A medida que la sociedad occidental asume la hipótesis evolucionista, en esa misma medida la vida humana va perdiendo su valor; esto así por la creencia de que la vida “surgió de un mar primitivo a través de un choque… de sustancias químicas, y que a lo largo de cientos de millones de años de mutaciones casuales, este accidente biológico dio lugar a los primeros seres humanos”. Visto de ese modo el hombre no posee más valor que un perro ni más trascendencia que una roca. Ni siquiera podríamos decir que los seres humanos son animales más desarrollados, porque no tendríamos parámetro alguno para definir el progreso. Para hablar de “progreso” necesitamos un punto fijo que sirva de referencia para saber si nos alejamos o nos acercamos del ideal. De manera que el evolucionismo nos deja sin una base racional para defender la dignidad humana y a merced de una cultura de muerte que sirve de telón de fondo a la legalización del aborto y de la eutanasia. Tan pronto se asume que el feto es una cosa y no una vida humana en desarrollo, también se asume que se puede disponer de él a conveniencia.

Ahora bien, si se puede disponer de la vida de un niño antes de su nacimiento, ¿qué impide que se disponga de él después que nazca? No debe extrañarnos que unos meses después de la legalización del aborto en Estados Unidos, en 1973, el Dr. James Watson, laureado con el Nóbel en Fisiología y uno de los que descubrió la estructura del ADN, afirmó que debía considerarse la idea de privar al recién nacido de personería jurídica hasta tres días después de nacer, ya que “la mayor parte de los defectos (de los infantes) no son descubiertos hasta el momento mismo del nacimiento”. Así los padres tendrían la oportunidad de decidir si el niño vive o muere. Y Peter Singer, profesor de bioética de la Universidad de Princeton, opina que debería permitirse la eliminación de niños con cierta condición de discapacidad ¡hasta los 28 días de nacidos! Tampoco debe extrañarnos que unos años después el tema de la eutanasia tenga tanta vigencia. Tal parece que la ancianidad y las enfermedades crónicas tienen cada vez menos cabida en nuestra sociedad, donde la valía y dignidad de los seres humanos se mide en función de su utilidad y fortaleza vital. Y es que fuera del marco conceptual de la cosmovisión bíblica, que nos presenta al hombre como un ser creado a la imagen y semejanza de Dios, es imposible de probar que la vida humana posee valor intrínseco.

Sugel Michelén

Autor: Sugel Michelén

estudió para el ministerio en 1979. Posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (IBSJ), en Santo Domingo, República Dominicana, a la ciudad de Puerto Plata, a comenzar una obra allí. Pero a finales del 1983 fue llamado a formar parte del cuerpo de pastores de IBSJ, donde sirve al Señor desde entonces, exponiendo regularmente la Palabra los domingos. También es autor del blog Todo pensamiento cautivo.



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