Introducción:

          Cuando leemos en la Biblia la historia de los grandes hombres de Dios que sobresalieron por su fidelidad, o aquellos que a través de los siglos han mostrado integridad y pasión por las cosas de Dios, muchas veces tendemos a pensar que ellos fueron como fueron en parte por la época en que les tocó vivir.

          Muchos se preguntan: “Cómo hubiese reaccionado el apóstol Pablo, o Agustín de Hipona, o Whitefield, de haber vivido en el siglo XX o en este siglo XXI donde todo se mueve y cambia tan rápido. Cómo se hubieran manejado con el pragmatismo y el relativismo de estos días, o cómo hubiesen usado los medios de comunicación que tenemos a la mano: la TV, el cine, el Internet.”

          “Debemos ser realistas, nos dicen algunos. No vivimos en los tiempos bíblicos, y por lo tanto, hay algunas cosas que no encajan con los principios que encontramos en la Palabra de Dios.”

          Estas personas no pretenden rechazar la Biblia del todo, pero entienden que esta debe circunscribirse a ciertos aspectos de nuestra vida, a los asuntos meramente religiosos y espirituales. En todo lo demás tenemos que adaptarnos necesariamente a la forma de pensar del mundo y a la época en que nos ha tocado vivir.

          Una cosa es lo secular y otra muy distinta lo religioso. El trabajo, la manutención de mi familia, los estudios académicos, la diversión, todo eso pertenece al departamento secular, y debe regirse por los principios del mundo. La vida eclesiástica, en cambio, mi relación con Dios, la oración, todo eso pertenece al departamento espiritual y debe regirse por los principios bíblicos.

Esta forma de pensar desemboca inevitablemente en lo que algunos han llamado “un gnosticismo evangélico”. Los gnósticos veían en el mundo una dualidad irreconciliable entre el cuerpo y el alma, lo físico y lo espiritual, lo temporal y lo eterno.

Y esa parece ser la perspectiva de muchos hoy día que profesan la fe de Cristo. Dividen la vida en compartimentos que nunca o casi nunca llegan a tocarse entre sí. Los domingos en la iglesia tratan de actuar como cristianos, pero el resto de la semana se comportan como leones en una selva, porque allí los principios bíblicos son muy difíciles de aplicar, prácticamente imposible.

“Para ser fieles a Dios en todas las áreas de nuestras vidas tendríamos que retirarnos a un monasterio, vivir recluidos de la sociedad, porque no se puede ser cristiano y vivir santamente en un mundo como el nuestro.”

A partir de hoy comenzaremos a estudiar una porción de las Escrituras que echa por tierra esta forma de pensar. Me refiero al libro de Daniel en el AT donde se nos narra la historia de un joven de unos 15 años de edad que repentinamente fue desarraigado de su tierra y de su familia, y llevado cautivo a la capital del imperio más poderoso del mundo en aquellos días.

          La Babilonia que Daniel conoció vino a ser en el mundo antiguo el prototipo del secularismo y la pompa mundana. De hecho, en el libro de Apocalipsis se usa la ciudad Babilonia como figura del poder secular contrario a Dios y Sus caminos. Y allí fue a parar este joven adolescente junto con tres amigos más llamados Ananías, Misael y Azarías (comp. Dn. 1:1-6).

          ¿Quién fue este hombre llamado Daniel, y por qué debemos estudiar su vida, nosotros que estamos a más de 2,500 años de distancia del mundo en que él vivió? ¿Es realmente relevante para el creyente de esta generación estudiar el libro de Daniel?

          En esta mañana quisiera detenerme a considerar algunos aspectos introductorios que nos ayudarán a visualizar y comprender esta historia, e interpretar mejor el contenido del libro.

          Y espero en el Señor poder transmitir el mismo entusiasmo y la misma expectativa que tenemos los pastores de la iglesia al iniciar esta serie de sermones expositivos en esta porción de la Palabra de Dios.

Si hay un libro relevante para los creyentes de hoy, y un personaje al que debemos mirar y poner como un modelo delante de nuestros ojos, es precisamente el libro y el personaje de Daniel.

