El milenio significa esperanza,

¡y para esta tierra!

 

¡Atención! ¡Hay buenas nuevas para planeta tierra,

y para todas las naciones del mundo!

¡Proclamadlo en Buenos Aires y en Washington,

en Moscú y en Managua!

¡Anunciadlo en la Asamblea de las Naciones Unidas!

Ante tal  noticia, ¿quién puede seguir siendo fatalista?
¿Quién puede no esperar?

 

   El anuncio del milenio es evangelio, buenas nuevas, de la forma más concreta y específica. Fue buena noticia para los primeros lectores, amenazados y hostigados por el imperio, víctimas de la injusticia. Juan les asegura que la justicia de Dios prevalecerá en toda la tierra y, lo que es más, ellos que han sido ultrajados un día reinarán y juzgarán, no sólo en el cielo “más allá”, pero aquí en la misma tierra donde han sufrido, en el “más acá” de la vida humana.

 Este milenio apocalíptico de Juan constituye lo que en sociología se llama “una utopía”, la visión de una realidad que no existe pero que debe existir, puede existir y tiene que existir. Como visión de la meta final de la historia, nos inspira esperanza, confianza, gozo y compromiso con ella. Estamos llamados a vivir y actuar, hoy y ahora, conforme a esta visión del reino de Dios. Es lo que expresa Galeano (citando a Fernando Birri) en sus muy conocidas líneas:

Utopía (llámese “milenio”):

Ella estaba en el horizonte.

Me acerco dos pasos,

Ella se aleja dos pasos.

Camino dos pasos

Y el horizonte se corre diez pasos más.

Por mucho que yo camine

Nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?

Para eso sirve:

Para caminar.

 Ser cristiano significa soñar con Cristo el sueño de un nuevo mundo, y seguir soñando, caminar y seguir caminando sin cansarnos, orando sobre la marcha, “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad en América Latina como en el cielo”. Sin utopía, muere la esperanza y termina la lucha. “Donde cesa esta esperanza,”, escribe Pikaza del milenio (1999:233), “se pierde el evangelio”. 

    Pikaza ofrece comentarios muy inspiradores sobre el milenio: “Juan es un creyente esperanzado. No toma la historia como simple paso, prueba y sufrimiento, que termina pronto y nos prepara para el otro mundo… Perseguido por la Bestia, él sabe y dice que este mundo es bueno. Por eso, frente al breve tiempo de la Bestia, [Juan] ofrece la visión esperanzada del tiempo de Cristo y sus fieles. Esta experiencia de los mil años transforma la resistencia anterior (¡no dejarse vencer por la Bestia!) en creatividad intensa. Así lo han entendido los mejores milenaristas de la historia cristiana, empeñados en crear un anticipo del reino de Dios sobre la tierra, sin Bestias y Prostituta, con el Dragón atado y el amor bien suelto”.

Karl Barth, en uno de sus primeros escritos, “El problema de la ética hoy”, hace unas declaraciones realmente sorprendentes sobre el milenio:

 Uno puede observar la situación [de la ética] también en su relación al objetivo ético. Consideren pues, el concepto remoto — pero sólo aparentemente remoto — del milenio. Para muchos de nuestros contemporáneos — y confieso que soy uno de ellos — este concepto toma la forma específica del ideal socialista. Se trata de la meta de la historia terrestre, sin desmedro de la esperanza de vida eterna en otro mundo. La pregunta ética … encierra en sí una pregunta algo distinta en cuanto al ideal, en cuanto a la meta que se ubica, y se puede realizar, no fuera del tiempo sino dentro de él, en cuanto al ordenamiento de la sociedad humana fundada en verdad y justicia, inteligencia y amor, paz y libertad… La ética no puede existir sin milenarismo…

 La idea motivante en la expectativa milenaria no es el sueño hedonista del retorno de una edad de oro de felicidad universal, sino la visión de aquel conjunto de todos los ideales… Según el capítulo 20 del Apocalipsis, el milenio no es de ninguna manera una isla de los bendecidos; el reino de los santos y mártires está construido sobre el abismo donde la vieja serpiente está encadenada. Es como tarea y no objeto de deseo, como meta y no como terminación de la lucha moral, que… la esperanza cristiana concibe la realidad aquí en la tierra. El clamor de la humanidad occidental es uno solo: ¡que la libertad en el amor y el amor en libertad sean el motivo puro y directo de la vida social, y una comunidad de justos su objetivo directo! ¡Que termine el paternalismo y la explotación y opresión de unos por otros! ¡Que las diferencias de clase, fronteras nacionales, guerra y sobre todo, violencia y fuerza irrestricta, desaparezcan! ¡Que una civilización del espíritu reemplace una civilización de las cosas, que valores humanos reemplacen los valores de la propiedad, que la fraternidad reemplace a la hostilidad…” (Word of God & word of man, 1957:157-160).

    Esta esperanza, fundada en la resurrección del Señor y alimentada por la esperanza de su venida triunfante, nos inspira un estilo de vida que podríamos llamar apocalíptico y milenarista:

La fe no se arrastra, se yergue.
La fe no se lamenta, testifica.
La fe no pide, da.
La fe no llora, canta.
La fe no atemoriza, infunde valor
La fe no presagia males, disipa temores.
La fe no se arrincona, sale al campo de batalla.
La fe no siembra el derrotismo, anuncia victoria.

(F. Almeida)

Pues entonces,

 ¡Convoquen una reunión extraordinaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas!

¡Aviso! ¡Un gobierno justo y participativo es posible!

¡Posible, aun bajo las circunstancias imperfectas de nuestra vida humana!

¡Ese es el primer objetivo de Jesucristo en su venida:

atar al diablo y establecer un gobierno conforme a la voluntad de Dios!

¡Anuncio! ¡Cristo resucitó, Cristo viene, y Cristo reinará!

¡El reino del mundo vendrá a ser de nuestro Dios y de su Cristo!

¡Celebrémoslo!

¡Ahora es imposible no esperar,

imposible no luchar!

Juan Stam

Autor: Juan Stam

Teólogo Costaricense y autor de Las Buenas Nuevas de la Creación. El profesor Stam también es conferencista. Ver su sitio personal.



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