Juan le respondió diciendo: Maestro hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero no nos sigue; y se lo prohibimos porque no nos seguía.(Mc. 9:38; Lc. 9:49)

Cuando Lucas edita su relato de la vida de Cristo, sigue el manuscrito de Marcos y nos da testimonio de un evento protagonizado por Juan, el discípulo que se recostó al lado de Jesús la noche que fue entregado. El discípulo amado y amable que escribió un evangelio magistral, tres cartas que son un tesoro por la ternura que desprenden, y un Apocalipsis cargado de un sano misticismo capaz de cautivar por su pictoricidad a la mente mas sobria.

Sabemos que Juan fue el último pilar del cuerpo apostólico, aquellos que vieron y tocaron al Verbo de Vida. Pues bien, éste amable Juan, símbolo universal de ternura, fue en sus principios un personaje insufrible. Los episodios de los evangelios en los que es retratado no son precisamente ejemplos que refuercen su reputación de un apóstol tolerante. Lo cierto es que Juan era egocéntrico, caprichoso e iracundo. Parece ser, que la familia era un poco disfuncional; su mamá una controladora que pedía beneficios futuros para sus hijos, y su hermano Jacobo alguien tan energúmeno como nuestro personaje; de tal manera que juntos eran conocidos como “ los hijos del trueno”, por haber pedido a Jesús que les diera poder para achicharrar a los samaritanos que no les recibieron (Lc 9:51-56). De su padre no se dice mucho, sino simplemente que se llamaba Zebedeo. Cuando menos eran una familia sui generis, pero dejemos ese análisis para los psicólogos sistémicos.

Por el episodio con el que empezamos esta breve reflexión vemos claramente que Juan tenia tendencia al sectarismo y a la intransigencia. Imaginemos la escena: alguien estaba liberando a los que habían caído victimas de posesión demoniaca. El exorcista anónimo parece que tenia éxito porque el texto nos dice que efectivamente echaba fuera demonios. El registro nos dice también que la reacción de Juan frente al ministerio de este hombre fue expeditiva: “se lo prohibimos”. La razón: porque “no nos sigue” y se repite dos veces la idea de que, “no iba con ellos”. Lo cierto a tenor del episodio, es que Juan había creado en su mente un monopolio religioso. Un sistema exclusivo y excluyente para el cual, en el último análisis, era más importante la pertenencia al grupo de los elegidos que el bienestar de los que se supone que eran los beneficiarios de la fe liberadora que Jesús enseñaba.

El Maestro fue claro en su respuesta, “no se lo impidáis” . Dicho de otra forma: -Juan y compañía, atención: estáis cometiendo un error al censurar a otros en la proclamación de las buenas nuevas en mi nombre, aunque no sean de nuestro grupo-. Jesús no entró a explicar asuntos de sana doctrina, ni de vinculaciones denominacionales, ni identidades bíblicas, ni de orientaciones éticas determinadas. Jesús solo adujo que quien alivia a otros en su nombre, está de su lado.

Uno de los principales problemas que arrastramos los evangélicos es la tendencia al sectarismo. No nos hemos dado cuenta que la mentalidad defensiva y capillista ya no tiene sentido porque no nos protege de nada. Me temo que somos hoy victimas de una inercia insana que nos aísla no solo del mundo exterior sino de unos con otros. El “nosotros” para los que nos consideramos evangélicos cobra muchas veces su primigenio y más excluyente sentido< o sea,
(No-los-otros). Bautistas, Hermanos, Pentecostales, Independientes, Calvinistas y Arminianos, Dispensacionalistas y Amilenialistas, Pre y Postmilenialistas, Metodistas y Pietistas, los que tienen lenguas y los deslenguados. Toda una fauna que lejos de configurar una riqueza espiritual mutua, se convierte en un buque fantasma de compartimentos estancos, que más que ser de salvación a los que se ahogan, infunde miedo y recelo. Todos sin excepción tenemos mil y un argumentos para aislarnos unos de otros, y lo más grave es que lo disimulamos barnizándolo de rectitud, de piedad, o en el peor de los casos de amabilidad. La historia de la Iglesia nos dice que, se puede parecer “amable” y ser sectario, se puede parecer “tierno” y ser exclusivista, se puede parecer “discípulo” y poner palos en las ruedas los otros –nuestros hermanos- negándoles el pan y la sal. ¡Cuánto integrismo represor escondemos a veces! ¡Con que facilidad censuramos a los otros en el nombre de mil argumentos! A veces pienso que si tuviéramos el poder de la Iglesia Católica, nuestra conferencia episcopal no seria muy diferente de la triste satrapía que vemos hoy. ¡Ay, si Jesús nos visitara!, seguro que tendríamos que oír de nuevo el reproche a los hijos del Zebedeo: “vosotros no sabéis de que espíritu sois

¿No será que en el fondo tenemos un inconfesable pecado de orgullo autosuficienciente, y un miedo irracional a someter nuestras propias creencias a la prueba del contraste con otras? O quizás sea, que nuestro exclusivismo religioso es simplemente un problema de generosidad. La generosidad de dejarles ser.

J. Eugenio Fernández Postigo

Autor: J. Eugenio Fernandez

es un decano y profesor residente de IBSTE. Obtuvo su licenciatura en teología de IBSTE, y después, recibió una MDiv y maestría de teología bíblica de Northpark Theological Seminary.



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