En el sermón de hoy vamos a considerar tres aspectos básicos que nos ayudarán a una mejor comprensión del libro: en primer lugar, su contexto histórico; en segundo lugar, su tema y propósito; y finalmente, las razones por las cuales debemos estudiarlo. Veamos, entonces, en primer lugar…

  1. I.                  EL CONTEXTO HISTORICO DEL LIBRO:

 

Lo primero que hace Daniel es ubicar su historia en el tiempo (vers. 1). Para desglosar la información contenida en estos dos versículos vamos a imaginar que estamos delante de una pantalla de computadora y que abrimos dos ventanas colocadas una al lado de la otra.

La primera tiene que ver con el pueblo de Daniel. Israel fue una nación formada por Dios a partir de un hombre llamado Abraham, con el cual Dios hizo un pacto prometiéndole que haría de él una gran nación en la cual serían benditas todas las familias de la tierra.

Abraham tuvo un hijo llamado Isaac, Isaac tuvo un hijo llamado Jacob, y Jacob tuvo 12 hijos los cuales forman andando el tiempo las doce tribus de Israel. Esas doce familias vivieron en la tierra de Canaán, hasta que ciertas situaciones providenciales los mueven a Egipto donde luego son esclavizados durante 4 siglos.

Al final de ese tiempo Dios levantó un libertador llamado Moisés que llevó al pueblo de Israel durante 40 años por el desierto de vuelta a la tierra de Canaán, la tierra prometida. En ese período de tiempo Dios le dio a Su pueblo un conjunto de leyes morales y ceremoniales que hacían de Israel un pueblo distinto a todas las naciones de la tierra.

Israel debía cumplir esa ley, obedecer a Dios en todos Sus mandamientos, o de lo contrario sería severamente castigado por su desobediencia. En Deut. 31:16-17 Dios le dijo a Moisés:

He aquí, tú vas a dormir con tus padres, y este pueblo se levantará y fornicará tras los dioses ajenos de la tierra adonde va para estar en medio de ella; y me dejará, e invalidará mi pacto que he concertado con él; y se encenderá mi furor contra él en aquel día; y los abandonaré, y esconderé de ellos mi rostro, y serán consumidos; y vendrán sobre ellos muchos males y angustias, y dirán en aquel día: ¿No me han venido estos males porque no está mi Dios en medio de mí?”

Israel debía ser fiel al pacto que Dios concertó con ellos, de lo contrario serían severamente castigados. Esta advertencia fue repetida una y otra vez por los profetas del AT, los predicadores que Dios les envió para proclamar Su Palabra y llamar al pueblo a la obediencia.

Israel conquista la tierra prometida y tan pronto se asientan allí, luego de la muerte de Josué viene un período en el que Israel fue gobernado por jueces, un período caracterizado por la apostasía y la rebelión. Dice la Escritura que en esos días “no había rey en Israel; cada cual hacía lo que bien le parecía” (Jue. 21:25).

Al final de ese período vino la monarquía. Los israelitas quisieron ser gobernados por reyes como los demás pueblos de la tierra, y Dios los complació. Primero levantó a Saúl, luego a David (con quien la nación alcanzó uno de los puntos más altos en toda su historia), y después de David vino Salomón su hijo.

Este último comenzó bien su carrera, pero terminó en una apostasía escandalosa que trae como resultado el castigo de Dios en los días del hijo de Salomón, Roboam. Cuenta la historia bíblica que cuando Roboam ascendió al trono de Israel el pueblo le pide una rebaja en los impuestos, a lo que el joven rey responde mas bien agravándolos.

Esto trae como consecuencia que 10 de las 12 tribus se separan de la unión, y así queda Israel dividido en el reino del norte, teniendo a Samaria como su capital, y el reino del sur, compuesto únicamente por las tribus de Judá y Benjamín, y cuya capital era Jerusalén.

En el reino del norte, Israel fue gobernado por diversas dinastías, pero ninguna de ellas produjo un rey piadoso que se sentara en el trono. Y tal como Dios había advertido a través de Sus profetas, en el año 722 el ejército de Asiria cayó sobre ellos y las 10 tribus fueron llevadas al cautiverio.

En el reino del sur la historia fue un poco distinta; éste continuó por un poco más de 100 años, todos sus reyes fueron de la misma dinastía, la dinastía de David, pero no todos tuvieron el mismo carácter espiritual. Algunos fueron hombres piadosos y en sus días Israel experimentó períodos de avivamiento espiritual, pero otros cayeron en la más baja apostasía.

