Introducción

Pablo, el Apóstol de la Cruz a los gentiles, da principio a la tarea suprema de su vida apostólica, el desenvolvimiento de la grandeza de la misericordia en Dios en ofrecer al ser humano, ya caída, la mayor oferta de Dios mismo. Romanos será a criterio de todos los teólogos la obra maestra de su vida. Trazará desde la condenación justa de Adán, nuestro primer padre, hasta la glorificación del creyente unido a Cristo. Este espectro divino de la gracia de Dios para la miseria humana tiene que ser la tarea más trascendental del Dios trino. ¡No puede haber tema más sublime!

Mi trato de Romanos será en más detalle teológico porque el texto merece tanto nuestro esmero; es tema tan sublime. Hace cuarenta y cinco años que doy esta materia en inglés y español en el Instituto Bíblico Río Grande. Por eso no puedo menos que compartir lo que Dios me ha dado y lo que he venido leyendo de otros mayores que yo. Espero que tomes el tiempo de bajar e imprimir los estudios para estudiarlos luego con detenimiento. Vamos a profundizar el gran por qué y el cómo de la muerte de Cristo. Mi oración es que Dios te ilumine y te aplique estas gloriosas verdades.

Con buena razón el Espíritu Santo a través de la iglesia del primer siglo puso el libro a los Romanos en la posición de mayor honor, primero en las epístolas del Nuevo Testamento. Bien merece tal preeminencia porque es el trato más profundo, más completo y más práctico, abriéndonos el mismo corazón del Trino Dios. Con razón termina la primera división de Romanos con la más sublime doxología de la Biblia. Las palabras humanas nos fallan para sondear la sabiduría de Dios: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de Él (origen), y por Él (medio), y para Él (propósito y fin) son todas las cosas. A Él (destino) sea la gloria por los siglos. Amén.” (Ro. 11: 33-36)

La Esencia del evangelio: la gracia de Dios y el creer y el andar por fe Romanos 1: 16-17

En estos dos versículos tan compactos, Pablo resume toda la trayectoria de la salvación presentada en detalle en Romanos 1-8 y más allá en el resto del libro inspirado.

Pablo expresa en Romanos 1:16,17:

  • su profunda confianza:—no me avergüenzo del evangelio
  • su razón de la confianza—el poder transformador de Dios
  • su concepto del resultado de la confianza—una salvación plena y completa
  • su alcance de su confianza—al judío primero y también al griego
  • el por qué de su confianza—la demostración de la misma justicia de Dios
  • el qué de su confianza—se va revelando abiertamente a todo tiempo
  • el medio de confianza—por fe y para fe, el único medio para la gracia
  • la base de su confianza—la sólida base objetiva de las Sagradas Escrituras
  • la realización de su confianza—el justo por la fe vivirá- testimonio del Antiguo Pacto.

En unas cuantas palabras Dios revela a través de su apóstol el vasto panorama de la salvación desde la caída de Adán hasta la glorificación de los hijos de Dios,“herederos con Dios y coherederos con Cristo.” (Ro. 8:17) No tan sólo cancela Dios el mal de la caída del primer hombre por no haber creído a Dios sino que también lo exaltará hasta ser heredero de Dios mismo y en Cristo coheredero. Éste es el triunfo de la Cruz, el medio que Dios usó para la magna gloria de su nombre.

A veces se oye la pregunta por qué permitió Dios que el hombre, el ápice de su creación, pecase y perdiese su futuro. La respuesta es que Dios tenía en mente un futuro mucho más glorioso para su creación creedora. Al final de cuentas tal plan divino resultaría en la máxima gloria de su gracia. Cogemos sólo una mera vislumbre de la grandeza de la gracia y el amor de Dios. Nunca podría caber en nuestra mente tan finita y limitada la excelsa gloria del Dios Trino.

Se debe tomar en muy cuenta el tiempo de los verbos de estos dos versículos. Pablo no habla en términos del pasado o el futuro sino en el presente, el eterno presente. Dios no existe en tiempo; por eso la salvación desde Génesis hasta Apocalipsis es la misma salvación. Es cierto que Dios viene revelando su sublime y santo carácter y el profundo mal nuestro a través del tiempo. Pero si el primer pecado fue la incredulidad, la salvación vendrá por la fe en el carácter santo y amoroso de Dios. Dios está siempre a la orden de los que se acercan a él atraído por el Espíritu Santo. En Romanos 1:16, 17 el único verbo que aparece es el futuro: “el justo por la fe vivirá.” Pero en griego el futuro es una proyección del presente a su lógico fin.

