Introducción:

          Es generalmente aceptado el hecho de que uno de los privilegios que Dios ha dado a la mujer es el de tener hijos. En una forma maravillosa el Señor ha dotado el cuerpo de la mujer con todo el equipo necesario para que dentro de su vientre pueda gestarse y desarrollarse una nueva vida.

          Y aunque eso es algo que ocurre frecuentemente (cada día miles de mujeres salen embarazadas y miles dan a luz), no deberíamos permitir que la frecuencia del evento nos impida ver el milagro que implica la concepción de un ser humano. Es algo grandioso que una mujer pueda tener un bebé y un gran privilegio que el Señor concede a cada mamá.

          Sin embargo, este es un privilegio que tiene sus inconvenientes. Por 9 meses la madre tiene que padecer los malestares del embarazo y los cambios que sufre su cuerpo, tanto interna como externamente. Y al final del período de gestación vienen los dolores de parto, las contracciones, el nacimiento del bebé.

          Es dificultoso dar a luz a un niño y mucho más dificultoso criarlo; pero las dificultades no le restan ni un ápice al privilegio de la maternidad. El privilegio no radica en el sufrimiento en sí, sino en el hecho de ser madre aun a pesar del sufrimiento. El bebé lo compensa todo al final.

          Pues algo similar ocurre con la salvación, solo que en una escala infinitamente mayor. Es un gran privilegio ser cristiano, el más grande privilegio que un ser humano puede tener, aun a pesar de las aflicciones que deben enfrentar los creyentes en su peregrinaje al cielo.

          Ese es uno de los temas centrales de la epístola que comenzamos a estudiar como iglesia hace unas semanas atrás: la primera carta de Pedro dirigida a un grupo de creyentes en el Asia Menor que estaban sufriendo diversas aflicciones por causa de su fe.

          Desde el inicio de la carta Pedro quiere hacer entender a sus lectores “que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”, como escribe Pablo en Rom. 8:18.

          En los vers. 3 al 5 del capítulo 1 Pedro les muestra la misericordia que Dios ha tenido con ellos al hacerlos renacer para una esperanza viva. El mundo a nuestro alrededor se está cayendo en pedazos y los cristianos sufrimos los embates de vivir en un mundo caído; pero al final del camino nos espera una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros.

          La certeza de esa esperanza es motivo de gozo y alegría para los cristianos en el presente, a pesar de las aflicciones (vers. 6). Gozo en medio de la aflicción; esa es una de las paradojas del gozo cristiano.

          Pero lo que es todavía más paradójico es que ese gozo fluye de la relación de amor y confianza que tenemos con Alguien que no vemos (vers. 8). El apóstol Pedro tuvo el privilegio de conocer a Cristo en persona, pero la mayoría de los lectores de su carta no tuvieron esa oportunidad; y sin embargo Pedro les dice que esa experiencia no es necesaria para amar a Cristo y gozarse en El.

          Los cristianos aman al Señor sin haberle visto y por medio de la fe se alegran en El con un gozo inefable y glorioso, un gozo tan profundo que es imposible de expresar adecuadamente con palabras.

          Eso es básicamente lo que hemos visto en las exposiciones anteriores. Ahora en los vers. 10 al 12 Pedro va a continuar con su proceso de argumentación mostrando cuán gloriosa es la salvación que ellos disfrutaban y, consecuentemente, cuán grande privilegio el Señor les había concedido al permitirles participar de ella (leer).

          Hay tres cosas que Pedro señala aquí para mostrar a estos hermanos la gloria de la salvación que ellos disfrutaban. La primera es el interés de los profetas del AT en la revelación que les fue concedida al respecto.

I. EL INTERES DE LOS PROFETAS DEL AT:

Y con respecto a este punto, Pedro resalta también tres cosas. En primer lugar, que la gracia que hoy disfrutamos en la salvación fue ampliamente profetizada en el AT (vers. 10-11).

Pedro señala al Espíritu Santo aquí como la fuente de esa revelación y le llama: “El Espíritu de Cristo que estaba en ellos”. Ellos no inventaron las cosas que profetizaron, ni tampoco las descubrieron a través del estudio. Fue Dios el Espíritu Santo el que les proveyó de una cantidad de información acerca del Mesías venidero que no hubiesen podido conocer de ningún otro modo (comp. 2P. 1:19-21).

