La Iglesia Evangélica de América Latina retrocede 500 años de teología en una década

En los tiempos del Antiguo Testamento los ungidos y los que recibían el Espíritu de Dios eran pocos: reyes, profetas, sacerdotes y algunos individuos en especial. La unción y la presencia del espíritu se entendían como un don especial de Dios a ciertos individuos escogidos para unas labores específicas. La unción representaba la presencia especial de Dios en tales individuos. Pero, en tiempos del Antiguo Testamento también, el profeta Joel anunció algo extraordinario, la democratización del Espíritu: Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. Y aun sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en esos días (Joel 3:1-2).[1]
Siglos después, en tiempos del Nuevo Testamento, Pedro vio el cumplimiento de las palabras de Joel en el día de Pentecostés: el Espíritu Santo se reparte a toda carne indiscriminadamente (Hechos 2:13-18). En este nuevo orden se recibe el espíritu sin distinción: “de edad, ‘ancianos y jóvenes’; de clase social, ’siervos y siervas’; de sexo, ‘hijos e hijas’; y de nación, toda carne.[2] Así pues, el Espíritu Santo deja de ser privilegio de unos pocos para ser dado a la gente común de los judíos y de los gentiles. El Espíritu sigue siendo requisito para la misión, pero no distingue entre predicadores (Pedro, Juan) y servidores de las mesas (Esteban, et al.).

Con el tiempo y muy paulatinamente, el Espíritu volvió a privatizarse y quedó en manos de los jerarcas de la iglesia. No se les llama ungidos, pero son los únicos ministros y mediadores de la gracia de Dios. Así se conformó la iglesia de la Edad Media. El sacerdote intercede por los creyentes porque él es quien tiene la investidura del Espíritu para hacerlo.

El Espíritu vuelve a democratizarse en la Reforma con la teología del sacerdocio de todos los creyentes. Lutero ciertamente no eliminó los oficios de los pastores y ministros, pero sí les quitó el poder espiritual absoluto que ostentaban los sacerdotes y los jerarcas de la iglesia. Todo esto lo argumentó Lutero desde el Nuevo Testamento porque eso es lo que asume todo el Nuevo Testamento (Rom 5:5; 1 Cor 12:13).[3]

En las últimas décadas y muy rápidamente, el Espíritu se está volviendo cada vez más cosa de unos pocos supuestos ungidos. No es extraño escuchar que fulano o zutano “sí tiene la unción,” o que hay que enviarles a ellos nuestras peticiones, “porque ellos sí tienen el Espíritu.” Estas son afirmaciones aparentemente afirmativas de ciertos individuos, pero son absolutamente negativas con respecto a los demás cristianos y totalmente contrarias a las Escrituras. El Espíritu Santo lo tenemos todos los cristianos porque todos hemos sido ungidos con ese Espíritu. Entre otras cosas, tal forma de referirse al Espíritu en el Nuevo Testamento no es tan común (2 Cor 1:21; 1 Juan 2:20, 27), y por cierto, no es para revelar nuevas verdades (cp. Juan 14).
¿Por qué sucede hoy este fenómeno de la privatización del Espíritu? Hay por lo menos cuatro razones. Primero, por la ignorancia de las Escrituras. Segundo, por el uso caprichoso de las Escrituras; en este caso se hace teología del Antiguo Testamento y se aplica a la actualidad como si Cristo y el Espíritu no hubieran venido ya como dice Hechos. Tercero, porque la teología católica de las jerarquías eclesiásticas resulta bastante atractiva. Y cuarto, porque así como hay personas que anhelan poderes absolutos sobre los creyentes, también hay creyentes cuyo desarrollo moral les pide jerarquías con poderes absolutos sobre ellos.

Es bastante curioso lo que está ocurriendo. Hace unas pocas décadas muchos predicadores Protestantes, Biblia en mano, descalificaban la iglesia católica por sus jerarquías y la infalibilidad del Papa. Hoy se ve en círculos supuestamente herederos de la Reforma, la jerarquización de las iglesias a partir de una malentendida unción que los hace infalibles, les da poderes exclusivos y un carácter especial que reparten a otros cual Moisés o Elías. Así pues, el Espíritu que se democratizó en el siglo I después de la resurrección de Jesucristo, ahora pretenden privatizarlo. Este es un retroceso teológico de por lo menos 500 años, si no 2000.

©2006Milton Acosta
[1]En Números 11 hay un antecedente, cuando Dios reparte su Espíritu a un grupo de setenta ancianos en vista de las dificultades que tiene Moisés para administrar solo todo el pueblo. Pero nótese que es para un grupo específico de personas, setenta ancianos. Lo que anuncia Joel es algo más democrático todavía.
[2]Luis Alonso Schokel, J. L. Sicre Díaz, Profetas 2, 2da ed. (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), 943. Es cierto que en Joel la presencia del Espíritu se limita a profecía, sueños y visiones, pero en el Nuevo Testamento vemos que abarca mucho más que eso (1 Cor. 12).
[3]Charles H. H. Scobie, The Ways of Our God: An Approach to Biblical Theology (Grand Rapids: Eerdmans, 2002), 281-297.

Milton Acosta

Autor: Milton Acosta

Profesor de Antiguo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia (www.unisbc.edu.co); Editor de Antiguo Testamento para el Comentario Bíblico Contemporáneo; M.A. Wheaton College Graduate School– Ph.D. Trinity Evangelical Divinity School (Antiguo Testamento).



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