La pasada navidad tuve la oportunidad de compartir un tiempo con mi sobrina. Con tan sólo un año de edad, ella ha cautivado nuestros corazones de tal forma que cada cosa que hace es un acontecimiento. Su tierna mirada y sus gestos juguetones llaman la atención de cualquiera a su alrededor. El suceso más grande en la vida de mi sobrina es que está aprendiendo a caminar sola y sin ayuda. Aunque todos en mi familia sabemos que ella tiene la capacidad de caminar sola, ella debe alcanzar un nivel de confianza en sí misma que le permita soltarse y aventurarse. Por esta razón todos los miembros de mi familia celebran cada paso que ella da, con aplausos, silbidos y palabras de ánimo: “¡Sigue adelante! ¡Tú puedes!”

Lo curioso es que mi sobrinita necesita afirmación y ánimo para seguir adelante. En ocasiones ella se detiene hasta asegurarse que todos la estén mirando. No es que ella sea vanidosa o que ande buscando egoístamente el reconocimiento de la gente. Simplemente ella necesita saber que alguien ve lo que hace. En cierta forma ella necesita que su esfuerzo sea valorado y reconocido antes de poder dar el siguiente paso.

Usted y yo somos como mi sobrina. En lo más profundo de nuestro corazón deseamos ser reconocidos, afirmados y valorados. La diferencia es que la vida nos ha enseñado que no todo el mundo desea celebrar los pasos que damos. Al contrario, muchas veces somos criticados, menospreciados y en ocasiones humillados por las palabras o la conducta de otros que subestiman nuestros esfuerzos.
Desafortunadamente esto también sucede en la iglesia. Usted pensaría que por ser la “familia de Dios” todo el mundo se alegraría y celebraría los triunfos de otros. Sin embargo, la realidad es frecuentemente lo opuesto. Los cristianos vivimos tan ciegamente ocupados buscando la bendición y el propósito de Dios para nuestras vidas que usualmente nos olvidamos que gran parte de nuestra función como el cuerpo de Cristo es animar, valorar y celebrar los pasos (de bebé) que dan nuestros hermanos.
Esta situación hace que a menudo nos sintamos solos. Nuestra vida espiritual se convierte en un desierto y hasta nos cuestionamos si Dios mismo ve lo que está pasando.

Para todos aquellos que atraviesan el desierto de la incertidumbre y la soledad, preguntándose si alguien ve o entiende la situación por la que están pasando, permítanme llevarlos a un pozo. Este pozo es una fuente de agua en medio del desierto. Para el ojo común el pozo es como cualquier otro pozo. Pero para Agar este pozo es un altar de adoración.

Agar era la sierva egipcia de Sara (o Sarai), esposa de Abraham (o Abram). Ante la realidad flagrante de su esterilidad, pero con la esperanza de recibir la promesa de Dios de tener un hijo, Sara confabula un plan para ayudar a Dios a cumplir Su palabra. En medio de la desesperación Sara utiliza a su sierva Agar, y la da por mujer a Abraham para que le dé hijos. Abraham, muy calladamente y sin objetar, accede ante la extraña incitación de Sara. Agar queda embarazada tal como Sara lo había planeado, pero en vez de mejorar, las cosas empeoran y comienza una cadena de desprecio entre Agar y Sara (Génesis 16:1-6).

¡Parece Telenovela!

Es increíble la cantidad de veces que como cristianos tomamos las promesas de Dios o el llamado de Dios en nuestra vida y, en vez de esperar en Dios, nos damos la tarea de hacer las cosas a “nuestra forma” y en “nuestro tiempo”, usando y manipulando gente para cumplir nuestro objetivo. El resultado desde luego no es lo que Dios había planeado y la cantidad de gente que sale lastimada es mayor que la gente que sale ministrada.

Como era de esperarse las cosas no mejoraron. El desprecio y la aflicción que había entre Sara y Agar, hizo que esta última huyera. Embarazada, sola y fugitiva, Agar se encuentra en un desierto junto a un pozo…el pozo al que usted y yo hemos venido a ver.

Es allí donde la historia cambia. Es allí donde la fugitiva es hallada. Es allí donde el desprecio se vuelve en reconocimiento y aceptación. Es allí donde Dios habla con Agar. Es allí donde el hijo que no fue prometido recibe una bendición tan generosa como la del hijo prometido. Es allí donde el corazón de la sierva es apaciguado por el simple hecho de que ella sabe con certeza que Dios verdaderamente ve su situación, aun cuando a nadie más le interese. Es por eso que Agar invoca el nombre de Dios diciendo: “Tu eres Dios que ve”. Es allí junto al pozo que Agar descubre una de las razones por las cuales podemos adorar a Dios en todo tiempo, aun cuando atravesamos el desierto y somos víctimas del olvido y del menosprecio: “Dios lo ve todo.”

Agar tuvo el privilegio de dar un nuevo nombre al pozo. Lo llamó el pozo “del Viviente-que-me-ve” (Génesis 16:13-14). Quizás usted tenga la bendición de estar rodeado de gente que lo anima, lo reconoce y celebra cada paso que usted da, así como mi familia lo hace con mi sobrina. O, a lo mejor, usted se siente olvidado, menospreciado o usado. De cualquier forma ¡tome animo! Vaya al pozo de Agar y adoré al Dios que lo ve todo.

“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.”(Hebreos 6:10).

Luigi Peñaranda

Autor: Luigi Peñaranda

es un profesor de Indiana Wesleyan University, donde especializa en los estudios bíblicos y los estudios de liderazgo. Nació y creció en Bogotá, Colombia, pero avanzó su educación por venir a los Estados Unidos donde obtuvo su doctorado (ABD) en el liderazgo organizacional. En adición a sus esfuerzos académicos, se ha dedicado al ministerio. Fundó una iglesia en Radford, VA y ha fungido como pastor asistente en varias iglesias.



No te lo pierdas

Recibe lo último en noticias, contenido, y más de Ayuda pastoral —¡inscríbete hoy!