Dos atributos divinos muy importantes en comprender la salvación – el amor y la santidad

Entre los atributos de Dios hay dos que se destacan por encima de los demás, su santidad y su amor. Es imposible comprender los tratos divinos sin tomar en cuenta de manera igual estos dos atributos que rigen en todo lo que es y hace Dios. No se puede decir que uno es mayor que el otro. Ni puede haber nunca ninguno conflicto entre ellos. La revelación magna de los dos atributos tomó lugar en la Cruz; Dios motivado por el amor envió a su propio Hijo en sacrificio por el pecado así satisfaciendo eternalmente su santidad expresada en la ley. Juan, el Apóstol del amor, dijo: “En esto conocemos el amor, en que El puso su vida por nosotros . . . .” (1 Juan 3:16) La Cruz es el cenit de la gloria de Dios Los demás atributos proveen el trasfondo de su persona.

No nos es posible empezar a comprender el amor de Dios porque nuestro horizonte queda tan limitado por la idea del amor, como si fuera sólo un sentimiento, no más. Pero Dios es Espíritu (Juan 4:24); Dios es amor (1Juan 4:8). Todo lo que hace y planea es motivado por y para el bienestar de lo suyo. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”(Ro. 8:32)

La santidad de Dios manifestada en la justicia choca con el pecado del ser humano

Si la esencia de Dios Padre es amor y lo es ¿qué debiera haber sido tan inimaginablemente malo
para que tuviera que enviar a su único hijo amado como el precio exigido para salvar al inmerecido pecador. Se explica en su inestimable amor para con lo suyo pero a costa de un precio inimaginable. Dios no pudiera haberse equivocado por haber mandado a su Hijo a tal muerte. Debería haber sido la única manera de mostrar su amor a tal gran costo personal. En breve fue el pecado tuyo y el mío, no del arcángel Lucifer porque nunca lo quiso salvar. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Ro. 5:8)

La sola razón que pudiera explicar tan alto precio que Dios mismo pagó para salvarnos debió haber sido la demanda justa que su santidad exigió. “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” dijo Habaukuk1:13. La justicia es la santidad de Dios en acción; toma la forma de la ira santa de Dios. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad.” (Ro. 1:18) Esta santidad quedó cristalizada en la ley de Moisés. Pero aun antes de la ley su concepto irrevocable de su santidad vino expresado en la única prohibición dada a Adán: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” (Gen.2:16,17)

¿Cómo resolvió este choque moral el juez justo?

La santidad se expresa en la justicia manifestada hacia las relaciones que tiene Dios con los seres humanos. Para poder perdonar al impío parece que habría sido una barrera imposible. Dios había dicho en Ex. 23:7 con toda claridad y autoridad: “De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío.” Pero para salvar al impío Dios tendría que hacer precisamente tal cosa imposible: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5).

Marcos 8:31 declara abiertamente: “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo de Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes, y por los escriba, y ser muerto, y resucitar después de tres días.” No nos toca definir la necesidad sin sólo poder decir el amor de Dios en conflicto con el pecado le exigió nada menos que su muerte en nuestro lugar.

La resolución justa de este aparente dilema es que Dios, el juez justo, halló la manera justa de pagar tal sumo precio por el pecado nuestro por habernos enviado a su amado Hijo. Su muerte en la cruz satisfizo eternamente la justicia y la santidad de Dios manifestadas en la ley divina. Su santidad en acción en tal justicia pudo guardar así la santidad expresada en la ley y a la vez él tomó sobre sí la pena que merecíamos. Este gran designio de Dios en salvarnos eternamente ahora viene definido como la justicia de Dios en el evangelio. Esta justica de Dios nos garantiza una nueva posición legal ante el Juez, declarado tan justos como su amado Hijo. Ésta es la justificación que será descubierta en Romanos 3:21-31.

La Justica de Dios siendo la nueva posición nuestra ante el Dios justo

Ésta es la segunda definición de la justicia de Dios. La primer definición era el atributo mismo que toma la forma de la ira de Dios ante el pecado; la segunda definición revela que el plan divino fue elaborado de tal manera que la santidad de Dios nunca podría ser perjudicada. En la interpretación de Romanos que sigue, veremos vez tras vez la segunda definición como la esencia de la buena nueva. La primera definición, es decir, la ira de Dios nunca sería la buena noticia sino más bien la peor para el pecador.

