¿Le gustaría saber cómo confundir a Dios? Muy fácil, reemplace a Israel y Judá por su país y aplíquelo al presente. Si los cristianos en cada país hacemos lo mismo, terminaremos confundiendo a Dios, especialmente si tenemos conflictos con los vecinos. Veamos cómo una situación antigua (2R 18–20; 2Cr29–32; Is 36–39) se puede relacionar con el presente y producir un Deus Confusus.

En el año 701 antes de Cristo, el pequeño reino de Judá, siendo gobernado por Ezequías, enfrentó una crisis de grandes proporciones. El poderoso e implacable imperio asirio no lograba saciar su hambre expansionista. Le toca el turno a Judá; Senaquerib, rey Asiria, le toca la puerta a Judá y dice por boca de su arrogante emisario tres cosas en tono de burla, en un lugar público para que todos escuchen: 1) ninguno de los dioses de los pueblos que hemos avasallado ha sido capaz de salvar a nadie; ¿Qué te hace pensar que el dios tuyo o una alianza con estos pueblos te salvará? 2) me río de Egipto; sé de tus conversaciones con ellos y 3) si te traigo dos mil caballos, ¿tendrás jinetes para montarlos? De modo pues, mi amigo Ezequías, no confíes en palabras de aire; sométete, págame el tributo y ahorrémonos esta guerra. La cronología de los eventos de esta historia es compleja, pero se puede ver con claridad que la situación es absolutamente crítica.[1]

Ante palabras y hechos tan serios, Ezequías hace una oración modelo, cuyos componentes bien vale la pena mencionar: 1) Reconocimiento de Dios como creador y Señor; 2) reconocimiento de la amenaza; 3) al cierre, una petición (Is 37:16–20). Dios escuchó y despachó a los asirios.

Ahora pasemos a historia actual. Supongamos que yo soy colombiano y me gusta ver los noticieros de televisión. Supongamos que escucho al presidente expansionista de un país vecino pronunciar discursos arrogantes con insultos y ataques contra el presidente de mi país. Supongamos que ese presidente de prospecto vitalicio ya domina a otros países alrededor. Supongamos que le pone a mi país un estado de sitio económico. Supongamos que se prepara para la guerra, compra aviones de fabricación rusa y procura armas nucleares. Ante todas estas suposiciones, un buen día yo leo en la Biblia la historia de Ezequías. ¿Cuál será mi tentación como devoto creyente de la Biblia? Haré un mutatis mutandis hermenéutico de la siguiente manera: Ezequías es el presidente de Colombia; Colombia es Judá; Venezuela es Asiria; y yo soy Isaías. Oraré para que el vecino sea destruido y seguiré viendo los noticieros esperando el cumplimiento de las palabras de la Biblia, las cuales indefectiblemente se cumplen. Esta será mi honesta aplicación de la Biblia.

Supongamos ahora que yo soy venezolano y me gusta ver los noticieros de televisión. Supongamos que un imperio del norte ostenta las fuerzas armadas más poderosas del mundo entero. Supongamos que tiene o usa bases militares en un país de al lado, cuyo presidente también tiene prospecto vitalicio. Supongamos que ese imperio del norte tiene en su haber una historia de invasiones a países cercanos y lejanos, de haber puesto, depuesto o extraído presidentes en el vecindario, y de haber anulado, estrangulado y socorrido a otros económicamente. Ante todo esto, que son puras suposiciones, un buen día yo leo en la Biblia la historia de Ezequías que acabamos de relatar, ¿Cuál será mi tentación como devoto creyente de la Biblia? Haré un mutatis mutandis hermenéutico de la siguiente manera: Ezequías es el presidente de Venezuela; Venezuela es Judá; Estados Unidos es Asiria; y yo soy Isaías. Oraré para que el imperio y mi vecino sean destruidos y seguiré viendo los noticieros esperando el cumplimiento de las palabras de la Biblia, las cuales indefectiblemente se cumplen. Esta será mi honesta aplicación de la Biblia.

Supongamos ahora que yo soy ecuatoriano… de Estados Unidos… de Honduras… de Cuba… de Irán… de Afganistán… un buen día yo leo en la Biblia la historia de Ezequías…

Cualquier observador de este circo dirá, “Con que ustedes son los que tienen a Dios confundido.” Con creyentes que así interpretan y aplican la Biblia, terminaríamos con un Deus confusus. La devoción es buena, pero mal orientada es peligrosa. El mal camino de esta devoción es que no está regida por toda la Biblia, sino por el nacionalismo perverso que utiliza pedacitos de la Biblia a su acomodo. La fe revuelta con nacionalismo produce un Dios confundido una vez que salimos de las fronteras de nuestro país. Es cierto que uno se preocupa cuando alguien al orar por la comida se sale de las fronteras del país. El hambre produce impaciencia y la comida se enfría. Pero si la oración cristiana no cruza ríos, montañas y mares, nos retrocede milenios en la teología.