A medida que vamos avanzando en el estudio del AT vamos encontrando un cúmulo mayor de información acerca del Mesías venidero. En primer lugar se nos dice que sería un ser humano no un ángel, Alguien nacido de la simiente de la mujer (Gn. 3:15).

Luego fue revelado que sería de la descendencia de Abraham (Gn. 22:18), y más específicamente de la tribu de Judá (Gn. 49:10), de la familia de Isaí (Is. 11:1), de la casa de David (Jer. 23:5). Más tarde fue revelado que habría de nacer de una doncella virgen (Is. 7:14), en la aldea de Belén (Mi. 5:2), durante el dominio mundial del imperio romano (Dn. 2:44).

Ninguna de esas cosas hubiese podido ser conocida sin una revelación de parte de Dios. Pero muchas de las profecías del AT se concentraron más bien en los sufrimientos del Mesías como bien señala Pedro aquí. Sólo durante las 24 horas en que Cristo fue arrestado, juzgado y crucificado se cumplieron 29 profecías del AT:

– Que sería traicionado por un amigo (Sal. 41:9 – Mt. 26:49-50; Jn. 13:21).

– Vendido por 30 piezas de plata (Zac. 11:12 – Mt. 26:15).

– Que ese dinero sería arrojado en la casa de Dios y que luego se compraría con él el campo de un alfarero (Zac. 11:13 – Mt. 27:5, 7).

– Que sería abandonado por Sus discípulos (Zac. 13:7 – Mr. 14:50 y Mt. 26:31).

– Acusado por falsos testigos (Sal. 35:11 – Mt. 26:59-61).

– Que permanecería mudo delante de Sus acusadores (Is. 53:7 – Mt. 27:12-19).

– Que sería herido y magullado (Is. 53:5 – Mt. 27:26).

– Escupido (Is. 50:6 – Mt. 26:67).

– Objeto de burla (Sal. 22:7-8 – Mt. 27:31).

– Que sus manos y Sus pies serían horadados, y eso fue profetizado 1,000 años antes del evento, cuando no se practicaba la muerte por crucifixión (Sal. 22:16 y Zac. 12:10 – Lc. 23:33).

– Que sería crucificado entre pecadores (Is. 53:12 – Mt. 27:38; Mr. 15:27-28).  

– Que repartirían sus vestidos (Sal. 22:18 – Jn. 19:23-24).

– Que tendría sed y le darían a beber vinagre (Sal. 69:21 – Jn. 19:28-29).

Y así podríamos continuar enumerando profecía tras profecía. El Señor dejó testimonio abundante en Su Palabra para que nadie tuviera ninguna excusa. Las profecías bíblicas constituyen una prueba contundente de la veracidad de las Sagradas Escrituras.

Fue el Espíritu de Cristo obrando en los profetas el que anunciaba de antemano “los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos”: Su resurrección, Su ascensión para sentarse a la diestra del Padre hasta que todos Sus enemigos fuesen puestos por estrado de Sus pies, Su segunda venida en gloria y la consumación de Su reino.

Lo segundo que Pedro nos muestra en el texto es que los profetas del AT no comprendieron del todo las cosas que profetizaron (vers. 10-11). Ellos no fueron instrumentos pasivos en las manos de Dios para anunciar un mensaje. Pedro nos dice que se involucraron intensamente en averiguar aquellos aspectos que no entendían.

Y la idea que el texto transmite es la de una labor intensa y continua. Ellos estaban profundamente interesados en este asunto y en oración consideraban las Escrituras que tenían a su disposición, como vemos en el caso de Daniel (comp. Dn. 9:1-3).

Y lo tercero que Pedro nos enseña en el pasaje, y que es probablemente el punto focal de nuestro texto, es que estos profetas sabían que las cosas que profetizaban no era primariamente para beneficio de ellos.

Se les concedió el privilegio de contemplar en la lejanía lo que habría de venir en el futuro, la gran obra de salvación que habría de llevar a cabo el Mesías a través de Su vida, Su muerte y Su resurrección, pero no se les concedió el privilegio de ver el cumplimiento histórico de todas esas profecías (vers. 10a y 12).

No fue para sí mismos que anunciaron todas esas cosas, fue para nosotros. Nosotros tenemos un privilegio mucho mayor que cualquiera de los profetas del AT. Piensa en esto por un momento. Si tú eres un verdadero creyente, un discípulo de Cristo, estás en una posición más privilegiada que Isaías, Jeremías, Daniel o cualquier otro de los profetas del AT.

