“Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos: Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10).

“Yo quiero tocar en el grupo de alabanza” – me dijo una persona que supo que yo estaba encargado de dirigir el grupo de música de una iglesia.

“Pero yo quiero que me pongan en la plataforma” –agregó enfáticamente.

Es estupendo cuando las personas quieren usar sus dones y desean involucrarse en la iglesia local para servir. Lo curioso es que de vez en cuando queremos servir con la motivación incorrecta. A veces queremos servir pero bajo las condiciones que nosotros ponemos. En ocasiones buscamos plataformas, es decir lugares en donde nuestras habilidades puedan ser notadas y admiradas por otros. Cuando nuestras autoridades no acceden a nuestras demandas, menospreciamos su liderazgo por no incluirnos o por no hacer las cosas de la forma como nosotros las haríamos. Nuestro servicio se vuelve condicional y malintencionado.

El salmo 84 es una hermosa canción que nos recuerda acerca del privilegio de servir a Dios sin importar en dónde nos coloque. El versículo 10 se ha dado a conocer gracias a intérpretes de música cristiana contemporánea como Danilo Montero y Matt Redman. Algunas personas equivocadamente usan esta escritura con la idea de que es mejor estar en la iglesia (“la casa de Dios”) el domingo en la mañana que en cualquier otro lado, pero el salmo conlleva una idea mucho más profunda.

Lo primero que debemos notar es que este salmo fue escrito para los hijos de Coré, es más, muy probablemente fue compuesto por los hijos de Coré (Salmo 84:1). Coré era el biznieto de Leví (Éxodo 6:16-21, 1 Crónicas 6:16-22) y su familia, los coreítas, ministraban en el servicio del tabernáculo pero, aunque eran levitas, no eran sacerdotes. De hecho 1 Crónicas 9 nos informa que los coreítas eran porteros o guardas de las puertas del tabernáculo.

Durante el trayecto por el desierto hacía la tierra prometida, Coré, junto con Datán y Abiram, se amotinaron en contra del liderazgo de Aarón y Moisés. En su ansiedad por tener cargos más importantes o más visibles delante del pueblo (ósea, buscando plataforma), Coré y sus compinches reunieron a 250 hombres de muy buena reputación delante de la congregación, y desafiaron así el liderazgo establecido (Números 16).

Moisés cuestiona las intenciones de Coré diciendo:

“¿Os parece poca cosa que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, para acercaros a sí para que ministraseis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estuvieseis delante de la congregación para ministrarles, e hizo que te acercaras a Él, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo? ¿Y procuráis también el sacerdocio? (Números 16:9-10).

Es obvio que Coré menospreció el valor del servicio que su familia estaba prestando en el tabernáculo. Él quería una plataforma de ganancia personal. Él quería tener funciones sacerdotales así que formó la “unión de celadores y porteros del tabernáculo” para desmantelar el liderazgo establecido. Seguramente hasta amenazó con abrir su propio ministerio con los 250 “hermanitos” más influyentes de la congregación.

Moisés ordenó a Coré y a sus compañeros que se presentaran al día siguiente cada uno con un incensario quemando incienso.  Dios dio orden que la congregación se apartara de las tiendas de Coré y de sus compañeros. De repente la tierra se abrió y se los tragó junto con sus tiendas y posesiones, y “descendieron vivos al abismo” (Números 16:32-33). Fuego consumió a los 250 hombres que quemaban incienso. Los incensarios de aquellos hombres fueron fundidos y convertidos en una plancha para cubrir el altar, con el fin de recordar a la congregación que nadie que no sea descendiente de Aarón (sacerdote) puede ofrecer incienso a Dios.

Curiosamente la escritura menciona que los hijos de Coré no murieron (Números 26:11). Cuando el rey David y Samuel el vidente restablecieron los cargos de la obra del ministerio como preparación al servicio que debían ejecutar en el templo que Salomón iba a construir, los coreítas fueron reasignados a sus labores de porteros.

He aquí la belleza del Salmo 84:10. “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos: Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad”. Los coreítas aprendieron una gran lección en cuanto a servir a Dios. Dios les asignó una tarea para glorificarlo a Él aun cuando tal labor no pareciese ser tan glamorosa como la de los sacerdotes. La historia de su padre, Coré, les enseñó que servir a Dios no deja espacio para servirse a uno mismo ni para buscar plataformas de “auto-exaltación”. El que sirve en el ministerio por ganancia personal, no sirve a Dios. En ese sentido es mejor ser el portero del estacionamiento de la iglesia que no puede entrar al servicio del domingo por andar cuidando carros pero que lo hace como para Dios, que el que anda buscando ministerio y plataforma para engrandecerse a sí mismo.

Luigi Peñaranda

Autor: Luigi Peñaranda

es un profesor de Indiana Wesleyan University, donde especializa en los estudios bíblicos y los estudios de liderazgo. Nació y creció en Bogotá, Colombia, pero avanzó su educación por venir a los Estados Unidos donde obtuvo su doctorado (ABD) en el liderazgo organizacional. En adición a sus esfuerzos académicos, se ha dedicado al ministerio. Fundó una iglesia en Radford, VA y ha fungido como pastor asistente en varias iglesias.



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