Todo inició en enero de 1950, cuando Ángel un amigo de la familia, que había sido novio de mi hermana Socorro, vino a casa y me entusiasmó para dejar la casa y venir con él a los Estados Unidos. Yo sólo tenía 16 años de edad. Pero como ya era un panadero profesional y ganaba buen salario diario, mi mamá me permitió venir con mi amigo, que era mucho mayor que yo. La condición era, que vendría a trabajar, ganar dinero y mandar regularmente, para comprar un terreno y construir una panadería moderna. Tan pronto como se juntara suficiente, regresaría a mi hogar.

Lo que se decía en México, es que en California el dinero se podía barrer con escoba. Que era muy fácil hacer dólares. Que todos los que venían al norte, se hacían ricos. Fue con esas condiciones que mi mamá, permitió al menor de la familia, al chiqueado, salir de la casa y aventurar en otras tierras muy lejanas. ¿Cómo es que mi mamá quedó? Sólo Dios lo sabe. Literalmente, perder al menor de los tres hijos, estoy seguro que se quedó con gran aflicción y preocupación por mí.

Salimos de Guadalajara en tren rumbo al Estado dorado, donde la “tierra fluía leche y miel”, como los hebreos pensaban de Canaán. ¡Ah!, pero qué sorpresa me llevé. Cuando entro al país, ilegal, cruzando la frontera, brincando la cerca o arrastrándome debajo del alambrado, –no espalda mojada, espalda rasguñada– sólo para encontrarme con la realidad, que no había dinero para comprar escoba, menos para barrer los dólares, como me contaban.

Comencé a trabajar en el campo. Primero recogiendo o cortando lechuga, después, desahijando algodón, luego pizcando limón y naranja. Por último, tapiando betabel. Al principio ganaba sólo 85 centavos la hora y trabajaba como un burro. En efecto, ganaba menos que lo que ganaba en la panadería. Pero estos eran dólares, no pesos. El único problema era que cuando iba a comprar algo, siempre estaba pensando en el costo en Méjico y me parecía muy caro todo. Recuerdo que cuando llegué del trabajo el primer día en la nueva tierra, llegué a casa bien cansado, anduve agachado todo el día. Cada vez que sentía sed, habría una lechuga y me la comía. Después me di cuenta que la lechuga tiene un ingrediente, que produce sueño. Me acosté a descansar, me dormí y no desperté hasta otro día bien tarde. Todo esto ocurrió en el Valle Imperial. A los dos o tres meses, me pasé, para Oxnard, en donde por dos semanas, el mayordomo nos escondió en una huerta de naranjas, porque la migra estaba haciendo redadas de indocumentados, después a Tulare y luego a Salinas. Para entonces, ya había aprendido muchas cosas nuevas en éste, el país del aprendizaje. Ciertamente, para mí esta aventura fue de mucha despabilación, en varias formas. Fue aquí donde aprendí a fumar, tomar, bailar y sobre todo a ser un tahúr profesional. Lo que nunca hice en mi tierra, aquí lo practiqué con mucha habilidad y libertad. En poco tiempo dejé, los campos de cosecha y me dediqué a la jugada.

Un día tuve que salir de un campo de trabajadores de campo, porque me seguían con machete los filipinos. Les había ganado en los dados y en la baraja. Me acusaban de otras cosas, además de hacer trampa. Salí de la ciudad de Salinas a media noche rumbo a Hayward, donde tenía un primo y esperaba ser auxiliado por él. Esa noche en la estación de autobuses, como a las 2 o 3 de la mañana, esperando el “transfer”, la policía me detuvo al ver que era muy joven. No sé cómo los engañé; creyeron lo que les dije y me dejaron. En Russell City, un pueblo cerca, renté un cuarto y por casi todo un año me dediqué sólo a la jugada. Tenía una suerte extraordinaria y cuando no tenía dinero para jugar, pedía prestado y así continúe por meses. En la baraja, me gané un carro 37 Studebaker, una chamarra de piel y varias otras prendas.

