Ha habido muchos intentos, en una plétora de biografías, de explicar el éxito de Spurgeon, y muchos de los biógrafos han enfocado su atención a una sola frase que expresó el propio Spurgeon a ciertos visitantes de los Estados Unidos que le visitaron en el Tabernáculo Metropolitano, en el sentido de que su éxito se debía  a que “mi iglesia ora por mí”. Sin embargo, gran parte del éxito de Spurgeon se ha debido a que estaba saturado de la Biblia. “Pínchale donde quieras y sangra la Biblia”. Para beneficio de nuestros lectores que no conocen la vida y el ministerio de Charles Haddon Spurgeon, presentaremos en las siguientes entregas algunos bosquejos sobre ‘el hombre del Libro’ que estarán orientados a hablar sobre Spurgeon y la predicación a partir de la Biblia, la predicación acerca de la Biblia, y los comentarios sobre la Biblia. Finalmente concluiremos con ‘el hombre del Libro’. Hoy comenzamos desde el principio cuando Dios comenzó a moldear al vendría a ser llamado el Príncipe de los predicadores.

El niño precoz

Hemos de recordar que fue en la casa pastoral de Stambourne donde Spurgeon descubrió uno de sus mayores tesoros: El Progreso del Peregrino de John Bunyan. Aun siendo un niño muy pequeñito, a la edad que muchos otros niños se esforzaban por deletrear palabras de una sola sílaba, él ya leía con fluidez. A esa corta edad, acostado en el suelo frente a la chimenea, leía a la luz de una débil vela. De esta experiencia surgieron muchas ideas para su famosa conferencia Sermones sobre velas. En aquellos días, los volúmenes de los puritanos que leía eran demasiado pesados para poder cargarlos. Al contemplar los grotescos grabados que describían la caminata de Cristiano, comenzó a sentir la carga que veía en la espalda del Peregrino, hasta que se libró de ese peso. Charles dijo: “quería saltar de gozo, cuando después de llevar su peso durante tanto tiempo, finalmente se libró de él.” Durante los años que pasó con sus abuelos, también leyó con sumo interés, a esa tierna edad, El Libro de los Mártires de Fox. Devoró también Robinson Crusoe de Daniel Defoe, un libro puritano que pocos entendieron. Se convirtió en un ratón de biblioteca, estudiando las pesadas obras de los puritanos. Definitivamente era un niño precoz, al menos en lo relativo a la lectura. Spurgeon comentaba: “cuando era sólo un niño, yo podía discutir enredados problemas de teología controversial.”

Muy probablemente Spurgeon aprendió muchas cosas acerca de la predicación viendo a su abuelo cuando preparaba los sermones. El abuelo siempre preparaba los sermones que predicaría el domingo sentado en la sala. Charles lo acompañaba invariablemente en esa habitación. El abuelo tenía el propósito de mantenerlo muy quieto allí. Pero, ¿cómo podrían mantenerlo tranquilo? James pensó haber encontrado una solución razonable. Lo ponía a leer una vieja copia de La Revista Evangélica. Sin embargo, esta actividad no tenía ningún efecto sedativo para Spurgeon. Incluso la inevitable foto de un misionero en algún remoto lugar, no atraía su atención. Entonces el abuelo encontró una forma efectiva de tranquilizar al niño. El abuelo le advirtió que no podría predicar bien si no podía preparar el sermón por causa del desasosiego del niño. ¡Funcionó! Funcionó porque el niño comenzó a preguntarse qué le pasaría a la gente que no conociera el camino al cielo. “Esto me obligó a regresar a leer la revista y ver la foto del misionero en tierras lejanas,” afirmó más tarde.

A Spurgeon le agradaba que le permitieran leer la Biblia cuando la familia se reunía para la oración. Gozaba plenamente esas horas. En una ocasión, mientras leía un pasaje de la Escritura del Libro de Apocalipsis que se refería al “pozo del abismo,” (Apocalipsis, capítulo 9), volteó a ver a su abuelo y le preguntó qué significaba eso. James no prestó atención a su pregunta, y le respondió: “vamos, vamos, niño, continúa.” Charles no iba a dejar que se le disuadiera con tanta ligereza. Cada día, cuando llegaba el momento de leer la Escritura, iba al mismo capítulo, Apocalipsis 9, y leía el mismo versículo que hacía mención del “pozo del abismo.” Y al leerlo hacía la misma pregunta: “¿qué significa eso? Pero el abuelo continuaba haciendo a un lado la pregunta. Charles trató de encontrar respuestas en su pequeña mente acerca de qué le pasaría a la gente que caía en un pozo que no tenía fondo. ¿Qué pasaría cuando llegaran al otro extremo del pozo? Continuamente hacía la misma pregunta a la hora de la adoración familiar. Finalmente el abuelo cedió, se rindió y respondió la pregunta de una manera que aterrorizó a Charles. El propio Charles comentó posteriormente: “Puedo recordar el horror que se apoderó de mi mente cuando mi abuelo me comentó lo que significaba para él, el ‘pozo del abismo.’ Hay un pozo profundo, y el alma cae y cae. ¡Oh, cuán rápidamente está cayendo! El último rayo de luz en la boca del pozo ha desaparecido, y el alma cae, y cae, y cae y cae. Y continúa cayendo más y más y más y más, por mil años. ¿Acaso ya se está acercando al fondo? ¿Va a detenerse algún día? No, no, no, el clamor responde: es un ‘pozo del abismo.’ Ya ha estado cayendo un millón de años. ¿Acaso está cerca del fondo? No, para nada. Es el ‘pozo del abismo.’ Se cae, y se cae, y se cae y el alma continúa cayendo perpetuamente a una profundidad cada vez mayor, cayendo eternamente en el ‘pozo del abismo’, siempre, siempre, siempre, pues es el pozo que no tiene fondo. Es una aflicción sin término, sin esperanza de que concluya alguna vez.”

Estas fueron algunas de las impresiones que Dios utilizara para comenzar a moldear el corazón de Charles tocante la seriedad de las realidades eternas que lo prepararían para la predicación del evangelio.

En aproximadamente un mes continuaremos con el siguiente episodio de la biografía del Príncipe de los predicadores.

Allan Román

Autor: Allan Román

Tiene un Certificado de Teología de Spurgeon’s College, Londres y traduce: www.spurgeon.com.mx



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