El último de esos reyes fue Joacim, un pésimo gobernante que llega al trono de Judá en el año 609 a. C. y en cuyo reinado aumentó la idolatría y la inmoralidad.

Al llegar a este punto vamos a dejar por un momento la historia de Israel para abrir la otra ventana en la pantalla, y esta corresponde al imperio babilonio. Este imperio en su etapa de más esplendor comienza a conformarse en el año 626 a. C. con el ascenso al trono de Nabopolasar, el padre de Nabucodonosor.

Hasta entonces Asiria había dominado el escenario mundial, pero cuando el rey de Asiria muere en el 626 a. C. Nabopolasar se las arregla para fomentar una rebelión que lo lleva al trono de Babilonia, y de inmediato inicia una serie de campañas militares, que no solo le permiten ampliar su territorio, sino que también le dan cierto prestigio.

Ya para el año 612 Nabopolasar había logrado elevar a Babilonia a la supremacía del poder en Oriente Medio. Egipto trata de frenarlos, y para ello se une con Asiria; y es así que en el 605 a. C. tiene lugar una de las batallas más importantes de la historia antigua, la batalla de Carquemis, donde se enfrentaron el ejército egipcio y el babilónico capitaneado por Nabucodonosor.

En esa batalla Nabucodonosor logró una victoria aplastante que trae como resultado que la mayor parte del territorio del antiguo imperio asirio es incorporada a Babilonia, situándola así a la cabeza del poder mundial. Babilonia ya no tiene rival alguno que se le pueda poner al lado.

Pero en ese momento Nabucodonosor recibe la noticia de que su padre ha muerto y es en este punto de la historia donde se conectan las dos ventanas que hemos abierto en nuestra pantalla imaginaria.

En su paso por Jerusalén de vuelta a Babilonia Nabucodonosor sitia la ciudad, y se lleva consigo parte de los utensilios del templo, así como también algunos cautivos de la casa real, entre los cuales estaban Daniel y sus amigos (Dn. 1:2).

Noten la perspectiva teológica de Daniel al narrar estos hechos. La caída de Jerusalén no se produjo porque los dioses de Babilonia fueran más poderosos que el Dios de Israel. No. Fue Dios mismo quien entregó a Joacim en manos de Nabucodonosor.

Dios es el Señor soberano de la historia, esa es una de las lecciones centrales del libro de Daniel. Pero El es un Dios santo que no trata con ligereza el pecado, ni siquiera el pecado de Su pueblo. Dios les había advertido a través de los profetas que se apartaran de su impiedad, pero Israel no escuchó las advertencias divinas y fueron severamente castigados.

En 2R. 24:2-3 dice así la Palabra de Dios: “Pero Jehová envió contra Joacim tropas de caldeos… los cuales envió contra Judá para que la destruyesen, conforme a la palabra de Jehová que había hablado por sus siervos los profetas. Ciertamente vino esto contra Judá por mandato de Jehová, para quitarla de su presencia” (2R. 24:2-3).

 

Estas cosas ocurrieron por orden divina. Nabucodonosor era un instrumento en las manos de Dios para castigar a Su pueblo, aun cuando él no lo entendía de ese modo. Años antes de estos sucesos Dios había dicho a Su pueblo en Jer. 25:8-9:

“Por cuanto no habéis oído mis palabras, he aquí enviaré y tomaré a todas las tribus del norte, dice Jehová, y a Nabuconodosor rey de Babilonia, mi siervo, y los traeré contra esta tierra y contra sus moradores, y contra todas estas naciones en derredor; y los destruiré, y los pondré por escarnio y por burla y en desolación perpetua. Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto; y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años”.

 

Hasta eso fue decretado por Dios, el tiempo de duración de este cautiverio: 70 años, ni uno más, ni uno menos. Y a los 70 años, tal como Jeremías había profetizado, ese gran imperio que parecía indestructible cayó delante de los medopersas.

La historia del mundo está en las manos de Dios. Como dice en Dan. 4:17: “el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y a quien El quiere lo da”. Y en otro lugar dice Daniel:Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos” (Dn. 2:20-21).

Los creyentes podemos vivir confiados en medio de la adversidad porque sabemos que Dios está sentado en Su trono.