Un día no sé cómo se dieron cuenta que era panadero, una tortillería y panadería grande en San José, me contrató para que les hiciera pan mejicano. Yo nunca había visto revolvedoras de harina, ni hornos eléctricos. Los dueños me llevaron al lugar, me enseñaron los ingredientes, cómo movilizar la revolvedora y me dijeron, “allí está el horno”. La orden de los dueños fue clara, “Necesitamos pan para mañana, has todo lo que sabes hacer, pero tenedlo listo para las ocho de la mañana”. Trabajé toda la noche, y como a las seis de la mañana abrí el horno y le metí 15 charolas grandes de pan. Lo eché andar y esperé, esperé y esperé, pero el pan no se cocía. Como a la media hora, el pan estaba listo. Pero estaba más duro que terrones de tierra. Nunca me dijeron que el horno tenía que calentarse por lo menos 15 a 20 minutos antes de meter el pan. La segunda tanda salió perfecta y fue así que aprendí a utilizar el equipo moderno para laborar el pan. En 1951, yo estaba ganando entre $165 a $180 dólares por semana. De 85 centavos la hora en los campos asoleados, a más de $4.00, ahora en la sombra.

Fue en este establecimiento, donde Dios me mostró que mi vida sería diferente a lo que yo soñaba. A un lado del lugar, estaba una tortillería, restaurante y lugar de delicadezas mejicanas, y me acostumbré a ir a comer allí muy seguido, especialmente porque los dueños tenían tres hijas, una de 16 años, de ojos azules y bellos como ella sola. Un día se atrevió y me invitó a su iglesia. Cuando le pregunté a qué clase de iglesia, me dijo, la iglesia bautista. Dentro de mí, vino el pensamiento, “la iglesia del diablo” porque a mí me habían inculcado ferozmente que cualquier iglesia que no fuera como la tradicional nuestra, era de herejes y por consiguiente, de Satanás. Pero dije entre mí, diablo o no diablo, la muchacha vale pena, voy con ella a esa iglesia. Cuando llegamos al templo y se abrió la puerta, vi que el coro estaba lleno de muchachas bonitas, y dije a mi corazón, “el diablo la tiene buena, yo regreso” y así fue.

Tal vez aquí debo decir que nosotros crecimos con una religión bien familiar y arraigada. Un familiar, un hermano de mi mamá, era monje religioso, siempre vivió en el monasterio. Mi tía Dolores, era monja y rectora de un convento en Guadalajara. Mi primo, hijo del tío, padrino de bautismo, era sacerdote en Tapalpa. Y yo serví como monaguillo así que cuando pasábamos por un lugar o templo de “aleluyas o protestantes, le dábamos la vuelta, porque era lugar del diablo. Nosotros teníamos nuestra propia “inquisición” mental y verbal, para los que no eran de nuestra fe.

¡Ah!, pero el primer domingo, el pastor, parece que sabía al pie de la letra, qué clase de muchacho era yo. Parece que estaba describiendo mis actividades y mis hábitos. Me pareció que la joven le había dado información detallada de mi persona, pero seguí yendo. Me empezó a gustar. Especialmente cuando el pastor me permitió cantar en el coro, en medio de un buqué de flores. Seguía jugando, ahora perdiendo lo que ganaba. Fue muy poco lo que mandé a Méjico a mi mamá.

Me compré un auto Lincoln del año 1937. Era una belleza. El tablero parecía de un avión. En él me iba los fines de semana para los bailes en San Francisco y Oakland. Un sábado como a las once de la noche, llegaba a ver una novia en pueblo pequeño cuando se me atravesó un árbol grande. Desbaraté el carro y también parte de mi boca. El choque ocurrió enfrente de la casa de un médico. Salió, me asistió en su consultorio y llamó a la Migra para que me recogieran. En aquellos días, pagaban $50.00 por cabeza indocumentada. Me llevaron a la cárcel en Santa Rita, de allí me transfirieron a San Francisco y por cuatro semanas esperé deportación. Tengo que decir, mientras estuve detenido, ninguno de mis amigos vino a verme, sólo la familia de la iglesia, a pesar que no era creyente. Esto me impresionó mucho.

Es casi increíble, las autoridades me asistieron de una forma maravillosa. Mis heridas eran revisadas y limpiadas todos los días y su cuidado fue admirable. Durante este tiempo de detención, en la cárcel, gané más plata que afuera. Hasta obtuve un juego de plumas Parker, una chamarra, zapatos y más de $800.00 dólares. Cuando nos llevaron a los Mejicanos, porque allí había gente de otros países, al salir a Tijuana, tenía más amigos que nunca. Habían perdido mucho de su dinero. Me deportaron el 29 de abril y para el 5 de mayo, ya estaba de regreso en San José

Seguí trabajando en el mismo lugar y asistiendo a la iglesia. Para el mes de octubre del mismo año, 1951, ya tenía más entendimiento espiritual, ya hacía preguntas, en efecto, ya hasta quería casarme con la muchacha que me había invitado a la iglesia. Sus padres me querían bastante. Cuando le pedí que se casara conmigo, me dijo que no, porque no era cristiano. –Cómo podrían nuestros hijos ir a dos diferentes iglesias– Me pareció lógico, y para el domingo, 25 de noviembre, cuando el pastor hizo la invitación, yo fui el primero en levantar la mano y pasar al frente, haciendo una publica profesión de fe en Cristo, recibiéndole como mi Señor y Salvador. Todos pensaron que lo que hacia, era sólo por conveniencia y tan pronto como nos casáramos, me la llevaría de la iglesia y no volveríamos.