Comp. Mt. 11:11a. Juan el Bautista es señalado por Cristo aquí como el más grande de los profetas del antiguo pacto, más grande que Moisés, que Elías, Samuel o cualquier otro. Aunque su ministerio fue muy breve, apenas unos 6 meses, aunque Juan no hizo nunca ningún milagro, por ser el precursor inmediato de Cristo y el que anuncia el inicio de Su ministerio, Juan el Bautista fue el más grande de los profetas.

Pero ahora noten lo que sigue diciendo el Señor (vers. 11). El cristiano menos dotado, el menos prominente en la iglesia, ese que pasa totalmente desapercibido, el más pequeño, ése disfruta hoy de privilegios mayores de los que Juan disfrutó.

Nosotros tenemos un entendimiento del plan de salvación que ninguno de esos profetas tuvieron. Ya Cristo vino, ya murió en la cruz, ya resucitó y ascendió a los cielos, ya Su Palabra fue completada; nuestro entendimiento es mucho más claro que el de ellos (comp. Mt. 13:16-17).

Pero no sólo eso. En virtud de la obra redentora de Cristo nosotros disfrutamos de un montón de privilegios que los santos del AT ni siquiera soñaron tener. Ese es uno de los temas centrales de la carta a los Hebreos (comp. He. 8:6 y 10:11-14, 19-22).

Seguramente los santos del AT que ahora están en la gloria poseen un entendimiento más claro del plan de salvación que el que tenían cuando estaban aquí; y es muy probable que conozcan los privilegios que ahora disfrutamos los creyentes.

Y yo me pregunto, ¿cómo suponen ellos que nosotros debemos vivir nuestra vida cristiana, ahora que tenemos ese libre acceso al trono de la gracia, ahora que disfrutamos de una mayor amplitud de la obra del Espíritu Santo, ahora que sabemos lo que Cristo hizo por nosotros y que conocemos con más detalles el plan redentor de Dios porque contamos con las Escrituras del NT?

Yo no sé si ellos suponen cosas en el lugar donde están, pero supongamos que las suponen. ¿Cómo esperarían ellos que nosotros vivamos nuestra vida cristiana? ¿Acaso pensarían algo como esto: “Wao, si nosotros hubiésemos tenido todos los que estos creyentes tienen ahora”?

Ninguna de las dificultades que hemos padecido o tendremos que padecer en nuestro peregrinaje al cielo le resta ni un ápice a los enormes privilegios y bendiciones espirituales que ahora disfrutamos. Eso es lo que Pedro desea que estos hermanos consideren.

Déjame hacerte una pregunta: Si el Señor te concediera escoger entre una vida sin dificultades aquí, pero en condenación allá ¿qué escogerías? Si hubiese la posibilidad de tener una vida cómoda, sin privaciones de ningún tipo, pero sin tener a Dios por Padre y a Cristo como Salvador y Amigo, ¿tú la escogerías?

Para el verdadero creyente eso no es una opción. No importa cuántas dificultades tengamos que atravesar aquí ni el precio que tengamos que pagar por seguir a Cristo, por nada del mundo un verdadero cristiano trafica con sus privilegios para cambiarlos por otra cosa. No importa cuál fuera la oferta del otro lado, nunca sería un buen negocio.

Antes de pasar a nuestro próximo encabezado quisiera traer dos palabras de aplicación. En primer lugar, el ejemplo de los profetas debe ser una gran lección para todos nosotros en cuanto al estudio de las Escrituras.

Estos hombres recibieron una revelación incompleta y precisamente por eso no entendían muchas de las cosas que profetizaban. Sabían que su mensaje tenía que ver con el Mesías, pero mucha de esa información era un misterio para ellos.

Y aunque se les reveló que no verían el cumplimiento de sus profecías, aún así “inquirieron y diligentemente indagaron”. Se esforzaron por tener un entendimiento más claro de su propio mensaje.

Y ¿qué de nosotros, hermanos, que tenemos a la mano mucho más información que la que ellos soñaron tener, muchísimos otros recursos y que somos los principales beneficiarios de esa salvación? ¿Acaso no deberíamos mostrar un mayor empeño que el que ellos mostraron en el estudio de las Escrituras?