Muchos israelitas en los días de Daniel sucumbieron a la seducción de Babilonia porque perdieron de vista a Dios en medio de las circunstancias por la que estaban atravesando como nación.

Pero Daniel y sus amigos sabían que Dios no había dejado de ser Dios, que El no se había quedado atrás en la tierra de Israel contemplando impotente lo que Babilonia estaba haciendo con ellos. No. Su Dios seguía reinando, y estaba con los Suyos allí en Babilonia, y por lo tanto ellos debían y podían ser fieles a El en aquella nación pagana e inmoral.

Este cautiverio dio inicio a una nueva etapa en la historia de Israel. El exilio babilónico puso punto final a su existencia como nación teocrática independiente, y aun cuando regresaron a su tierra en los días del rey Ciro y el templo fue reedificado, ya nunca más volvieron a ser los mismos; como bien señala Young en su comentario, “el alma de la teocracia se había desvanecido”.

Y es aquí precisamente donde entran en escena Daniel y sus amigos. Aun allí en Babilonia había un remanente que no se doblegó ante la idolatría y el paganismo. Israel como nación fue vencida, pero el verdadero Israel de Dios permaneció fiel al pacto, a pesar de ser pocos, y a pesar de las enormes presiones a las que se vieron sometidos.

Habiendo visto el contexto histórico del libro, veamos ahora, en segundo lugar, su tema y propósito.

  1. II.               EL TEMA Y PROPOSITO DEL LIBRO DE DANIEL:

 

¿Cuál es el tema central del libro de Daniel? La soberanía de Dios sobre el reino de los hombres y el estímulo que esta enseñanza debe producir en el corazón de los creyentes.

Las naciones de la tierra parecen muy poderosas delante de nuestros ojos, y muchas veces nos da la impresión de que el pueblo de Dios sucumbirá del todo, y no podrá permanecer en pie ante el avance de la maldad y el pecado del mundo.

Pero esas naciones con toda su gloria y su pompa también pasarán, algún día desaparecerán de la escena, y toda la historia humana desembocará en el reino eterno del Mesías en el cual los justos “resplandecerán como el resplandor del firmamento”, dice en Dn. 12:3.

Amados hermanos, la victoria final es del pueblo de Dios, porque nosotros estamos en las manos de Aquel que tiene el control y el poder en Sus manos. Esa es la gran lección de este libro.

Daniel y sus amigos permanecieron fieles a Dios en medio de un mundo hostil, cuando todo parecía estar en contra de ellos, cuando los que supuestamente conocían a Dios se habían apartado de Sus caminos. Y si ellos pudieron hacerlo, queridos hermanos, nosotros también podemos, porque nuestro Dios sigue siendo el mismo, y sigue sentado en Su trono reinando soberano.

Este es un libro de consolación y de estímulo para el pueblo de Dios, sobre todo cuando nos vemos a nosotros mismos tratando de ser fieles en medio de una sociedad tan secularizada y corrompida. Parecería como si el mal fuera a tragarse del todo hasta el último vestigio del bien, y que el pueblo de Dios no va a poder hacerle frente a un ataque tan masivo y desbastador.

Pero Daniel y sus amigos pudieron hacerlo, ¿saben por qué? Porque conocían a su Dios. “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará”, dice en Dn. 11:32. He ahí el elemento que hace la diferencia entre una piedad vigorosa y activa y una débil y mediocre: el conocimiento experimental que tenemos de Dios.

De Moisés dice la Escritura que enfrentó la furia de Faraón “porque se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:27). Si vamos a permanecer fieles a Dios en medio del paganismo reinante de nuestra generación, donde la gente ya no sabe siquiera tener vergüenza, tenemos que conocer a Dios como Daniel y sus amigos lo conocieron, tener con El la relación de intimidad que ellos tuvieron.

Queridos hermanos, nunca ha sido fácil para el pueblo de Dios ser fiel. Cuando leemos en el capítulo 18 del libro de Lv. algunas de las prácticas inmorales que eran comunes en la tierra de Canaán, vemos que no tenían mucha diferencia de las cosas que hoy se practican en los sitios más bajos de ciudades como NY, Los Ángeles o Ámsterdam.

