Para vivir en el presente debemos creer profundamente que lo más importante es el aquí y el ahora. Continuamente estamos distraídos por cosas que han ocurrido en el pasado o que han de ocurrir en el futuro. No es fácil permanecer atentos al presente. Nuestra mente es difícil de dominar y sigue siempre sacándonos fuera del momento presente.

La oración es la disciplina del momento. Cuando oramos entramos en la presencia de Dios, cuyo nombre es ‘Dios-con-nosotros’. Orar es escuchar atentamente a quien se dirige a nosotros aquí y ahora. Cuando tenemos la valentía de confiar en que no estamos nunca solos, sino que Dios está siempre con nosotros, se ocupa de nosotros y continuamente nos está hablando, entonces podemos ir desprendiéndonos gradualmente de las voces que nos hacen sentirnos culpables y ansiosos, impidiendo que nos instalemos en el momento presente. Se trata de un verdadero desafío, porque la confianza radical en Dios no es algo evidente. La mayor parte de nosotros piensa en Dios como una autoridad temible, que castiga, o bien como algo vacío y sin poder. El mensaje fundamental de Jesús fue que Dios no es ni un débil impotente ni un poderoso patrón, sino un amante, cuyo único deseo es darnos lo que más desea nuestro corazón.

Orar es escuchar esta voz amorosa. Esto es en definitiva lo que significa “obedecer”. La palabra “obediencia” viene del latín “ob-audire”, que quiere decir: escuchar con atención. Si no escuchamos, nos hacemos “sordos” a la voz del amor. La palabra latina para decir “sordo” es “surdus”. Ser completamente sordo es ser “absurdus”, sí, absurdo. Cuando dejamos de rezar, cuando dejamos de oír la voz amorosa que nos habla en cada momento, nuestras vidas se convierten en vidas absurdas en las que somos arrastrados y zarandeados por el pasado y el futuro.

Bastaría que pudiéramos, aunque sólo fuera durante unos minutos al día, estar enteramente donde estamos, para que descubriéramos de hecho que no estamos solos y que el que está con nosotros sólo quiere una cosa: darnos amor.
Escuchar la voz del amor exige que dirijamos nuestras mentes y nuestros corazones hacia esta voz con toda nuestra atención. ¿Cómo podemos hacerlo? La manera más eficaz de hacerlo –al menos en mi experiencia- es coger una oración sencilla, una frase o una palabra, e ir repitiéndola despacio.

Podemos usar la oración del Señor, la oración de Jesús, el nombre de Jesús, o cualquier palabra que nos recuerde el amor de Dios y lo coloque en el centro de nuestra morada interior, como una lámpara en medio de una habitación oscura.

Evidentemente, nos distraeremos continuamente. Pensaremos en lo que pasó ayer o en lo que va a ocurrir mañana. Tendremos largas conversaciones imaginarias con nuestros amigos o enemigos. Haremos planes para el día siguiente. Prepararemos la próxima charla u organizaremos la próxima reunión. Sin embargo, mientras mantengamos la lámpara encendida en nuestro interior, podemos volver a esta luz y ver claramente la presencia de quien nos ofrece lo que más deseamos.

No siempre es una experiencia satisfactoria. Con frecuencia estamos tan agitados y somos tan incapaces de encontrar tranquilidad interior que estamos impacientes por ocuparnos de nuevo en algo, evitando así enfrentarnos con el caótico estado de nuestra mente y nuestro corazón.

Pero si somos fieles a nuestra disciplina, aunque sólo sea durante diez minutos al día, iremos descubriendo gradualmente –gracias a la luz de la lámpara de nuestras oraciones- que hay un espacio dentro de nosotros en el que habita Dios y en el que estamos invitados a vivir con Dios. Cuando descubrimos este lugar interior y santo, lugar más bello y hermoso que cualquier otro por el que podamos viajar, queremos quedarnos allí y alimentarnos espiritualmente.

Reproducido: (Henri J.M. Nouwen. 1995.  “Aquí y ahora”. Viviendo en el Espíritu. Ed. San Pablo: Madrid. pp. 13-15).

Osías Segura

Autor: Osías Segura

Profesor adjunto en Fuller Theological Seminary



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