El Dios de las escrituras es soberano tanto de la iglesia como del mundo que la entorna Ef. 1:20-21. Como tal ha establecido una simbiosis entre ambas esferas que redunda para Su gloria y el bien de Su iglesia. Los sucesos de la historia de la iglesia purifican la historia universal y los sucesos de la historia universal –por mas malos que estos sean- catalizan el avance de la iglesia.

El renacimiento fue uno de estos sucesos de la historia universal con el que Dios catalizó el avivamiento titánico de la Reforma. Dos factores sobresalientes del renacimiento: el regreso a las fuentes originales y el enfoque sobre el individuo (con desenfoque en las instituciones) se tradujeron en el redescubrimiento de las escrituras y de la relación del individuo delante de Dios.

Fue precisamente este el palpitar de reformadores como Martín Lutero y Juan Calvino al escudriñar las escrituras para descubrir ¿Cómo es que le individuo puede ser salvo?, ¿Cómo es que el individuo pecador puede relacionarse con un Dios de inexorable justicia?, ¿Cómo es que el individuo puede estar bien con Dios?

La amartillante convicción de pecado que se agolpaba en el corazón de Lutero lo llevo a re-escarbar la gloriosa doctrina de la justificación en la epístola a los Romanos extraviada a muchos en la época del Medievo. Su impotencia por agradar a Dios le causaba una desesperación transformada por este hallazgo a un glorioso sosiego expresado en versículos como Rom. 5:1 Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios.
Mientras que Lutero escudriño con el lente bíblico la salvación del individuo delante de Dios, Calvino reenfocó más allá al fin supremo de esta: la gloria de Dios. Captó que desde cualquier ángulo de observación la salvación deslumbra al lector con refulgentes emanaciones de la gloria de Dios: la gloria de su amor, de su justicia, de su compasión, de su misericordia, de su soberanía.

En sus escritos Calvino exalta la gloria de Dios subrayando la exclusividad de Él en la obra de salvación de principio a fin. Es decir, en la salvación, el hombre no es un colaborador sino espectador, no es dador sino recipiente, no es benefactor sino beneficiario. Calvino demostró esta realidad partiendo del atroz diagnostico del hombre en las escrituras: desde la planta del pie hasta la coronilla el hombre ha sido tan avasallado por el pecado que ninguna de sus partes quedó intacta. Todo lo que procede de él es –usando el lenguaje de Génesis Gen 6.5- “…de continuo solamente el mal”. La cura requerida para el hombre es total; solo Dios puede operar. El hombre en su caída no es un enfermo con necesidad de un pomo de medicina, o moribundo que requiere primeros auxilios para reavivarse, sino un muerto que requiere un remedio radical: una resurrección espiritual, un génesis, un nuevo nacimiento, nada menos que el aliento de vida divino. Todo proviene de Dios, nada aporta el hombre, excepto: su pecado. Así lo afirma la escritura: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.”

Ante el diagnostico fatal del hombre Calvino pone por contrapeso la iniciativa total de Dios. Parte con la elección, continua con una predestinación que toma al pecador y no lo suelta sino hasta que lo deposita en la gloria. Antes y después de ser salvo el hombre queda incapacitado para voltear a sí mismo, absorto ante la portentosa gracia soberana de Dios. El cantante Jesús Adrian Romero expresa bien el asombro del creyente ante tales realidades: “Qué sería de mí si no me hubieras alcanzado, donde estaría yo si no me hubieras encontrado…”

Calvino también señala el blanco central de la salvación: la gloria de Dios, la gloria de su Hijo. La predestinación, la elección y el llamado eficaz de Dios no concluyen al rescatar al pecador de la refulgencia de las llamas del infierno, sino al revelar la refulgencia de la gloria de Dios en su Hijo. Así lo afirma la escritura “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” Rom. 8:29. Dios transforma carbones en brillantes que enmarcan la gema principal de la gloria del Hijo de Dios desplegada con su máxima refulgencia en la salvación.

Indudablemente este será nuestro sentir en el cielo. Seremos reflectores de la gloria de Cristo anhelando perdernos cava vez más en el asombro de ella. Aún ahora en nuestro diario caminar nuestra aspiración debe ser que Cristo sea visto en nosotros, más de Cristo y menos de nosotros pues cuando sale el sol se desvanecen las estrellas.

Tanto Calvino como Lutero siguen hablando por sus escritos aun después de 500 años de muertos. Aprendamos a dar gracias por sus enseñanzas. En cuanto a Lutero, por la justificación re-descubierta que infunde paz a nuestro corazón; tocante a Calvino, por el enfoque central de la salvación que nos mueve ahora y en la eternidad a perdernos en la adoración de la gloria de Dios.



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