En la siguiente semana, su mamá tuvo un accidente grave en la tortillería y quedó impedida por varias semanas. Como ella era la única que manejaba el negocio, el auto y todo lo relacionado con abastecimiento, tomé el auto y comencé a servir y surtir todo lo que la tienda necesitaba. Un día en diciembre 12, manejando rumbo a recoger mi pago, me pasé una alto y la policía me paró. Me pidieron licencia de manejar, no la tenía, tampoco “draft card”, ni mucho menos pasaporte –No tenía identificación que mostrar. Así que me arrestaron y volvimos al mismo rito, deportación. Pero esta vez, no fui deportado, porque pagué el costo de mi boleto. Me llevaron de nuevo a Tijuana. Para este tiempo ya habíamos acordado casarnos, sólo que ahora me encontraba en Méjico y ella en San José. Decidí no cruzar la línea, para no arriesgar ser detenido de nuevo, no quería deportación en mis récords.

El día 12 de enero de 1952, vinieron sus padres, su tía y el esposo de su tía desde San José, me recogieron en San Isidro. Esta vez sí crucé la línea fácilmente, le pregunté a un oficial por un teléfono público y me guió a él sin hacerme una pregunta legal. Me esperaban en el auto, salimos rumbo a Yuma, Arizona, donde nos casaríamos el siguiente día, a las tres de la tarde. Cuando fuimos a sacar el permiso para casarnos, me preguntaron si tenía permiso de mis padres y les dije que sí, pero la carta estaba en español. Me pidieron que se las enseñara y se las tradujera. La carta decía palabras de mi propia madre, “Hijo, prefiero que te pierdas en las drogas, que seas un mujeriego, a que te cases con una hereje”. La traducción, fue totalmente diferente, ya que ellos no sabían español. Nos dieron la licencia y a las 3 de la tarde nos casamos. Yo no había cumplido los 18 años y ella apenas había cumplido 17 en diciembre pasado.

Salimos de Yuma rumbo a Los Ángeles, donde nos quedaríamos a vivir en la casa de la tía de mi esposa. Por todo el camino, cada vez que veíamos luces rojas, pensábamos en la policía o la migra. ¿Qué si nos paran y piden documentación? Toda la trayectoria fue de ansiedad para ahora mi esposa y familia. Llegamos a casa sin ninguna interrupción. Allí empezamos a asistir a la Primera Iglesia Bautista del Sur, pastor Jesús Ríos. Mis suegros, vendieron su tienda en San José y se movieron para Los Ángeles, donde instalamos una tortillería y panadería.

Las sospechas de los hermanos en San José, cuando me convertí fueron todas falsas, porque ahora yo quería estar en el templo, cada vez que abrían las puertas. Cada servicio o estudio bíblico era para mi, muy importante. En aquellos tiempos, las iglesias tenían “unión de preparación” todos los domingos en el culto vespertino. A mí no me gustaba fallar. A mi esposa le era una afrenta y pérdida de tiempo. Prefería ir mejor al cine que al templo. No había seriedad. Yo siempre quería estar con mayores de edad, mi esposa no quería ir, porque no había gente de su edad.

En 1953, la iglesia llamó al hermano Leobardo Estrada para que predicara una cruzada evangelística. Me fascinó tanto su estilo y forma de predicar, que compré un libro de sermones de él y se los predicaba a mi esposa cada vez que tenía oportunidad. En agosto del mismo año, en una confraternidad estatal, en Los Ángeles, cuando predicaba el hermano Isidoro Garza, el Señor me llamó a predicar. Para este tiempo ya había nacido nuestro primer hijo, Daniel Sotelo Jr.

