”. Toda la creación está a la expectativa de ese día glorioso. Y en Col. 3:4 dice Pablo una vez más: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria”.

Conclusión:

          Quisiera concluir citando una vez más las letras del himno que citamos al principio:

Cuando en las oleadas de la vida seas sacudido por la tempestad,

Cuando estés descorazonado, pensando que todo está perdido,

Cuenta tus bendiciones, nómbralas una a una,

Y te sorprenderás de lo que el Señor ha hecho.

          No debemos minimizar las aflicciones y dificultades que tienen que atravesar los hijos de Dios en su peregrinaje al cielo. En el Sal. 34:19 dice el salmista que son muchas las aflicciones del justo. Y el mismo Señor Jesucristo nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicción.

          Pero ese no puede ser el foco de nuestros pensamientos. Cuenta tus bendiciones, nómbralas una a una, y te sorprenderás de lo que el Señor ha hecho. Cristo compró para nosotros una gran salvación a precio de Su bendita sangre y ninguna aflicción del tiempo presente puede compararse siquiera con la gloria que en nosotros habrá de manifestarse en la segunda venida de Cristo.

Las cosas que se ven son temporales, incluyendo las aflicciones de esta vida, las que no se ven son eternas.

Y a los amigos que nos visitan, quisiera hacerles unas preguntas para terminar. ¿Dónde tienes puesta tu esperanza? ¿Cuáles son tus expectativas para el futuro? ¿Se circunscriben a las cosas que este mundo ofrece, diversiones, comodidades, popularidad, riquezas?

¿Esperas encontrar felicidad en esas cosas? ¿O has puesto tal vez tus esperanzas en cosas intangibles como la paz y la tranquilidad de una terapia sicológica o de la meditación trascendental o cualquier otra religión de factura humana?

Si es así, mi amigo, con amor te digo que estás descansando en esperanzas muertas. Tarde o temprano cosecharás frustración, porque todo el que bebe de esas aguas volverá a tener sed. Puedes entretenerte con ellas por un tiempo, pero algún día se esfumarán delante de tus ojos, si no en esta vida, con toda seguridad en la vida venidera.

Yo te invito en esta mañana a que abandones tus esperanzas muertas y recibas de Cristo lo que El ofrece en el evangelio: el perdón de tus pecados y el don de la vida eterna, por medio de la fe en El.

No sigas confiando en vanidades ilusorias y gastando tu vida en lo que no aprovecha. Sólo la esperanza del cristiano pasará la prueba de la muerte, porque ese no será su fin sino el principio. Ven a Cristo en arrepentimiento y fe y entonces podrás disfrutar de una esperanza viva que no será frustrada.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.



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