Pero aun allí el pueblo de Dios debía obedecer a Dios y apartarse del pecado. “Guardad, pues, vosotros mis estatutos y mis ordenanzas, dice en Lv. 18:26, y no hagáis ninguna de estas abominaciones”. Eso fue lo que hicieron Daniel y sus amigos; en medio de la impiedad de Babilonia se guardaron en pureza y en santidad, y de ese modo dieron testimonio del Dios al cual servían.

Es interesante notar que todos los reyes que entraron en contacto con Daniel y sus amigos se vieron forzados a reconocer la grandeza del Dios de Israel. Cuatro hombres decidieron vivir para la gloria de Dios y causaron un impacto tan profundo que conmovieron dos imperios.

Por eso estamos estudiando la vida de ellos hoy, porque Dios honra a los que le honran, y nosotros tenemos mucho que aprender de estos hombres y el libro que recoge su historia. Y eso nos lleva a nuestro tercer y último encabezado.

  1. III.           LAS RAZONES PARA ESTUDIAR EL LIBRO:

 

¿Por qué vamos a estudiar el libro de Daniel? ¿Qué pretendemos lograr con estos estudios? Podríamos citar muchas razones para estudiar este libro del AT, pero he aquí algunas de las más importantes.

En primer lugar, porque Daniel, como ha dicho alguien, es el prototipo del hombre piadoso viviendo en un mundo pagano. Daniel no es un ejemplo más, es un modelo extraordinario al cual debemos mirar y por medio del cual debemos examinarnos.

En Fil. 3:17 Pablo dice: “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros”. Y en Daniel tenemos un modelo excelente para imitar, el modelo de un hombre que fue fiel a Dios en circunstancias sumamente difíciles, en medio de un entorno que no era nada conducente a la piedad y la santidad.

Daniel no fue un místico que vivió recluido de la sociedad en un monasterio; Daniel fue un hombre de estado, un jefe administrativo en medio de una nación muy poderosa y muy corrompida a todos los niveles. Pero aun allí mantuvo su integridad.

Muchas veces pensamos que si viviéramos en otras circunstancias podríamos ser más fieles a Dios. El soltero piensa: “Si yo estuviera casado…”; el que trabajan en una fábrica piensan que sería más fácil para él si trabajara en una oficina o tuviera su propio negocio, el de la oficina piensa que su esposa en casa soporta menos presión que la que él tiene que soportar en el trabajo; y así a cada cual el prado del vecino le parece más verde.

Y así cada cual excusa su mediocridad por las circunstancias difíciles que tiene alrededor. El libro de Daniel nos deja sin excusa. Como dice Stuart Olyot en su comentario, este libro “prueba que la verdadera espiritualidad nunca ha dependido de que las cosas sean fáciles” (pg. 14).

Queridos hermanos, todos nosotros tenemos nuestra Babilonia particular donde tenemos que enfrentar duras pruebas y tentaciones. He aquí el ejemplo de un hombre que desde muy joven tuvo que vérselas él solo en esa situación, pero aun así mantuvo su integridad (comp. Ez. 14:12-14 y 28:3).

Daniel tenía una naturaleza caída igual que la nuestra, y seguramente le preocupaban muchas de las cosas que a todos nos preocupan. El era un hombre sujeto a pasiones iguales que las tuyas y las mías; pero por la gracia de Dios llegó a ser quien fue, y esa gracia está disponible para nosotros hoy como la estuvo para él, porque nuestro Dios no ha cambiado.

Pero Daniel no solo es el prototipo del hombre piadoso viviendo en una sociedad corrompida y secularizada, sino que también sirve de modelo para todos los creyentes, sean jóvenes adolescentes, adultos, ancianos. Los creyentes de todas las edades tendrán en Daniel un ejemplo, independientemente de la etapa de la vida en que se encuentren.

Cuando Daniel llegó a Babilonia tenía unos 14 años de edad, cuando el libro concluye era un anciano de casi 90 años; pero a través de toda su vida mostró la misma integridad y fidelidad a Dios. Todos tendremos algo que examinar al mirarnos en el espejo de la vida de este hombre.

Por otro lado, Daniel nos va a enseñar lo que significa ser fiel a Dios cuando no muchos están siendo fieles. Esta también es una de las grandes lecciones de este libro. Muchos israelitas fueron llevados al cautiverio, pero muy pocos tomaron la resolución de no comprometer sus principios.