Por lo tanto la justica, el atributo, siendo una expresión de su santidad quedó en pie y preservada de cualquier nube de duda por la muerte vicaria de Jesús bajo el plan eterno de Dios. En resumidas cuentas Pablo declara que en nuestra salvación tanto la justicia de Dios como el amor de Dios quedan vindicados por la muerte de Cristo en base de la fe. De esa manera Dios declara justo al culpable que cree o el impío que cree en su divino sustituto. Ésta es la buena noticia de la cual Pablo se jacta en Ro. 1:17: “Porque en el evangelio la justicia de Dios—esta nueva posición jurídica ante el juez justo –se revela por fe y para fe como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.”

El salmista lo expresó perfectamente: “La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra y justicia mirará desde los cielos. Jehová dará también el bien, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y sus pasos nos pondrá por camino.” (Sal. 85:10-13)

El Segundo elemento principal de la salvación la fe en el sustituto divino

El primer elemento es la maravillosa gracia de Dios hallando la manera de salvar al impío que cree sin ser perjudicada en nada la santidad divina. El segundo elemento tan inesperado es que todo esto está disponible a base de la pura fe. Después de la fuerte condenación que veremos en Ro.1:18-3:20 no pudiera haber nada de las obras nuestras. Pablo nos da la respuesta en Ro. 4:16: “Por tanto, es por fe para que sea por gracia a fin de que la promesa sea firme . . . . ” Tres veces en estos dos versos Ro.1:16,17 Pablo destaca la fe: 1.) para salvación a toda aquel que cree; 2.) la justicia de Dios se revela por fe para fe; 3.) mas el justo por la fe vivirá ¿Qué pudiera ser más claro que esto; sólo por la fe se recibe la gracia de Dios tanto en la justificación como en la santificación. La única otra opción sería por nuestros méritos y no los tenemos nunca.

¿Qué es la fe, si es tan crucial?

No es fácil abarcar la fe redentora. Pablo dedicará todo el capítulo de Romanos 4 a tal tema. Pero la fe abarca el aspecto intelectual—conocimiento de la verdad, cierta base bíblica que es totalmente Cristo-céntrica; el aspecto emotivo– la confianza en la persona de Cristo y finalmente lo más importante el aspecto volitivo– compromiso o una entrega basada en la Palabra de Dios y su mismo carácter de ser fiel. Estos aspectos involucran todo lo que es la verdadera fe salvadora. A la vez no es difícil cuando el Espíritu Santo hace su obra. Es él mismo quien produce la fe y respondemos a su iniciativa. Me gusta describir la fe, no definirla, por decir que es la respuesta humana a la iniciativa divina. En la fe no hay mérito alguno; al contrario es nuestro Si, no puedo, pero sí que tú puedes y tomo lo ofrecido y doy gracias.

Surge una pregunta, ¿por qué no habla Pablo en Romanos 1-8 del arrepentimiento? Sí que se incluye el arrepentimiento, pero está implícito en la fe salvífica. Después de la denuncia tan devastadora del pecado del ser humano, ni se puede arrepentirse por nuestro esfuerzo. Pero tan bondadoso es Dios en dar un don tan inefable; sólo la fe que se origina en Dios puede tomar y decir– Amén. Esto no implica que el ser humano sea pasivo. El ser humano es salvable en el plan de Dios. En su total depravación no puede ni hacer nada menos que recibir la oferta genuina de la mano de Dios. Pero tiene que ser un recibimiento de mente, alma y espíritu bajo la capacidad dada en gracia por el Espíritu. De esta manera toda la honra y la gloria es dada a Dios y el ser humano nace de nuevo por la pura gracia de Dios. Con toda razón Pablo dice, No me avergüenzo del evangelio y pronto nos da los primeros pasos en hacérnosla saber.

Puntos por ponderar

  1. Los dos atributos divinos el amor y la santidad se complementan tan perfectamente en el plan salvífico
  2. Antes de que Dios nos pudiera salvar, su justicia tuvo que ser satisfecha por el pago del rescate exigido por la misma santidad de Dios expresada en la ley
  3. Ya satisfecho Dios por la muerte de su amado Hijo, está en plena libertad de mostrarnos su gran amor por salvarnos y dar la oferta genuina de la justificación y también la santificación
  4. Esta salvación tuvo que originarse en Dios Trino llevada a cabo por el Hijo y aplicada por El Espíritu Santo
  5. Todo esto se recibe por pura fe y será motivo de nuestra gratitud eterna.
Gordon Johnson

Autor: Gordon Johnson

es reconocido en América latina como conferencista. Ha servido como profesor en el Seminario Bíblico Rio Grande, Texas desde 1954, siendo presidente de la institución por muchos años también. Tiene diversos títulos entre los cuales recibió un Masters en Estudios Latinoamericanos y un doctorado en Misionología.


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