Pero el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz; llama a sus ovejas por nombre y las conduce afuera (Juan 10.2-3)

La analogía de Jesús como pastor de ovejas nos presenta con una interesante perspectiva sobre la relación que desea tener con su rebaño, la Iglesia. En el texto citado aquí, descubrimos un importante principio espiritual. En el verso 3 el Señor afirma que el pastor llama a sus ovejas por nombre y las «conduce afuera» (LBLA). El término que utiliza, en griego (exagō), es el mismo que se encuentra en Marcos 8.23 cuando Jesús sacó a un ciego fuera de la aldea para ministrarle. También se emplea en Marcos 15.20 cuando condujeron a Jesús afuera de la ciudad para crucificarle. Es una palabra que indica cierta firmeza en la acción realizada.

Esta actitud presenta un llamativo contraste con el proceder del pastor una vez que las ovejas han salido del redil, pues en ese momento él «va delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz» (Juan 10:4). La escena revela a un pastor que lleva la delantera, indicando a las ovejas el camino que deben tomar. Ellas no necesitan ser empujadas, ni obligadas, pues sus mismos instintos las llevan a seguir en pos de la persona en quien confían.

La diferencia que observamos nos obliga a pensar en la razón por la que dos estrategias diferentes son necesarias para conducir las ovejas. Una vez que la oveja ha entrado en el redil su tendencia natural, dónde se siente segura y protegida, su tendencia natural es a quedarse en ese lugar. Aún cuando el portón pueda estar abierto, la oveja instintivamente permanece en el lugar dónde más segura se siente. No obstante, si permanece allí dentro no puede recibir el alimento y el agua que necesita para sobrevivir. El pastor debe obligar a las ovejas a salir para poder darles el cuidado que necesitan.

Esta tendencia es también natural en los hombres. Cuando encontramos un lugar donde nos sentimos seguros tendemos a echar raíces allí. Es posible que, con el tiempo, el beneficio que encontramos en ese lugar desaparezca. No obstante, los temores normales frente a lo desconocido nos llevan a aferrarnos a lo que poseemos, aún cuando no sea muy bueno.  No en vano existe el dicho: «más vale malo conocido que bueno por conocer».

No tengo duda de que el Señor empleó esta misma estrategia con los Israelitas que vivían en esclavitud en Egipto. La promesa de una tierra que «fluía leche y miel» no era suficientemente fuerte o atractiva para movilizar a un pueblo que se había acostumbrado a una vida de penurias. Por esta razón el Señor permitió, cuando Moisés inició su misión de dialogar con Faraón, que la carga de los Israelitas se tornará insoportable.

En mi labor pastoral he observado la misma tendencia al trabajar con matrimonios cuya relación muestra importantes señales de deterioro. A pesar de que ambos integrantes están insatisfechos con la situación, un extraño letargo espiritual les lleva a descartar cualquier propuesta de una relación diferente a la que poseen. Vencer la inercia que los tiene atrapados es, muchas veces, la batalla más importante para conducirlos hacia el lugar donde puedan experimentar la plenitud del proyecto de Dios.

El ejemplo de Jesús pastor nos advierte, sin embargo, que el tono más insistente  necesario para sacar a las ovejas del redil no es apropiado una vez que ellas se encuentran afuera. Si bien existen momentos en que debemos emplear cierta firmeza en el ministerio, el buen pastor sabe que la mayoría del tiempo no puede obligar; más bien, invita a las ovejas mediante su propio ejemplo. Señala el camino transitando primeramente él por ese sendero. La forma en que actúa es lo que más inspira a las ovejas a mantenerse cerca de él.



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