Al iniciar mi vida nueva en Cristo, el pastor Pedro A. Hernández, en San José, es el que me guió a Cristo. El pastor Jesús Ríos me bautizó en Los Ángeles, y el pastor Isidoro Garza, pastor en SW fue quien Dios usó para mi llamado. Estos tres hombres de Dios se reunieron conmigo para aconsejarme. Lo primero que me dijeron fue “si Dios te llamó a predicar el Evangelio, El te ha llamado a la preparación. Aquí es donde todo comienza a verse muy difícil para mí. Yo nunca terminé ni el tercer grado de escuela primaria. A la edad de ocho años, ya estaba trabajando con mi papá en la panadería. A la edad de 14 años ya era maestro de panadería con tres hombres bajo mi cargo.

Mi esposa, mi hijo y yo vendimos la panadería y nos mudamos a San Francisco, donde el hermano Garza era pastor. Viajando rumbo a San Rafael, cruzando el Puente Bay Bridge, se nos acabó la gasolina en medio del puente, en el primer tramo. Yo no tenía más que $2.00 en mi bolsa. Cuando vino el remolque a darnos gas, me dijo el chofer que eran $5.00 por la gasolina. No me dio la gasolina, pero nos remolcó hasta Oakland, me llevó a una gasolinera y me dio $2.00 para poner gas. Dios nos comenzó a demostrar su promesa.

Comencé a estudiar en un Instituto Bíblico en San Rafael, el hermano Garza era uno de los maestros. Yo y él viajábamos juntos al instituto. En este tiempo nos habíamos movido de San Rafael a San Francisco, y vivíamos en el Templo de la Primera. Servimos allí, agarré trabajo en una panadería cerca de la iglesia y Dios me empezó a enseñar sus caminos. Recuerde, que yo no sabía comunicarme en español correctamente –y todavía no lo sé. Mis alcances académicos eran y son muy limitados. Meses después nos mudamos a Oakland a un apartamento de proyectos del gobierno.

En la siguiente confraternidad, que ahora se reunía en La Primera en San Francisco, conocí al Dr. Loyd Corder, director nacional de la obra multiétnica del Home Mission Board. El conocía a la familia de mi esposa de Nuevo México. Cuando vio a mi esposa, me hizo algunas preguntas relacionadas con mi llamado. Nos dijo directamente, tú estás muy joven para estar en este instituto perdiendo el tiempo. Regresen a Los Ángeles, para asistir a California Baptist Collage (CBC). Vendimos los muebles que apenas habíamos comprado y nos regresamos al sur de California. Ahora estaríamos viviendo en el sótano de la Primera Iglesia Bautista del Sur, donde me había bautizado. Ya había llegado David, nuestro segundo hijo. Fue en esa iglesia donde prediqué mi primer sermón, estuve de pie temblando seis minutos y se acabó la inspiración. Recuerdo que el pastor no hallaba qué hacer con el resto del tiempo, terminé muy rápido.

Me matriculé en el CBC y tomé tres clases. Recuerden, no sé comunicarme en español de una manera gramaticalmente correcta, menos en inglés. Pero entonces, comencé a estudiar la Historia de los Estados Unidos, Oratoria, (Speech) e inglés básico, o de secundaria, y todo en inglés. La maestra de inglés era la esposa del presidente, el maestro de oratoria era el decano y me quería mucho, pero la maestra de historia era otra historia. Las condiciones para mi matrícula en esta nueva institución eran sencillas. Si sacaba menos de una “C” de grado en las materias académicas, no regresaría el siguiente semestre. Yo me senté a un lado de Luis Solís, un estudiante mejicano, y literalmente le copiaba lo que no sabia en la clase de historia. Cuando terminó el semestre, sólo para hacer la historia corta, saque una “D”. En la clase de oratoria, que era más demandante, saque una “C” y sé que por gracia pasé. Pero la “D” estaba estorbando. Fui a ver a la maestra, le explique la situación, y por gracia cambió la “D” a “C” y así pasé. El siguiente semestre fue un poco más fácil. Trabajaba ocho horas, para sostener a la familia, estudiaba en un idioma extraño, sin tener pasado académico alguno. “Pero Dios” esa frase me fascina. Si no fuera por Su gracia, no estaría escribiendo esto.

Duré once años para finalmente sacar el título “Bachelor of Arts” y estoy seguro que cuando me gradué los maestros respiraron más fácil y se deleitaron en que la figura permanente de la escuela por fin se iba. El triunfo fue para ellos porque con paciencia me ayudaron, y una gran parte de esto se acredita a mi esposa, la cual sufrió, me enseñó inglés y supo soportar mis descuidos como padre y esposo. Años después, la institución, ahora Universidad Bautista, me honró con nombrarme Alumno del Año dos veces, y fui recomendado para que el presidente de los Estados Unidos, me nombrara “Oustanding Young Man of America” por el presidente Richard Nixon en 1970. ¡Toda la Gloria a Dios! De aquí seguí mis estudios en el Golden Gate Baptist Theological Seminary.

