Una parte muy importante del ministerio de Cristo se dio en el campo de la dialéctica interpretativa. Jesús no solo ocupó tiempo enseñando a sus discípulos como afrontar la interpretación de la Ley, sino que también empleó muchas de sus energías en denunciar la falsa deontología hermenéutica de los teólogos de su tiempo.

Jesús fue escrupulosamente equilibrado en su acercamiento a la Ley, y eso le llevó a denunciar por un lado, la falta de respeto de los saduceos hacia la misma; y por otro, el literalismo ciego de los fariseos. A unos les dijo que : ignoráis el poder de Dios y las Escrituras; y a otros, que en su inútil celo echaban sobre la Ley mandamientos de hombres hasta dejarla irreconocible. La consecuencia lógica fue que Jesús fue odiado por ambos y cargó con la acusación de ir en contra de Moisés.

Ahora bien, el Maestro, nos aparece especialmente en el evangelio de Mateo, como el Rey-Mesías que viene a interpretar la Ley y los Profetas. El mismo sermón del Monte, es claramente, una síntesis de la Ley Mosaica. Cada uno de los temas que aparecen en él son asuntos recurrentes de la Ley: el ayuno, el divorcio, la limosna, el adulterio, la ofrenda, etc. Jesús en Mateo es el Hermenéuta infalible de la Ley y de los Profetas.

Es demasiado común el encontrar en nuestras iglesias lectores devotos de la biblia que, cuando llegan al Sermón del Monte, caen en la trampa de creer que Jesús se opuso a la ley de Moisés. Otros en cambio, debido a su carácter utópico y su radicalidad ética, han llegado a la torpe conclusión de que no es para nosotros. Basta, un rápido vistazo a la historia de la interpretación para darse cuenta que la hermenéutica de Jesús ha dejado fuera de juego a la Iglesia a través de los siglos. Una vez más, Jesús, el Rabí galileo, nos desborda con su hermenéutica como lo hizo a los hombres de su generación.

¿Qué quería decir Jesús cuando afirmaba que: oísteis que fue dicho, pero yo os digo? Quizás la traducción más acertada sería: Oísteis lo que os han dicho (los fariseos), puesto que Jesús no cuestionaba la Ley sino la interpretación que de la misma los fariseos habían hecho. Jesús cuando habla de la Ley, la reconoce como autoritativa puesto que ella daba testimonio de El mismo, y no solo esto, sino que le aplicaba un carácter eterno, al decir que ni una iota ni una tilde pasaran. Así pues, la controversia tocante a la ley es en realidad una controversia en cuanto a la deontología hermenéutica de la misma. Para Jesús, el espíritu de la Ley había quedado enterrado bajo los escombros de una religiosidad legalista por la mala practica interpretativa de los fariseos. Pablo, vendrá años mas tarde a denunciar esto mismo cuando afirma que …La letra mata pero el espíritu vivifica… Por lo tanto, para Jesús, todo ejercicio interpretativo que coloca a la ley como un fin en sí misma, es un práctica hermenéutica no-deontológica. Y de la misma manera, el reduccionismo saduceo saturado de elucubraciones metafísicas griegas, era otro claro ejemplo de una pésima hermenéutica que había que evitar por inútil.

¿En que pues, consistió la hermenéutica de Cristo? ¿Cómo se efectúa una hermenéutica deontológica? La razón es más simple y a la vez más compleja de lo que a primera vista pueda parecer. Su simplicidad viene dada por el principio que la sustenta, y su complejidad por la dificultad de su aplicación en ámbitos religiosos cargados de una alta exigencia normativa.

Según el Génesis de Moisés, Dios crea al ser humano , no solo a su imagen, (celem) ; sino a su semejanza, (demut). Esta segunda expresión aparece aquí como una ampliación de la primera, imprimiendo fuerza al escueto texto. La idea es que la creación a su imagen fue “muy a su imagen” y nos revela un alto grado de parecido entre Creador y criatura. Esta idea de imagen se repite en el Salmo 8 cuando el poeta se pregunta: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Y responde: le has hecho poco menor que los ángeles. Curiosamente, el texto hebreo no habla de ángeles, sino de Dios Elohim.

