Algunas revistas y periódicos populares tienen una sección titulada: Ricos y famosos. Allí se presentan célebres personajes de la farándula, los últimos chismes del ambiente artístico, las novedades, la moda, los logros, las adquisiciones más extravagantes, y un sinnúmero de trivialidades. ¡Ricos y famosos! Cuánto esfuerzo hacen algunos para lograr riqueza y popularidad, para que todo el mundo los reconozca, hable de ellos, los envidie, los imite, y los admire. ¿Se imagina usted si en las revistas y periódicos populares hubiera una sección: Pobres y famosos? ¿A quién le importaría? ¿Usted la leería?

Si en la época de Jesús hubiera habido fotógrafos y periodistas, seguramente hubieran estado muy ocupados siguiéndolo a todas partes y haciéndolo famoso con sus notas. Tal vez, algunos capítulos del evangelio de Marcos se podrían titular: Los pobres y famosos, aunque el único protagonista sería Jesús. La fama de Jesús crecía día a día en un tiempo en que no había medios masivos de comunicación. Todo el mundo hablaba de él, aún cuando Jesús les pedía a las personas que no le dijeran a nadie que él estaba allí o que había hecho un milagro. Las personas lo esperaban a la vuelta de la esquina. Lo espiaban para ver adónde iba. Lo esperaban a la ladera de los montes, a la vera del camino, a la orilla del mar, en el templo de Jerusalén, en las sinagogas, en las casas, y aun arriba de los árboles (como Zaqueo).

El hombre enfermo de lepra

Cuando el evangelista Mateo cuenta esta historia del hombre enfermo de lepra, la sitúa justo cuando Jesús termina su conocido sermón del monte. Mateo dice: “Cuando Jesús bajó de la ladera de la montaña… un hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de él” (Mateo 8:1-2).

Ninguno de los evangelistas da mayores detalles de este hombre. No sabemos su edad, si era casado, si tenía hijos, o si tenía otros familiares. Tampoco sabemos cuánto tiempo estaba afligido con esa afección en la piel. Lo que sí sabemos es que estaba enfermo, y que esa enfermedad seguramente lo limitaba en todos los aspectos de su vida. No podía trabajar, no podía estar con sus amigos ni con su familia. No podía congregarse con otros. Jesús aparece como su única esperanza. También se lo describe arrodillado, una actitud poco común hoy para solicitar algún favor. Podríamos decir que, literalmente, el pobre hombre está por el piso. No se anima a estar a la misma altura que Jesús. No se atreve ni puede. Habla y va directamente al punto. Sin preámbulos expresa lo que quiere, sin decirle a Jesús lo que le sucede. Supone que él ya sabe.

Pareciera que este encuentro del hombre enfermo de lepra con Jesús ocurre en forma acelerada. El enfermo es curado. En un abrir y cerrar de ojos toda su vida cambió en forma radical. ¡Está sano!, puede integrarse nuevamente a la sociedad, puede reunirse con sus amigos, puede trabajar, puede sostenerse por sí mismo sin tener que depender de la caridad de otros. En un minuto toda su perspectiva de vida cambió en forma milagrosa. Porque, bueno, fue un milagro de Dios lo que produjo semejante cambio. Ese milagro fue tan increíble que el hombre ya no escuchó más. El evangelista Marcos dice que Jesús le advirtió fuertemente que no dijera a nadie lo que había sucedido. Pero el hombre ya no escuchaba a Jesús, porque “salió y comenzó a hablar sin reserva, divulgando lo sucedido”. A la lista de cosas que sabemos de este hombre podemos agregar que era desobediente. ¡Qué pena! Qué lástima que se dejó llevar por su alegría instantánea y no pudo escuchar más a Jesús. Quizás pensaría que le estaría haciendo un favor a Jesús al hacerlo famoso en toda la región, pero el resultado no fue bueno para Jesús, porque ahora todos lo buscaban. Habían hecho a Jesús tan famoso que ahora él ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo. La alegría y desobediencia de este hombre le arruinó el plan a Jesús. El punto triste en esta historia es que el recién sanado se quedó sin la oportunidad de conocer a Jesús a fondo. Sólo conoció de él algo muy superficial. Aunque ser curado de la lepra le significó a este hombre un cambio grande en la vida, el alcance de ese cambio no fue ni espiritual ni eterno, las dos cosas más importantes de la vida.

Es muy descriptiva la actitud de Jesús en todo esto. Cuando ve a este hombre, con su cuerpo cargado de llagas, de rodillas, se mueve a compasión. ¡Qué hermosa descripción de Dios! Sabemos que muchas personas piensan que Dios es insensible, que lo acusan incluso de no hacer nada por impedir el dolor y el sufrimiento de los que están, literalmente, por el piso. Quizá usted también pensó eso alguna vez, o lo está pensando en este momento, porque Dios no está viendo su sufrimiento o no está haciendo nada para mejorarle su situación. Pero no importa tanto lo que pensamos con respecto a Dios, sino lo que aprendemos de él en esta historia. Dios es sensible a las necesidades de sus criaturas, extiende su mano para tocar, como tocó al leproso. Para hacernos una imagen más entendible, podemos pensar que Jesús abrazó a este hombre, así como él estaba, sucio, infectado, lastimado, contagioso.