Mi vida ministerial es larga y a la vez muy interesante, por lo menos para mí, porque de panadero a predicador hay mucho trecho. Sólo la gracia y misericordia de Dios puede hacer eso con un hombre tan inútil como yo. Por eso es que le robo a Pablo las palabras en 1 de Corintios 15:10: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo sino la gracia de Dios que está conmigo”. Sin nada de experiencia, en 1955, me llamaron para ser pastor en El Monte, Ca. El mismo lugar en donde se inició CBC. Fue esta Iglesia, First Southern Baptist, la que me ordenó al ministerio después de haber sido licenciado en el 54 por la Primera en Los Ángeles. Fue aquí donde pude guiar al grupo pequeño a construir el primer templo, que todavía está sirviendo a varias iglesias. Fue aquí donde bauticé a mis primeros discípulos. Fue aquí donde los hermanos me ayudaron a crecer espiritualmente. Fue aquí donde nació nuestra primera hija Lydia.

Un día a las 12:30 del día, sin leche en el refrigerador, sin comida para los tres niños tuve que aprender a confiar más en el Señor. De repente, llegó Sammy Frías, un joven, con un billete de $20.00 que su papá me mandaba. El ni siquiera era miembro de la iglesia. Incluso, ni era bautista. ¿Cómo sabía este hermano que necesitábamos comida? Sólo Dios, como dice Pablo, “Mi Dios suplirá todo…” Mi vida está llena de estas experiencias. Necesitaría un volumen completo para contarlas todas.

Una vez cuando viajaba de San Rafael a San Francisco con el hermano Garza, él escuchó que había un brinco o ruido en el camino. Cuando llegamos a casa, se dio cuenta que una llanta estaba por explotar. “Y así me trajo por el puente” pues no por otro medio. Me llevó a Sears y me compró 4 llantas. En otra ocasión vino un hermano de Georgia a predicar en nuestra iglesia, ahora en Pico Rivera. Le invitamos a comer a casa. Un poco fisgón el hombre notó que mi esposa lavaba ropa para 6 en una máquina antigua de rodadillos. Fue y nos compró una lavadora y una secadora automáticas.

En cuanto a pastorados, siempre he creído que cuando Dios nos llama, El nos suple todo lo que necesitemos para el ministerio y para la familia. He tenido el privilegio de guiar a varias congregaciones en construcción de edificios, regulares en tamaño. También he tenido el gozo de confiar en mis amigos y colegas en la obra del Señor. Cuando he buscado préstamos para construcción, no me los han negado. En ocasiones, emitimos Bonos para el programa de construcción, en otras hicimos promoción local de un programa de tres años. Pero siempre, yo he sido el que sacaba los permisos y dirigía la obra. Hemos ahorrado miles de dólares, porque los hermanos han trabajado y donado, no sólo sus ofrendas, sino su tiempo también.

En Pico Rivera, no construimos templo, pero sí compramos una propiedad para sacar a la congregación del American Legión Hall. Cada domingo por la mañana teníamos que limpiar las botellas de cerveza y en ocasiones sangre porque la noche anterior, durante el baile, se había desbordado en pleitos. Después vendimos esa casa y compramos la propiedad presente, donde el Dr. Fermin Whittaker me sucedió de pastor. También construyeron el templo presente, al cual Joe De León vino 13 años después a completar el piso educacional. Ahora el pastor es Tomás Angulo.

En San Francisco, en 1965, cuando la Iglesia Primera me llamó de pastor, fui con el fin de terminar mis estudios en seminario. Pero muy pronto, al año siguiente, comenzamos la demolición de una casa victoriana y la excavación de unas 7.000 yardas cuadradas de tierra para construir el templo presente. Para el año 68 ya estábamos en un nuevo edificio. Las bancas y muebles los compramos con ofrendas especiales. Las hermanos y hermanos trajeron joyas, relojes, collares, aretes, anillos, diamantes, etc. y pagamos más de $5.000 al contado. En ese edificio, trabajaron los que nunca habían tomado un martillo en sus manos. Aprendieron a instalar yeso o “sheet rock”, a soldar, pintar y hacer lo que nunca habían hecho. Dios nunca falla. ¡Qué gozo me da el ir al templo y verlo lleno de gente y saber que el pastor Tony López y los hermanos cooperan en todo el programa de nuestra denominación! Recuerden, todos nosotros edificamos sobre los hombros de los siervos anteriores (a no ser que nosotros hayamos iniciado la obra). Pero yo, nunca he iniciado una iglesia que yo haya pastoreado.

