Dicen los filósofos que una de las preguntas más importantes es “¿Porqué existe algo en vez de nada?” Todo lo que nos rodea parece ser transitorio. Todo tiene un origen, y aunque no podemos en todos casos comprobar ese origen (por ejemplo, ¿de dónde vino la luna?) de todos modos parecen haber surgido por medio de un proceso. La palabra filosófica es que todo es “contingente”.

Hubo una época, primordialmente en el siglo 18, en que los científicos estaban seguros de que el universo era eterno. Siempre había existido y siempre iba a existir. Esto quizás nos ayudaría un poco con el problema de existencia, pues si no podríamos determinar el porqué de las cosas que nos rodean y de nosotros mismos, por lo menos podríamos afirmar que la razón general es que cosas existen porque el universo siempre ha existido. El problema es que hemos encontrado a través del siglo 20 que el universo no parece ser eterno. Una de las pruebas es que si el universo fuera eterno, el cielo nocturno no sería oscuro. ¿Por qué? Pues porque una cantidad infinita de luz ya hubiera inundado el espacio desde hace siempre. Un universo eterno estaría lleno de luz. Pero el nuestro no lo está.

Durante el siglo 20 crece nuestro conocimiento y la sofisticación de nuestros instrumentos y encontramos otras pruebas de la “contingencia” del universo. Hoy día la mayoría de los científicos afirman la realidad del “Big Bang”. Es la idea de que le universo originó en un momento específico en una gran explosión, en la cual nosotros todavía estamos revolcando.

Algunos cristianos han resistido la idea del Big Bang, y yo nunca entiendo porqué. Un hermano declara en el sitio de su iglesia que no cree en el Big Bang, porque Dios no explota las cosas. No sé de dónde sale eso. Un científico llamado Robert Jastrow describió el descubrimiento del Big Bang con esta parábola: Los científicos por años han estado escalando el monte del conocimiento sólo para encontrar que, al llegar a la cumbre, un grupo de teólogos ya estaba congregado allí hace rato. De paso, gracias Don Jastrow, pues es exactamente lo que nos gusta oír a nosotros los teólogos. Claro, los teólogos ya habían dicho que el universo tiene un origen, descrito en las primeras palabras de la Biblia; un principio en el cual Dios creó los cielos y la tierra. ¿Todo bien, entonces? La Biblia lo ha proclamado y la ciencia lo ha comprobado: Dios creó el universo. Y es más, también existe. Amén.

Luego un chiquito acostado en su cama ya listo para dormir pregunta:

“Papi, ¿de dónde vino el mundo, las estrellas y todo el universo?”

Uy, esa es fácil, piensa el papi.

“Pues Dios lo ha creado todo, chiquito mío.”

Pasa un momento de silencio en el cual el niño parce haberse dormido, sus inquietudes consoladas por la sabiduría de su padre. Pero no. Sale con,

“Y papi… ¿De dónde vino Dios?”

El famoso filósofo ateo Bertrand Russell usó precisamente este argumento. Cuando era joven, dijo, estaba satisfecho con la idea de que el universo vino de Dios. Pero al estudiar más y a pensar más acerca del problema llegó a la conclusión de que esto no vale, pues ¿De dónde vino Dios? Entonces, dice Russell, es obvio que usar el origen del universo como prueba de la existencia de Dios no es filosóficamente factible. Solo estamos reemplazando una cosa sin principio con otra cosa sin principio. No importa cuántos universos propongamos (el universo vino de otro universo que vino de otro universo…) o cuántos dioses (el universo vino de un dios, que vino de otro dios, que vino de otro dios…) siempre nos quedamos con ¿Pero de dónde vino el primero?

Lo que me lleva a otro problema filosófico, que es el siguiente: “para que algo exista, algo tiene que haber existido para siempre.” ¿Por qué es un problema esto? Pues porque tiene sentido pero parece implicar que nada existe. Nada puede comenzar a existir sin la intervención de algo que ya existe. Nada puede crearse a sí mismo. Entonces, lógicamente no puede haber nunca una primera cosa. Solo puede haber una segunda o tercera cosa, pero nunca una primera cosa. Nada puede crearse a sí mismo. Algo no puede surgir de nada. Todo es contingente. Entonces tiene que haber algo que no tiene principio, algo que siempre ha existido. ¡Pero esto tampoco tiene sentido!

¡Qué misterio es esta vida en la que nos encontramos! Todo esto que nos rodea; todas las cosas que dan sentido a nuestras vidas; todo lo que tomamos como totalmente normal y obvio – No tenemos la más mínima idea de cómo vino a existir. No hay nada en nuestra experiencia que pueda explicar nuestros orígenes.

Mi intención aquí no es probar que Dios existe, sino meditar en el misterio de su existencia y la nuestra. Pero es obvio que el cristianismo tiene una respuesta para Russell y para nuestro chiquitito. Mira profesor Russell: Si niegas la existencia de algo eterno estás negando la existencia de todo, pero esa posición es auto refutadora porque después de todo, aquí estamos. Entonces no nos queda otra opción que afirmar que hay algo que siempre ha existido. O, algo existe que es completamente ajeno a nosotros y literalmente incomprensible para el ser humano. Ese “algo”, creemos los cristianos, es Dios, revelado el la persona de Jesucristo.

Pero no caigamos en la trampa de siempre tener que probar la existencia de Dios. Siempre queremos respuestas y soluciones y las queremos tanto que no paramos a entender bien las preguntas. Nuestras preguntas son demasiado ligeras y por eso pequeñas y el dios que las contesta es también pequeño.

A veces basta contemplar el misterio, sentir el peso de las preguntas, y desde nuestra perspectiva tan disminuida e insignificante considerar al que es, que fue y ha de venir y…

ADORAR.

Rob Haskell

Autor: Rob Haskell

Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.
Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.



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