Un corito dice:
Estando aquí en la casa de Dios
alegraremos Su corazón
le brindaremos ofrendas
de obediencia y amor
en la casa de Dios.

Este canto refleja bien los tiempos en que vivimos. Tiempos de templos construidos por manos humanas. Enormes edificios que se llaman “iglesias.” Increíbles inversiones millonarias. Algunos se atreven a llamar esos edificios “la casa de Dios” y piden ofrendas y diezmos para pagar sus gastos millonarios mensuales. Y yo me pregunto: ¿Quién o qué entonces es el templo? ¿Necesitamos templos, edificios donde Dios venga a morar? ¿Estamos acaso aun viviendo teológicamente en el Antiguo Testamento?

Queremos construir un lugar donde Dios venga a morar en medio de nosotros. Pero yo me pregunto, ¿acaso no pueden leer las Escrituras y entender el propósito de Dios? Es cierto, el plan de Dios incluye Su deseo de coexistir con los humanos. ¿Pero quién debe construir ese templo Dios o nosotros?

En un inicio en el Edén, toda la creación estaba llena de la presencia de Dios, y los humanos teníamos línea directa con Dios. Ese era el plan de Dios, hasta que nuestra caída en el pecado creo la separación. A partir de este momento, Dios inicia Su plan redentor según Su deseo de convivir con nosotros. En otras palabras, Dios quiere “regresar a Adán al jardín del Edén” para tener así plena comunión con nosotros.

Ante tal deseo de coexistencia, el Antiguo Testamento nos narra la primera concreta expresión de ese plan restaurativo de Dios, cual fue el tabernáculo (Éxodo 25:8). Dios regresa a vivir entre su gente. En Éxodo 40, el tabernáculo se inaugura con nube, fuego, y viento. Así, Dios acampa en Su tienda entre Su gente. Igualmente vendría el templo donde Dios llega a morar (1 Reyes 6:13). En 1 Reyes 8 el templo también se inaugura con nube, fuego, y viento. Pero en el lugar Santísimo solamente un hombre, una vez al año, podía acceder dicha presencia Divina. Los deformados, enfermos, impuros, extranjeros, y mujeres no podían acercarse. Sin embargo, el templo permanecía como testimonio a las naciones que Israel adoraba a Yahweh, y que Dios moraba entre Su pueblo.

Luego vendría el Cristo, y su Reino se acerca con señales y milagros (el Nuevo Pacto) y el reino de las tinieblas empieza a retroceder. En Juan 1:14 nos narra como la Palabra tomo cuerpo humano (se encarnó), y se “tabernáculo” (planto su tienda) entre nosotros. La intención del autor es presentar al Cristo como esa imagen del Dios invisible, esta vez sin un velo que dividiera el lugar Santísimo de Su pueblo (Colosenses 1:15). La presencia de Dios caminaba literalmente entre su pueblo, y pasó más tiempo en las calles que en el templo.

Luego viene la iglesia, el cuerpo de Cristo, la comunidad de creyentes. En 1 Corintios 3:16-17 la comunidad de creyentes se convierte en el templo de Dios. ¿Acaso no saben ustedes que son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios vive en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes mismos.

1 Pedro 2:5 nos dice,
De esta manera, Dios hará de ustedes, como de piedras vivas, un templo espiritual, un sacerdocio santo, que por medio de Jesucristo ofrezca sacrificios espirituales, agradables a Dios.
Aun más en 1 Corintios 6:19, 20 nos presenta que el creyente como individuo también es templo.
¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo.

En dicha comunidad santos y pecadores pueden encontrar a Dios. Una comunidad universal capaz de trascender el lugar geográfico de un templo, para convertirse en testimonio a las naciones que Dios quiere morar en toda su creación, en todos los pueblos de la tierra. Por tanto, el tabernáculo de Dios, y el templo, dejan de ser un lugar especifico para convertirse en una comunidad de creyentes andante y presente en el mundo.

Con el Pentecostés el Espíritu Santo viene a morar en toda carne, e inaugura su presencia con viento y fuego. La comunidad de creyentes es empoderada con los poderes del Cristo. Todos, según nuestros dones, somos empoderados para servir, como sacerdotes (el sacerdocio de todos y todas los creyentes). No son algunos los ungidos. Todos y todas somos ungidos con dones particulares para servirnos, y someternos los unos a los otros, y así ser testigos al mundo de que el Reino se ha acercado. Aquellos que una vez fueron rechazados por su etnia, género, o condición física y no podían acercarse a la presencia de Dios, ahora son inmersos, bautizados, llenos del Espíritu.

¡Pero la historia no termina allí! Juan nos dice que al final de todo “no vi ningún santuario en la ciudad, porque el Señor, el Dios todopoderoso, es su santuario, y también el Cordero (Apocalipsis 21:22). El acceso directo a la presencia de Dios se ha restaurado por completo. ¡Adán ha vuelto a su jardín! ¡Misión cumplida!

Lastimosamente, hoy vivimos en tiempos de templos construidos por manos humanas. Tales comunidades cristianas no pueden reproducirse lo suficientemente rápido para cubrir las demandas del evangelio. Iglesias que no disponen de dinero en sus presupuestos para enviar misioneros a otras naciones, no pueden ayudar a los necesitados, no pueden brindar cuidado pastoral a su gente, simplemente porque tienen que invertir en millones de dólares en sus edificios. Comunidades que invierten millones de dólares en equipos de sonido, luces, y en mantener pastores millonarios o pobres.

Comunidades que viven para el show del fin de semana, para llamar al pueblo a “la casa de Dios” para alabarle. Yo me pregunto, ¿Por qué no invertimos ese dinero en empoderar y discipular esos creyentes para que en sus barrios marquen la diferencia de la presencia del Reino? ¿Por qué metemos a la comunidad de Cristo en un edificio, en vez de enviarlos al mundo? ¿Por qué construimos edificios que al final de cuentas pueden llegar a estorbar la misión de Dios de servir y testificar al mundo? Y si acaso el mundo fuera a venir a nuestro show de fin de semana, algunas iglesias no están preparadas ni son amigables para recibirle y atenderle.

Si todo creyente pusiera en práctica sus Dones Espirituales, y si la casa de cada familia cristiana sirviera como espacio para que pequeños grupos de creyentes, con visión evangelística y misionera, lleven la presencia del Espíritu en cada barrio, creo que ya hubiéramos impactado toda Costa Rica con el evangelio. El hecho de “ser iglesia”, no de “ir a la iglesia” marca la diferencia en lo que significa verdaderamente congregarnos.

Finalmente, le pregunto a usted lector ¿Qué va a hacer este fin de semana, va a ir a “la casa de Dios” o va para comportarse como la comunidad de Dios e ir con otros creyentes al mundo? ¿Seguiremos como espectadores de un show, o actores de la presencia del Espíritu en el mundo? Y si usted cree que puede ser ambos, sea honesto: ¿Dónde dedica más tiempo?

Osías Segura

Autor: Osías Segura

Profesor adjunto en Fuller Theological Seminary



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