Pero antes de empacar maletas, quedémonos con Ezequías otro ratico. Ezequías recibió mensajeros del babilonio Merodac Baladán disfrazados de compasión por los enfermos. Ese nombre por sí solo suena a algo malo: “Merodea la Maldad;” pero no está solo. En la geopolítica existen los azuzadores. Un país azuza a otro contra un tercero. Egipto instiga a un babilonio para acabar con Asiria, para poner fin a la opresión del imperio. Eso, aunque suena a música en oídos de pobres y oprimidos, termina en una rotación del poder, la riqueza y la pobreza. Sólo cambian de manos.

Ezequías comete un error: le mostró todo al babilonio; pero después resultó siendo él el bobilonio, porque los babilonios le quitaron a Judá lo poco que los asirios habían dejado un siglo después. ¿A quién se le ocurre mostrar las riquezas y el potencial económico de su país sabiendo que otros están alrededor como cocodrilo de Babilonia al acecho? ¡Hombre, no hay que dejar salir las babas tan rápido ni en tales cantidades! Pero así hubo, hay y habrá gobernantes. Mostrar para demostrar que uno no es menos puede resultar fatal. Para colmo, Ezequías se contenta porque las consecuencias de su falta no las sufrirá él, sino sus hijos. Qué extraña manera de consolarse.

Pero no todo fue malo. Ezequías también es famoso por el túnel que construyó para llevar agua a Jerusalén en caso de un estado de sitio (Isa 22:9–11; 2R 20:20; 2 Cr 32:30). Ese túnel, de 400 metros de largo, es hoy un gran hallazgo arqueológico porque hasta se localizó “la placa” (una inscripción) de inauguración del túnel, con el nombre de Ezequías. Todo un descubrimiento.[2]

Esto que acabamos de hacer (los cuentos de Ezequías) en literatura se llama digresión, que la Real Academia de la Lengua Española define como: “Efecto de romper el hilo del discurso y de hablar en él de cosas que no tengan conexión o íntimo enlace con aquello de que se está tratando.” Les faltó decir: “cuyas cosas el autor, y sólo él, piensa que son interesantísimas.”

Nuestro tema es la oración de Ezequías en un momento de seria amenaza. De esa oración nos interesa su teología. Esa oración registrada en Isaías 37 no está nada mal. En un momento de la revelación bíblica cuando la existencia de Israel como nación, y su templo son símbolos de la presencia de Dios, no resulta anormal pedir que el ejército asirio sea derrotado. Pero desde una perspectiva cristiana habría serios problemas para hacer esa oración hoy tal y como está.

Si la hiciéramos, no terminaríamos con un Dios confundido, sino con un dios tribal; como el de Europa en guerra: un pueblo clama a Dios en contra de otro pueblo que le clama al mismo Dios. Es decir, los europeos siguieron orando como Ezequías, como los judíos del tiempo de Jesús; y como si Cristo no hubiera venido, muerto y resucitado. Esa mezcla fue criticada por teólogos europeos como Karl Barth, Dietrich Bonhöffer y Jacques Ellul. Los europeos parece que aprendieron ya su lección después de las atrocidades de dos guerras devastadoras en menos de cincuenta años el siglo pasado. Claro, los europeos de hoy poco oran; están plagados de ateísmo y agnosticismo.

A los discípulos de Jesús, todos judíos, les costó dejar de lado su nacionalismo. A nosotros no nos resulta menos difícil, pero necesitamos aprender a orar como cristianos multinacionales. Los confundidos somos nosotros por causa del nacionalismo tribal. Continuará…

El símbolo del cristianismo no es la bandera de Israel ni la Menorah; es la cruz. En el Nuevo Testamento, una de las pruebas más importantes de que los discípulos de Jesús han entendido el evangelio y se han convertido de verdad es que, ante la persecución, su oración nada tiene que ver con Sión, ni con la defensa del templo. Es decir, al cristiano no le queda ni regular reemplazar estos pelos teológicos ya caídos con pelucas y peluquines nacionalistas, bíblicamente mohosos.