No es el momento de entrar en la discusión de, si el ser humano perdió la imagen de Dios en el hecho histórico de la caída, o de cuanta imagen de Dios quedó en él después de la misma. Esto es una discusión bizantina que queda bien para la gimnasia antropológica de salón, pero que a efectos prácticos no nos lleva a ningún sitio. Jesús consideró al ser humano como un elemento de primer orden y lo socorrió independientemente de cualquier otro razonamiento. Jesús entendió que el ser humano debe ser un elemento prioritario en cualquier entendimiento de la religión. Tanto es así, que lo usó como clave hermenéutica para la interpretación de la Ley. El Maestro fue beligerante a la hora de dejar bien claro, que todo el sistema religioso tiene una doble finalidad: honrar a Dios y bendecir al ser humano creado a imagen de Dios.

Si vamos al sermón de monte nos daremos cuenta que cuando trata los asuntos mencionados anteriormente, lo hace desde la perspectiva antropológica. Por ejemplo; la agresión o el adulterio no es solo un asunto físico, sino de intencionalidad. El divorcio no es justo porque deja a la parte débil desamparada. La venganza no soluciona la injusticia sino que la deforma por su capacidad destructora. El enemigo puede ser seducido por el amor. La verdadera religiosidad no es un asunto externo sino interno. Las plegarias deben ser hechas conscientes de que Dios es un Padre amante, no un Dios lejano. El juicio es un asunto peligroso porque no tiene todos los datos de las circunstancias en las que el ser humano que esta siendo juzgado puede estar viviendo.

Jesús tenia bien claro, que la Ley fue dada para bendecir y ayudar al ser humano en su difícil peregrinar por una inhóspita existencia. Por eso, pone a los fariseos contra las cuerdas con los ejemplos de David cuando tomó los panes de la proposición, o para justificar la sanidad de los enfermos en día de reposo, pone como ejemplo a los sacerdotes que violan el sábado y eran sin culpa, o pone a su propio Padre y a El mismo como quienes hasta ahora trabajan por salvar al ser humano de la miseria. En otras palabras, el intento por aliviar la necesidad del ser humano, es más importante que cualquier exigencia litúrgica o ceremonial.

Resumiendo, nuestro ejercicio interpretativo debe estar regido por el resultado que se opera sobre el ser humano creado a Imagen de Dios. De la misma manera, cualquier decisión religiosa o eclesiástica, no debiera perder de vista al ser humano creado a imagen de Dios ni convertirse en un fin en si misma. Recordemos que el ser humano no fue hecho para el día de reposo, sino el día de reposo para el ser humano. ¡Que fácil es invertir los valores del Reino y agraviar a nuestro hermano en el nombre de nuestras costumbres, de nuestras normas, de nuestras leyes o de nuestras interpretaciones privadas.

¡Claro que es difícil y arriesgado! Ahí radica la complejidad del asunto que tenemos entre las manos. Porque la experiencia nos dice que en la práctica pastoral y eclesial vamos a encontrar situaciones en las cuales será difícil armonizar el mandamiento -si es que existe- con las situaciones harto complejas de los individuos a nuestro cargo. En tales casos, no cabe otro protocolo de intervención que pedir a Dios que nos dé su sabiduría para poder ver al ser humano con sus ojos. Ver también su Palabra bajo ese prisma de humanidad, y actuar para que esa imago Dei que con tanto esmero, cariño y generosidad el Creador puso de sí mismo sobre nosotros, no sea dañada por nuestra práctica religiosa.

J. Eugenio Fernández Postigo 
Teólogo

Autor: J. Eugenio Fernandez

es un decano y profesor residente de IBSTE. Obtuvo su licenciatura en teología de IBSTE, y después, recibió una MDiv y maestría de teología bíblica de Northpark Theological Seminary.



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