Sí quiero

Las palabras de Jesús resaltan aún más su sensibilidad: “Sí quiero. Queda limpio.” Dios quiere, y Dios tiene poder. Y manifestó ese poder en forma inmediata. Marcos dice: “Al instante se le quitó la lepra y quedó sano.” Nosotros somos muy diferentes. Queremos muchas cosas, legítimas, significativas, para cambiar nuestras situaciones y las de otras personas que queremos, pero nos damos cuenta que no tenemos el poder. Ante algunas situaciones que nos dejan por el piso, queremos usar de poder para levantarnos y salir adelante, pero nos encontramos con nuestras limitaciones. Por más buena voluntad que tengamos, nos falta el poder. Seguramente usted sabe muy bien de qué estoy hablando. Seguramente ya experimentó la frustración de querer y no poder. Pero no es una mala situación, porque de esa manera experimentamos nuestras limitaciones y nuestra dependencia de Dios, el único todopoderoso.

Al final, esta historia de la curación del leproso tiene un final feliz parcial, o, podríamos decir un final con una mezcla de alegría y de frustración. Ahora, el que antes estaba aislado por su enfermedad infecciosa, está sano y libre para andar pública y abiertamente entre la gente. Jesús, que es libre y está sano, queda aislado, recluido a lugares solitarios. Hay cierta frustración en el plan de Dios de ir abiertamente por todas partes para proclamar su buena voluntad y su poder.

El evangelista Marcos registra estas palabras de Jesús justo antes de esta historia que estamos analizando: “Vámonos de aquí a otras aldeas cercanas donde también pueda predicar; para esto he venido. Así que recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios” (Marcos 1:38-39). Ése era el plan de Jesús: predicar por todas partes, abiertamente. La actitud desobediente del recién curado restringió el ministerio de Jesús.

Más importante que contar lo que le había sucedido, hubiera sido obedecer, y cerrar la boca. Tal vez así hubiera aprendido mucho más de Jesús. El ex leproso, al menos hasta ese momento, perdió la oportunidad de conocer a Jesús a fondo.

Culpas que nos aíslan

Hay un mensaje muy importante para nosotros aquí, que de una u otra forma, estamos infectados de culpas, de malas actitudes, de malas reacciones que nos aíslan y nos mantienen separados de los demás. Es que el pecado afectó profundamente nuestra vida, contaminando nuestros pensamientos, nuestras palabras, y nuestras acciones. Por nuestro pecado nos herimos a nosotros mismos y a los demás. El pecado nos mantiene alejados de Dios, y con nuestro espíritu por el piso. Pero Dios todavía está bajando. Está en la ladera de la montaña para encontrarse con nosotros, sensibilizarse ante nuestras situaciones, y abrazarnos, sin importarle como estamos, sin importarle nuestra suciedad mental y espiritual, nuestras emociones quebrantadas y afligidas.

Desde la cruz, Dios extendió sus brazos para abrazarnos, tocarnos, traernos sanidad. Nos perdonó todos los pecados para que podamos levantarnos y serle obedientes. Dios tiene aún mucho más que decirnos. Tiene muchas cosas importantes, espirituales y eternas, que quiere compartir con nosotros, a su tiempo.

La historia que sigue inmediatamente a ésta en el Evangelio de Marcos dice que Jesús estaba en una casa y unos hombres llevaron a un paralítico al que bajaron por un agujero hecho en el techo para que Jesús lo curara, y Jesús lo hizo. Esta historia sucedió al día siguiente de la curación del leproso. Aunque el ex leproso le había frustrado los planes a Jesús, Jesús no se desanimó, y siguió predicando, siguió sintiendo compasión, siguió obrando con poder, y siguió curando.

Aunque nuestra desobediencia puede frustrar los planes de Dios, él no se desanima. Dios sigue obrando. Dios no se desanima con usted. La desobediencia nuestra no desanima a Jesús, él sigue viniendo a nosotros, para abrazarnos así como estamos, y limpiarnos, y para hablarnos de las maravillas del Padre que tenemos en los cielos. Sigamos escuchando a Jesús. Él tiene todavía grandes cosas para decirnos. Él quiere permanecer más tiempo con nosotros, para cambiar nuestra desobediencia en obediencia, para que también otros puedan ser abiertamente bendecidos. Amén.

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Copyright © 2009 Héctor Hoppe

Autor: Héctor Hoppe

es graduado del Seminario Concordia de Buenos Aires (MDiv.) y del Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana (STM). En 2012 recibió el Doctorado en Divinidades-Honoris Causa, del Concordia Seminary en Saint Louis, Missouri.

Actualmente es director de Editorial Concordia, la división hispana de Concordia Publishing House. Es autor del libro: Jesús de Nazaret, mi Señor.

Está casado con Beatriz García con quien tiene tres hijos y seis nietos.



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