Hace unas semanas estuve en México y el tema de la gripa era universal. Si estornudabas algún bromista proclamaba “¡Es la gripa!” Y la verdad, aunque de vez en cuando tuve ganas de toser en algún lugar público, siempre resistí – no porque tenía la gripa, solo para que la gente a mi alrededor no se asuste. En una conferencia que atendí anunciaron que “los coreanos” no venían este año para hacer su conferencia normal ¿Por qué? El pastor explicó que por su falta de fe (solo doy el informe). Cancelaron por la gripa. Luego las zonas turísticas se habían vaciado. Nadie quiere irse de vacación permanente.

Personalmente, creo que el gobierno mexicano ha hecho una labor tremenda. Ha respondido rápidamente y efectivamente. En cada aeropuerto hay información, jabón para la varase las manos, gente con máscaras, y hasta en algunos hoteles tienen también un stand para concientización del público. Pero creo que en los medios masivos se ha exagerado la amenaza. Vi un titular en la página principal de Yahoo.com que preguntaba: Swine flu, Could this be the Big One? (gripa porcina, ¿Será La Grande?). Y uno se pregunta de qué nos servirá la prensa si algún día sucede una tragedia de proporciones globales. Ya veo lo titulares “¡Todos vamos a morir!” mientras el artículo describe en detalle los síntomas espantosos que lentamente te llevarán a la tumba. Aquí en los EE.UU. cada cual conoce a alguien que conoce a alguien que tiene la N1H1. Seguro, ¡Lo confirmó el doctor! Luego uno se entera que en toda la zona no hay ni un caso confirmado. Cuán fácilmente el ser humano se deja llevar por la paranoia.

Recuerdo una conversación en particular con un hermano. Él estaba preocupado porque quizás esta epidemia era una de las señales del fin. No era solo por el mero hecho de la gripa, sino también por la reacción internacional en contra los mejicanos. El mundo se estaba poniendo duro y discriminatorio, y realmente sin buena razón. La cumbre: En algún país en Europa no dejaron que en equipo mejicano juegue su partido. ¡Imagináte! Esa sí es una de las señales del fin. El querido hermano parecía querer entrar en una de esas especulaciones apocalípticas en las que nosotros los evangélicos solemos meternos. Yo siempre las resisto. La hermenéutica de este tipo de análisis contemporáneo parece siempre ser que cualquier cosa mala que ocurre en la sociedad o en el mundo tiene alguna relación, aún si fuera extremadamente delgada, a los grandes eventos de apocalipsis. Todo es basado en la convicción absoluta de que el mundo está empeorando y que estamos navegando a velocidad máxima hacia un muro indestructible.

Y quizás sea así.

Pero me preocupa cuan fácilmente nos dejamos llevar por esa misma paranoia social. Nos olvidamos de la ética cristiana en estas situaciones, e inmediatamente ocultamos nuestra responsabilidad hacia nuestros semejantes detrás de teorías proféticas. Cuan fácilmente reemplazamos compasión con especulación apocalíptica. Pero ¿qué si al fin y al cabo no era el fin del mundo y nos la pasamos en proyecciones fascinantes en vez de trabajando? Después de todo, muchas cosas malas han ocurrido en la historia del mundo que no fueron el final. Estadísticamente, la probabilidad de que te toque a ti estar vivo en ese momento final es menor. Y además de eso, ¿qué es nuestra responsabilidad mientras esperamos el regreso de nuestro señor? Pues nada más que vivir la vida cristiana con un compromiso total cada día de nuestras vidas.

Algunos eruditos se han preocupado con la cuestión del crecimiento de la iglesia en los primeros siglos. ¿Por qué, preguntan, creció tan rápidamente? Una de las respuestas es que la iglesia se comportó como iglesia cuando hubo tragedia a niveles masivos. Hubo dos grandes plagas en el imperio romano en esos siglos y la tendencia de la población en general fue salir de las ciudades y escapar al campo, o encerarse en sus villas o casas y apartarse por completo de los enfermos. El efecto de esto fue que muchas personas murieron solo por falta de cuidado, pues cierto porcentaje siempre sobrevive. Pero los cristianos no hicieron esto. Ellos se quedaron en las ciudades, cuidaron de sus familias, de sus hermanos y hermanas en Cristo, y también de personas que no eran parte de la iglesia. Para los cristianos de aquel entonces quedarse en la ciudad para ayudar a los enfermos era el mismo tipo de sacrificio que el martirio. Ellos estaban disponibles a servir y a sufrir.

Estos hábitos cristianos tuvieron un resultado práctico. Primero, más cristianos que paganos sobrevivieron las plagas por el mero hecho de que experimentaron mejor cuidado médico básico. Entonces al fin y al cabo había más cristianos proporcionalmente que antes. Segundo, como los cristianos también ayudaron a personas no cristianas esto fue un testimonio tremendo, y muchos se sumaron a la iglesia. Finalmente, después de la plaga la iglesia era una de las instituciones sociales más fuertes porque había continuado y se había fortalecido a través de la tragedia. Entonces, yo me pregunto ¿Qué está haciendo la iglesia hoy para ayudar con la lucha contra la H1N1? La verdad, no he visto mucho. La iglesia parece estar sentada en el estadio mirando un partido que poco tiene que ver con ella.

El libro de apocalipsis fue escrito para animarnos a ser testigos fieles a Jesucristo aún en circunstancias extremas (como por ejemplo, el fin del mundo), no para que podamos construir un esquema cronológico de la tribulación.

¿Estamos listos para servir?

De paso, estaremos de regreso en el DF la semana que viene. ¿Por qué no vienes al evento? (ver info)

Rob Haskell

Autor: Rob Haskell

Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.
Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.



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