La piedad nunca ha sido ni será el camino más popular. El que decide ser fiel a Dios debe saber de antemano que por ahí no transita mucha gente. Joven, si decides imitar a Daniel tendrás que pagar un precio por ello, porque encontrarás que en la misma iglesia no todos los que profesan ser creyentes querrán alcanzar ese grado de fidelidad.

Y lo mismo ocurrirá con los padres que quieren ser fieles a Dios en la crianza de sus hijos. Yo me pregunto, ¿qué clase de padres tenía Daniel? Yo se que Daniel fue lo que fue por la gracia de Dios, pero ¿acaso no aprendemos en la misma Escritura que uno de los medios primordiales que Dios usa para moldear el carácter de los hijos es el trabajo arduo y constante de los padres?

¿Qué tipo de crianza recibió Daniel en su hogar? No lo sabemos, pero sí podemos decir con certeza que todos tenemos en él un modelo al que debemos mirar para la criaza de nuestros hijos. Y es probable que los padres que tomen ese modelo no encuentren mucho eco dentro de la misma iglesia. Yo repito, hermanos, por ese camino no transita mucha gente.

El libro de Daniel nos estimulará a seguir avanzando, aunque eso signifique para nosotros ser distintos aun dentro del mismo pueblo de Dios. Por eso Stuart Olyot tituló su comentario de Daniel: “Atrévete a permanecer solo”. No todos tienen el coraje de pagar ese precio y por eso se contentan con el cristianismo promedio y a veces con menos que eso.

La vida de Daniel será un estímulo para salir del montón. Y quién sabe si nuestro Dios usa poderosamente el ejemplo de este hombre y trae por Su Espíritu un avivamiento tan inusual que los “danieles” abunden en medio nuestro.

Como pueden ver, queridos hermanos, este libro es muy relevante para nosotros hoy. Y aun hay muchas otras lecciones que por causa del tiempo no podemos ampliar en esta ocasión, pero que seguramente veremos en la medida en que avancemos en el estudio del libro:

La soberanía de Dios en la historia y el consuelo que eso debe ser para nosotros (eso ya lo mencionamos anteriormente); aprenderemos acerca de la confiabilidad de las Escrituras al estudiar las sorprendentes revelaciones que Dios le dio a Daniel a través de las visiones apocalípticas que encontramos en la segunda mitad del libro.

Algunas de esas profecías son tan sorprendentes que aquellos que niegan la inspiración de de la Biblia han hecho toda clase de esfuerzo para demostrar que este libro no se escribió en el tiempo de Daniel, porque no hay forma de explicar tanta precisión en las predicciones contenidas en este libro, a menos que creamos que Dios lo inspiró.

Pero sobre todas estas cosas que hemos mencionado, la gran lección que aprenderemos al estudiar este libro es que el Dios de Daniel es digno de ser confiado, adorado y amado con todo el corazón, con toda el alma, con todas nuestras fuerzas.

Hermanos y amigos que nos visitan, al estudiar las cosas que vamos a estudiar en esta serie de sermones expositivos no es nuestro propósito que reverenciemos a Daniel; que Dios nos libre de idolatrar hombre alguno. Nuestro propósito es que conozcamos a Dios y le sirvamos como este hombre lo hizo.

Mi amigo, el Dios de Daniel, el Dios que se nos revela en las Escrituras y a través de todas las cosas que ha creado, puede venir a ser tu Dios en este mismo instante a través de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Daniel era un pecador que fue redimido por la gracia de Dios, y por esa misma gracia llegó a ser el hombre que fue. Tu también necesitas el perdón de tus pecados, tu también necesitas reconciliarte con Dios, y esa reconciliación está disponible para ti hoy en la persona de Cristo.

El murió para pagar la deuda de todos aquellos a quienes vino a salvar, y ahora en el evangelio ofrece perdón absoluto para todo aquel que cree. La salvación es por gracia, mi amigo, por medio de la fe. Por esa fe Daniel fue salvado, y esa misma fe lo sostuvo hasta el fin en medio de dificultades extraordinarias.

Que Dios use estos estudios para la salvación de muchos y el fortalecimiento en la fe de muchos otros, y que veamos levantarse muchos “danieles” en medio nuestro que hagan un impacto profundo en nuestra generación, para la gloria de Dios.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.



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