En Fresno, Dios nos concedió guiar a la iglesia en la construcción de otro templo y después 21 apartamentos. Recuerdo que cuando vine de San Francisco, la congregación estaba dispuesta y preparada para lanzar un programa para añadir un edificio a las facilidades presentes. Cuando llegué en 1976, ya venía preparado con unos planos y sugerencias para la construcción del nuevo edificio. Los hermanos no creían que era posible construir tal edificio porque era muy grande. Cuando les presenté el proyecto y les dije que me había llamado para guiar y que yo estaba convencido que sí podíamos realizar este proyecto, me creyeron, me siguieron y me apoyaron. Cuando llegó el tiempo de sacar permisos y obtener fondos para la construcción, apareció el primer obstáculo. La Fundación Bautista en aquellos tiempos no prestaba más de $50.000 para proyectos de construcción. Yo les estaba pidiendo $100.000. Me dijo el presidente que la única forma para podernos prestar esa cantidad era que fuera asegurado, con seguro de vida, por $100.000. No hubo ningún problema, sacamos el seguro, nos costó $580, y manos a la obra. La construcción fue realizada con la mitad del costo, porque todos los hermanos y aun amigos de la iglesia, laboramos y ahorramos miles de dólares. Después se presentó la oportunidad de comprar unos apartamentos que habían sido dejados sin terminar por cinco años, fueron lugar de drogas, abuso y vergüenza para la comunidad. La Fundación Bautista, una vez más, nos hizo un préstamo especial de $192.000 para hacer la compra y después nos facilitaron el resto, como $650.000 para terminar el proyecto. Fueron rentados y después la iglesia los vendió.

Después de jubilado, comencé una iglesia aquí en Fresno, Iglesia Bautista Central, ahora la pastorea el hermano Moisés Cabrera. El hermano la ha guiado a una membresía de 100 en tres años. Cuando le llamamos sólo éramos 6 familias.

Por los últimos cinco años he servido como presidente de la Confraternidad Hispana Bautista de California. Y seguiré haciendo lo que pueda para extender el Reino de Dios, hasta que El me llame a Su presencia.

He tenido el privilegio de servir en varias capacidades en la denominación; he viajado a 55 países, he predicado en todo Centro y Sur América, además en Asia Menor y Europa. Dios me ha colmado de bendiciones y privilegios. ¡A El sea la Gloria por los siglos de los siglos, Amén!

Mis hijos han salido buenos. Que yo sepa ninguno ha hecho males, ni han andado en el camino de pecadores. Por lo menos sé, que no se han sentado en sillas de escarnecedores. Tenemos a cuatro damas bellas, tres varones bien parecidos, dieciséis nietos y cuatro bisnietos. ¿Qué más puede pedir un hombre que vino a buscar dólares y encontró a Cristo, la Joya de gran precio, y una esposa que por 57 años que ha permanecido a mi lado en toda esta jornada? ¡Bendito sea Dios!

He aquí mi filosofía ministerial para el éxito: Aprende a ver lo invisible, escucha la voz inaudible, e intenta lo imposible si quieres agradar a Dios. Puedes confiar en Su Carácter. Su integridad es perfecta. ¡El es el mismo ayer, hoy y por los siglos! El quiere bendecirte –Isaías 40:28-31.

Recientemente he sido bendecido y honrado con “Doctorado en Divinidades” conferido por la Universidad Bautista de California, mi “Alma Mater”

Daniel Sotelo

Autor: Daniel Sotelo

Nacido en Guadalajara, Jalisco, emigró a los Estados Unidos en 1950. Estudio en California Baptist University y en el Golden Gate Baptist Tehological Seminary, obteniendo su bachillerato y fue recientemente honrado con un doctorado. Desde 1954 ha sido pastor en 4 iglesias y ha servido como moderador en tres Asociaciones bautistas en diferentes áreas de California. Ha sido presidente del Compañerismo Bautista Nacional y de California, además de servir como Vice-presidente de la Convención Bautista de California. Ha viajado y predicado en 55 países.


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