El liderazgo se ha convertido en uno de los temas favoritos del pastor cristiano latinoamericano. Con lo bueno que son todos los materiales disponibles para desarrollarse en esta área, me preocupa a veces que estemos viendo al liderazgo como una colección de principios que existen en el abstracto, algo que puede ser aprendido sin relación a una persona de carne y hueso. Pero en la Biblia el liderazgo del pueblo de Dios no es tanto un área de conocimiento como una manera de vivir encarnada en un individuo y comunicada a otros por medio del discipulado.

No nos olvidemos que una de las cosas más importantes que hizo Jesús fue formar personalmente los líderes futuros de la iglesia. Es obvio que en los evangelios el discipulado era algo profundamente personal y que la meta del discipulado era la reproducción del maestro en la vida y el ministerio del discípulo. Las expectativas de Jesús para sus propios discípulos son sorprendentes, pues él espera que ellos puedan hacer todo lo que él hace. Por ejemplo, cuando Jesús envía los doce discípulos como apóstoles a predicar en las aldeas de Israel, les da las siguientes instrucciones:

Dondequiera que vayan, prediquen este mensaje: “El reino de los cielos está cerca.” Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los que tienen lepra, expulsen a los demonios. Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente.” (Mateo 10:7-8)

Nos asombra, quizás, que ya a estas alturas del ministerio de Jesús sus discípulos están haciendo las mismas señales milagrosas que él hace – ¡cosas que la mayoría de nosotros hacemos solo en nuestros sueños! Pero la clave es la última frase: ellos dieron de lo que habían recibido. El comportamiento, las prioridades, y hasta el poder espiritual del maestro se reprodujo en sus discípulos. Por eso después de la muerte del maestro, los discípulos otra vez se comportan como él: predican el evangelio, sanan a los enfermos y entran en polémicas con la jerarquía religiosa. Tanto que los gobernantes del templo los reconocen, por su comportamiento y su conocimiento, como gente que ha estado con Jesús (Hechos 4:13). El proceso reproductivo fue exitoso.

Pero la reproducción personal no termina con la modelación de Jesús en sus once discípulos. Ese nunca fue el propósito, como Jesús mismo señala en su gran comisión a ellos:

Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes (Mateo 18:19-20).

La idea siempre era que lo que Jesús le dio a los discípulos, ellos también lo pasarían a otros quienes también podrían obedecer a Jesús aún sin conocerle cara a cara. Y como el comando de ir y hacer discípulos también es parte de todo lo que Jesús mandó, el proceso de reproducción se repite hasta el fin del mundo.

Este paradigma reproductivo fue internalizado por Pablo y era una de las metas principales de su propio ministerio. La iglesia de Corinto se vio sacudida por conflictos y divisiones. Los dones no se usaban para el bien de la congregación, había inmoralidad sexual de la peor clase, y para colmo la gente se iba agrupando por su propia iniciativa bajo diferentes líderes como Pedro, Apolos, Pablo, e, irónicamente, Jesús, como si él fuera una opción entre los otros. Al fin y al cabo la respuesta de Pablo a esta crisis es que esta gente de Corinto debería imitarle a él (1 Cor. 4:14). A primera vista suena un poco arrogante y parecería que Pablo está exacerbando el problema de las divisiones (¿todos deberían ser de Pablo?). Pero no es arrogante, pues Pablo no se está promocionando a sí mismo como un modelo, sino a Jesucristo, del cual él ha recibido su manera de vida y al cual él imita. Desafortunadamente Pablo mismo no puede venir a Corinto para modelar esa vida ante ellos, y por eso ha enviado a otro individuo, otro portador de Jesucristo. Es su discípulo Timoteo, quien les mostrará a los creyentes de Corinto cómo imitar a Pablo. Y así la trayectoria del discipulado se ensancha: De Jesús, a Pablo, a Timoteo, y a los cristianos de Corinto:

Por tanto, les ruego que sigan mi ejemplo. Con este propósito les envié a Timoteo, mi amado y fiel hijo en el Señor. Él les recordará mi manera de comportarme en Cristo Jesús, como enseño por todas partes y en todas las iglesias. (1 Cor. 4:14-17)

En otro lugar Pablo le encarga a Timoteo que lleve a cabo su ministerio con esta misma conciencia reproductiva: “lo que me has oído decir en presencia de muchos testigos, encomiéndalo a creyentes dignos de confianza, que a su vez estén capacitados para enseñar a otros.” (2 Timoteo 2:2) Con esto ya estamos a la cuarta generación de Jesús (Pablo, Timoteo, los que él enseña y los otros).

Y así, siguiendo el modelo planteado por nuestro señor y maestro, se diseminan las actitudes, prioridades y agendas del ministerio cristiano. Aunque principios y teorías de liderazgo ciertamente nos pueden ayudar, al fin y al cabo se trata de crear discípulos cara a cara, persona a persona, de reproducir a Jesucristo en las vidas de otros líderes para que ellos también le puedan reproducir a él. Entonces, pastores: ¿estamos discipulando? ¿Estamos invirtiendo el las vidas de otros?

Rob Haskell

Autor: Rob Haskell

Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.
Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.



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