El cristiano puede querer su nación y sentirse orgulloso de ella, dentro de los límites sanos. Lo que no puede hacer a partir de Jesús, a menos que sufra de esquizofrenia teológica, es mezclar fe cristiana con nacionalismo, como muchos cristianos en la historia tristemente han hecho. El cristianismo que oramos, creemos y vivimos debe ser reconocido por Cristo.

Por lo tanto, pretender perpetuar la historia y la teología bíblicas indiscriminadamente y sin diferenciar entre un antes y un después de Cristo es peor que simplemente negar la progresión de la revelación en la historia; es negar a Cristo. Dios no cambia, pero Cristo sí cambia las cosas de forma radical. Trabajo que le costó a Jesús y al Espíritu hacerle entender estas cosas a los judíos, como para que vengamos nosotros ahora a deshacerlas por defender gobernantes actuales. ¡No faltaba más!

La oración de los cristianos perseguidos después de la ascensión del Señor (Hechos 4:23–31) es muy parecida a la oración del rey Ezequías: 1) reconocimiento de Dios como creador; 2) afirmación de su soberanía en la historia y sobre la tierra; 3) reconocimiento de las amenazas; y 4) una petición. Pero al notar la fórmula de esta oración, no debemos perder de vista la teología que formula la oración. La oración es el acto de la fe, que como ningún otro, de-muestra la esencia de la teología del orante, tanto la que se verbaliza como la que se hace en el pensamiento.

La petición tiene dos partes: que Dios mire las amenazas y que el nombre de Dios sea conocido por medio de la continuación de la misión de la iglesia. El elemento nacionalista territorial violento está completamente ausente. Esto fue lo que significó para ellos morir a sí mismos y resucitar para Cristo. ¿Qué les ha ocurrido? La clave está en un Salmo, dos evangelios y una epístola.

Sión y su templo son, desde la monarquía, símbolos de la presencia de Dios en Israel y de su cuidado. Por eso el Salmo 48 dice: si quiere “ver” a Dios, mire al templo en Sión, su belleza, sus muros, su majestuosidad. Era prácticamente impensable la fe sin Jerusalén.
En una ocasión (Mt 24:1–2; Lc 21:5–6), al salir Jesús del templo, los discípulos se le acercan y lo invitan a contemplar la belleza del templo, como si acabaran de leer el Salmo 48. Sus comentarios son perfectamente normales y apropiados dentro de la cosmovisión y teología de un judío del siglo primero. Pero la respuesta de Jesús es desconcertante: “todo esto será destruido; quedará arrasado.” Esto no es una mera crítica; Jesús con estas palabras les ha incendiado la bandera nacional, pues junto con la Ley de Moisés y algunos ritos, el templo es el símbolo más importante de la fe judía.

En la Epístola a los Hebreos la invitación es a “mirar a Jesús”, no el templo; no a acercarse al monte Sión, sino a “la Jerusalén celestial”, a millares de ángeles, a una asamblea gozosa, a la iglesia, a Dios, a Jesús, el mediador de un nuevo pacto (Heb 12:2, 22–24). Todo ese vocabulario del AT se remite a Jesús y a su iglesia. Allí es donde hay que acercarse y allí es donde hay que mirar.

La oración de los cristianos no implica que Dios deje de juzgar la maldad o que los estados pierdan el derecho a defender su territorio o a ejercer autoridad internamente. El tema es que 1) el reino de Dios no se establece por medios violentos; y 2) hoy no hay un país equivalente al Israel del Antiguo Testamento. Si no lo reclamaron Jesús ni los apóstoles para la provincia de Judá en su época, cuánto menos hoy. Lo que se oraba en otro tiempo para Israel se ora hoy para la iglesia. Eso es lo que hace el Nuevo Testamento. Las naciones siguen siendo parte del plan de Dios, pero todas por igual. Así, la oración de los discípulos en Hechos 4 es un gran monumento a la teología cristiana donde se muestra con absoluta claridad la esencia del evangelio después de Jesucristo y según Jesucristo.

©2009Milton Acosta

[1] El profeta Isaías parece confirmar la tentación que tiene Ezequías de confiar en las alianzas militares con el otro imperio que podría hacerle frente a Asiria o a Babilonia, Egipto: “Ay de los que confían en ejércitos, carros y caballos y
no en Dios” (Is 31).

[2] Más detalles en William M. Schniedewind, How the Bible Became a Book (New York: Cambridge, 2004), 72–77.

Milton Acosta

Autor: Milton Acosta

Profesor de Antiguo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia (www.unisbc.edu.co); Editor de Antiguo Testamento para el Comentario Bíblico Contemporáneo; M.A. Wheaton College Graduate School– Ph.D. Trinity Evangelical Divinity School (Antiguo Testamento).



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