¿Qué tanto tiempo dedicas al estudio serio y profundo de la Palabra de Dios? No estoy hablando aquí de una lectura superficial del texto bíblico para acallar la voz de la conciencia, estoy hablando de establecer en nuestro agenda diaria un tiempo dedicado al estudio de las Escrituras, cada cual según la capacidad y recursos que el Señor le ha concedido.

¿Qué tanto de tu presupuesto utilizas en comprar buenos libros y qué tan regularmente te dedicas a leerlos? Si el Señor te ha concedido el privilegio de ser alfabetizado, debes usar ese don primariamente para el cuidado de tu alma.

Y si aparte de eso tienes la capacidad de leer en inglés, entonces tu responsabilidad es mayor, porque hay muy buena literatura disponible en ese idioma; eso fue una gracia extra que el Señor te concedió y por la cual darás cuenta. Mi hermano, ¿qué tanto te estás empeñando en inquirir y diligentemente indagar acerca de tu salvación y acerca de tu Salvador?

Pero en segundo lugar, si somos seguidores de Cristo debemos considerar el hecho de que nosotros vamos detrás de El, y el camino que El transitó primero pasa por la cruz y luego llega la gloria (vers. 11). Ese orden no puede ser invertido. Así fue con nuestro Señor, así será también con Sus discípulos: primero la cruz, luego la gloria (comp. 1P. 4:12-13).

Aquellos que quieran la gloria aquí no tendrán más gloria que la que puedan alcanzar en esta vida; pero sea que alcancen mucha o que alcancen poca, al final de su jornada no tendrán otra cosa que la más horrible de las vergüenzas cuando sean arrojados en las llamas del infierno.

Pero aquellos que escogieron seguir a Aquel que por amor a nosotros y para redimirnos de nuestros pecados fue a la cruz para luego entrar en la gloria, atravesarán por diversas dificultades y aflicciones en esta vida, pero que nunca serán comparables con la gloria venidera que en nosotros habrá de manifestarse.

Esas son las opciones, mi amigo: aflicción y gloria, o gloria y aflicción; pero recuerda que en ambos casos lo que viene después será tu porción por siempre.

En el día del juicio sólo se escucharán dos veredictos: castigo eterno y vida eterna (Mt. 25:46). ¿Cuál será tu porción en aquel día?

Pero no podemos seguir ampliando este tema. Hemos visto, entonces, que la salvación que ahora disfrutamos fue objeto de interés de los profetas del AT; pero vemos también la importancia y la gloria de la salvación en la proclamación poderosa del evangelio por medio de los apóstoles.

II. LA PROCLAMACION PODEROSA DEL EVANGELIO POR MEDIO DE LOS APOSTOLES:

Vers. 12. Noten cómo Pedro conecta el mensaje revelado por medio de los profetas del AT y el mensaje proclamado por los apóstoles en el Nuevo. Las cosas que los profetas administraron son las “que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio”.

No existe ninguna contradicción entre el mensaje del AT y el mensaje del Nuevo. El mismo Espíritu que inspiró a los profetas es el mismo Espíritu que inspiró a los apóstoles. No puede haber contradicción alguna entre estas dos secciones de la Palabra de Dios. La primera sirve de preparación para la segunda, y la segunda es la consumación y cumplimiento de la primera.

Pero una vez más, el punto focal aquí es la gloria de ese mensaje de salvación. El Espíritu Santo fue enviado desde el cielo para inspirar y autenticar el mensaje apostólico. No solamente guió a los apóstoles a toda la verdad, de modo que lo que ellos anunciaron y escribieron fue la Palabra de Dios, sino que el Espíritu Santo testificaba juntamente con ellos a través de las señales y milagros que hacían (comp. He. 2:1-4).

El Espíritu Santo era el poder detrás del mensaje. Y aunque ese poder no se manifiesta hoy de la misma manera, en el sentido de que los evangelistas post apostólicos no son inspirados como los apóstoles lo fueron, ni manifiestan las mismas señales que confirmaban su inspiración, aún así es por el poder del Espíritu Santo obrando a través de la predicación que los pecadores son salvados.

Si el Espíritu Santo no hubiese abierto tu entendimiento cuando la Palabra de Dios te fue predicada, todavía estarías muerto en tus delitos y pecados. Fue por la obra del Espíritu Santo en ti, a través de la predicación de Su Palabra, que hoy disfrutas del privilegio de ser salvo.

