Para entender la importancia de las señales en el Evangelio de San Juan, es necesario que en primer lugar entendamos que estamos ante una obra que fue dirigida a una comunidad con trasfondo judeo-cristiano. (Algunos eruditos sugieren que eran provenientes de la sinagoga farisaica). El lenguaje usado es propio de la tradición judía y no de un helenismo del primer siglo como erróneamente han afirmado la mayoría de los biblistas a lo largo de los años por el desconocimiento de la literatura intertestamentaria. El uso de los elementos como, luz, verdad, palabra, son temas recurrentes de la literatura rabínica judía de ese periodo.

Este evangelio es una obra difícil; por un lado, sus características literarias lo conforman como un cuerpo bien definido y diferente a otros documentos; pero por otro, su complejidad estructural, parece apuntar a una redacción por etapas. Su epilogo, su carencia de cronología, su prólogo, y la distribución de las narrativas y de los discursos, nos comunican la idea de un trabajo de edición hecho con el tiempo y a conciencia. Estamos pues, ante una obra maestra del género literario evangélico, y lo que debiera realmente importarnos es su forma canónica, o sea, la edición final que hemos recibido.

Quizás el problema mayor de este singular evangelio, sean las claves para poder entenderlo. Son varias; pero ninguna de ellas ha resultado definitiva como palanca hermenéutica a la hora de explicar la ingente riqueza teológica que contiene este documento post-pascual.

En cualquier caso, y a pesar de sus dificultades literarias e interpretativas, lo fundamental es entender que este evangelio es, el evangelio de Jesús por antonomasia. Jesús es el foco en el relato de Juan. En este evangelio Jesús habla de sí mismo como en ningún otro. Todo gira en torno a su persona, y la redacción nos deja ver que el autor está absorbido por una cristología elaborada desde arriba. Se puede decir pues, sin temor a exagerar que el Evangelio mismo es Jesús. Jesús es el centro, el mensaje, la palabra, la sabiduría, la luz, la verdad, el camino, la vida, la puerta, el agua. Jesús es quien viene a hacer la obra de Dios y es a la vez la obra misma. Jesús es todo en todo y en todos los tiempos, y finalmente el lector queda abocado a una conclusión sorprendentemente misteriosa y sobrecogedora: El Jesús descrito en este evangelio, el Jesús en el que hemos creído, es pre-existente, y tan de arriba que quien le ha visto, ha visto al Padre.

En el autor no hubo una intención de recuperar y presentarnos a un Jesús histórico, sino al Jesús de la fe, que es la interpretación del Jesús histórico, -si e que esto existió alguna vez en la cristología de la Iglesia antigua-; sin embargo, no quiere decir esto que no le importe la historicidad de Jesús; pero sí, que ésta pasa a un segundo plano. Esto se hace evidente en el ejercicio selectivo, narrativo y aclaratorio de los diferentes episodios que concluyen siempre con una llamada a exhortativa a creer, o a creer de una forma mas plena.

Y de esta forma llegamos a que la función de los milagros en el Evangelio de San Juan es doble: por un lado, la función histórica, que fue la de actuar como testimonio sobrenatural de Dios que vindica a Jesús como el que proviene de arriba y su mensaje como la oferta de salvación que debe ser creída por el género humano. (Juan 3:16). Recordemos que Jesús vino a hacer la obra del Padre. Esta obra es el anuncio de El mismo que se autentifica con las señales. No obstante, estas señales, como bien sabemos, no fueron creídas ni por las gentes de su tiempo ni por sus discípulos en un primer momento a consecuencia del estado de “ceguera” por la ausencia del Espíritu iluminador que tendría que venir. Los milagros eran un testimonio aunque no operaron la fe en ellos; sino que la fe una vez dada después de la exaltación creyó los milagros y estos vinieron a ser para ellos una palabra visible de Dios que confirmaba la gloria del Hijo. Por otro lado, queda la función retorica de los milagros para nosotros los que leemos el relato juanino desde la letra iluminada por el Espíritu Santo, y es la de exhortarnos a creer la procedencia divina de Jesús, su preexistencia y la autoridad que de ellas se deriva. Se da pues la realidad paradigmática que nosotros tenemos ventaja sobre aquellos bienaventurados que lo contemplaron con sus ojos y palparon con sus manos. Ciertamente nos convenía que el se marchara porque ciertas realidades como sus palabra, sus obras, sus señales, su testimonio, solo pueden ser comprendidas, entendidas y creídas con los ojos de la fe. De la misma forma que el Kerigma sobre Jesús suplanta al personaje histórico de Jesús, los milagros quedan absorbidos por el relato de los mismos y son aplicados a nosotros por la acción reveladora del Espíritu Santo.

Autor: J. Eugenio Fernandez

es un decano y profesor residente de IBSTE. Obtuvo su licenciatura en teología de IBSTE, y después, recibió una MDiv y maestría de teología bíblica de Northpark Theological Seminary.



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