Desde hace ya varios años, algunos protestantes, tanto a este lado del Atlántico como en aquel, veníamos denunciando el daño que todos los niveles estaba produciendo el capitalismo en nuestras respectivas sociedades. En aquellos momentos de finales de los setenta y principios de los ochenta, se nos tildó de liberales y marxistas. Recuerdo con toda claridad como la totalidad de los misioneros extranjeros y la mayoría pastores nacionales no podían ocultar su desprecio y su disgusto por todos aquellos que teníamos una visión más “comprometida” de la teología cristiana. La identificación de la teología de liberación con el catolicismo y con la propaganda comunista era un recurso acusatorio recurrente muy efectivo. Se escribieron cientos de artículos en los órganos de difusión de todas las denominaciones evangélicas anatemizando la hermenéutica liberacionista como un sistema interpretativo apóstata. La caída del muro de Berlín y la desintegración del bloque soviético fue el evento que vino a reafirmar en su empecinamiento acusatorio a los detractores de la teología del pobre. ¡ Tenían razón ¡ y el asunto quedó sellado – de momento-.

Una vez descabezado el comunismo en los países del telón de acero y con la conversión al capitalismo de China, el libre mercado quedó sin contrapeso filosófico -léase, Marxismo- y lo que es aun peor, sin freno práctico. El tiempo ha demostrado, que de hecho, el capitalismo era una locomotora que avanzaba a toda velocidad en la oscuridad de la noche hacia un precipicio sin que nadie pudiese hacer nada para evitarlo, arrastrando al desastre a todos los que viajábamos instalados confortablemente en los vagones posteriores. Era la crónica de una muerte anunciada hace mas de veinte años por los denostados teólogos de la liberación; pero nuestros presupuestos socio-económicos occidentales ¨cristianos¨ nos cegaron la visión. Identificamos progreso – pero solo el nuestro- con sociedad cristiana. Estábamos cegados por el resplandor de “la calidad de vida” y casi nadie dio la voz de alarma. Los economistas, los brókeres, los banqueros, e incluso algunos predicadores del evangelio de la prosperidad actuaron como profetas y sacerdotes del mas infame de todos los dioses, el dios Mamón, (dios del dinero) que se habían instalado en el Templo de Dios, nuestro corazón. El moho del vil metal lo había logrado oxidar y endurecer (Escleros Kardia). Sin darnos cuenta nos habíamos convertido en (Fil-argulios) amadores de la plata y del confort, a costa de la miseria del tercer mundo. Hoy, esta la locura del desbocado caballo capitalista nos ha estrellado contra el muro de la más cruda realidad. Millones de personas lo han perdido todo en nuestra prospera y justa sociedad occidental: negocios, ahorros, vivienda y trabajos; esto sin hablar de las repercusiones sobre los países del tercer mundo donde mucha gente está muriendo de hambre.

El comunismo había consagrado al estado como dios y sucumbió ahogado en el excremento de su propia autosuficiencia e incredulidad. Nosotros, habíamos entronizado algo mucho peor, al “estado de bienestar” y este nos ha reventado en la cara porque lo anhelábamos a cualquier precio. En el último análisis, capitalismo y comunismo, son dos caras de la misma moneda idolátrica. Con demasiada frecuencia olvidamos dos verdades con respecto a los ídolos: una, que todos los ídolos tienen los pies de barro y terminan colapsándose por el peso de su propia inmundicia; dos, que los ídolos, como dice el vasco Jon Sobrino, siempre terminan demandando la sangre de victimas.

Autor: J. Eugenio Fernandez

es un decano y profesor residente de IBSTE. Obtuvo su licenciatura en teología de IBSTE, y después, recibió una MDiv y maestría de teología bíblica de Northpark Theological Seminary.



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