Así que esta es una salvación inquirida por los profetas del AT, anunciada con poder por los apóstoles; y finalmente Pedro nos dice que es observada anhelantemente por los ángeles.

III. LA OBSERVACION ANHELANTE DE LOS ANGELES:

 

Vers. 12. La palabra que RV traduce como anhelar significa “desear fervientemente”. Los ángeles son seres espirituales, pero de naturaleza personal. Ellos no poseen un cuerpo, pero sí poseen intelecto, voluntad y emociones. De modo que cuando ellos se involucran en servir a los creyentes cumpliendo el mandato de Dios, no lo hacen con apatía y sin sensibilidad.

Ellos desean fervientemente observar todo lo que concierne al desarrollo del plan de redención. La palabra mirar implica un proceso de observación en el que el observador está profundamente interesado; es un verbo compuesto que significa literalmente “inclinarse para ver algo”.

Esta figura parece hacer referencia al hecho de que en el Lugar Santísimo fueron colocados por orden divina dos querubines tallados que tenían sus rostros dirigidos hacia el propiciatorio, dice en Ex. 37:9.

La idea es que los ángeles están maravillados con el plan de redención. Ellos mismos no participan como nosotros de la misericordia y la gracia de Dios en Cristo, porque ellos no necesitan ser perdonados. Los ángeles de Dios son perfectos en santidad, sin pecado. Ellos no conocen por experiencia lo que significa recibir el perdón de Dios.

Pero ellos sí conocen la santidad de Dios, ellos sí conocen el aborrecimiento que Dios tiene por el pecado y, por lo tanto, se maravillan al contemplar cómo Dios diseñó un plan por medio del cual los pecadores son salvados, pero manteniendo intacta Su justicia.

Ver la misericordia de Dios obrando de ese modo en nosotros es algo que extasía a las huestes angelicales, es algo que los llena de asombro y admiración (comp. Ef. 3:10).

Pero hay algo más. Ellos conocen también la gloria que Dios el Hijo compartía con Dios el Padre desde toda la eternidad.

Y en un punto de la historia, esos ángeles que adoraban arrobados a la segunda persona de la Trinidad, por amor a nosotros y por nuestra salvación le vieron esconder Su gloria en el manto de una naturaleza humana, semejante en todo a la nuestra, pero sin pecado, y luego ir a la cruz para pagar nuestra deuda.

¡Cómo no van a mostrar interés en algo tan grandioso y maravilloso! Pero, mis hermanos, el punto otra vez es que no son los ángeles los beneficiarios de esa salvación que observan con tanto interés y con tanto asombro.

Pedro quiere que estos hermanos entiendan el enorme privilegio que el Señor les ha concedido, mayor que el de los profetas del AT y aun mayor que el de los ángeles. Dios nos ha hecho beneficiarios de Su misericordia, con la sangre de Su Hijo nos ha limpiado de todo pecado y nos ha concedido el don de la vida eterna.

Si eres un creyente en Cristo, si has nacido de nuevo por el poder del Espíritu Santo, no existe en todo el mundo una persona más privilegiada que tu.

Piensa en las personas más encumbradas del mundo, en el hombre de más influencia y poder, en el más rico, en el más famoso, toma todo lo que tienen todos ellos y ponlo en el plato de una balanza, si lo comparas con lo que Dios te ha otorgado en Cristo de pura gracia, mi amado hermano, lo que ellos tienen es pura basura.

El problema es que fácilmente perdemos de vista la realidad de nuestra fe. Nos dejamos arropar de tal manera por los problemas que no podemos ver ninguna otra cosa. ¿Cuál es la solución? Una fe sustentada en la verdad de Dios revelada en Su Palabra.

Por eso es que el estudio de las Escrituras es tan importante para el creyente. Los profetas del AT echaron mano a ese recurso en medio de sus aflicciones. Ellos inquirieron y diligentemente indagaron lo que Dios había revelado sobre el plan de redención.

Y aun los ángeles que no sufren aflicciones y que no son participantes directos de la obra salvadora de Cristo, se esfuerzan por seguir aprendiendo acerca de estas cosas. Y seguramente eso los impulsa a adorar más intensamente a Dios.

Que Dios obre ese mismo sentir en nosotros, los beneficiarios primarios de esa gran obra de salvación de Dios en Cristo.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.



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