Spurgeon explicó la Biblia al hombre de la calle en cada etapa de su vida cristiana. Lo hizo cuando era un predicador adolescente que salía a exponer la Palabra en diversos caseríos ubicados en las inmediaciones de Cambridge, y también lo realizó durante un par de años en su primer oficio de pastor, en Waterbeach. La capilla bautista de New Park Street, en el sur de la ciudad de Londres, resonó vibrante con sus predicaciones bíblicas, muchas de las cuales están ya disponibles en español, y el Tabernáculo Metropolitano retumbó con los mensajes iluminadores del pastor Charles Spurgeon. Los truenos de su predicación vibran todavía hoy, esparciendo la sana doctrina bíblica en todos los ámbitos de nuestra América hispana.

“Gran multitud del pueblo le oía de buena gana”, nos informa el evangelista Marcos acerca de Jesús. Se dice también que una gran multitud del pueblo de Londres y sus alrededores escuchaba con creciente avidez las magníficas exposiciones bíblicas de Spurgeon, en la Inglaterra del siglo diecinueve.

El pastor Spurgeon no fue el primero en fundamentar un ministerio exitoso en una interpretación sostenida de la Palabra de Dios. Los ‘puritanos’ (de quienes era un ávido y devoto lector), habían ejercido ministerios similares. Después de la partida de Spurgeon, llegó otra sucesión de ‘gigantes’ del púlpito que poseía una fuerte influencia bíblica. El doctor Wilbur M. Smith nos menciona, entre otros, al doctor D. Martyn Lloyd-Jones, quien dedicó un año entero a la exposición de un solo capítulo de la palabra de Dios, tomado del Libro de la Epístola a los Romanos. Cita también al doctor Donald Barnhouse, que predicó durante cuatro años sobre la Epístola a los Romanos, y al doctor Harry Ironside, quien expuso todo el Nuevo Testamento, cada domingo de manera consecutiva. Hace referencia también al doctor J. Vernon McGee, que seleccionó y explicó un capítulo prominente de cada uno de los libros de la Biblia. Sin embargo, ninguno de ellos despierta el interés en los lectores de hoy, como lo hace Charles.

El señor Spurgeon no estaba inclinado a predicar series de sermones sobre libros de la Biblia (o sobre ciertos tópicos); sin embargo, durante su ministerio, predicó sermones basados en versículos tomados de cada uno de los libros de la Biblia, con la excepción de la Segunda Epístola de San Juan.

Es interesante mencionar que en los servicios dominicales, Spurgeon utilizaba un momento del servicio para presentar exposiciones de capítulos enteros de la Biblia. Sería muy bueno poder ver traducidos al español algunos de esos espléndidos comentarios que nos hablan del grado de entendimiento del material bíblico que poseía el pastor Spurgeon. En la revista mensual que publicó durante mucho tiempo, La Espada y la Cuchara, incluyó muchas obras expositivas que más tarde fueron publicadas en forma de libros. Un buen ejemplo de esto es el libro El Alfabeto de Oro – Salmo 119. También escribió libros que contienen exposiciones que estaban destinados específicamente para la publicación, tales como su obra magna: El Tesoro de David, que es una prolija exposición del Libro de los Salmos. Antes de su muerte, pudo completar el libro El Evangelio del Reino, que contiene sus comentarios sobre el Evangelio de San Mateo, que vio la luz póstumamente.

Es bueno recordar que, a diferencia de la sobreabundante literatura que se encuentra disponible hoy día para los estudiosos de la Biblia, tales como copias antiguas del Nuevo Testamento griego, miles de manuscritos en latín, y varios miles de fragmentos en siríaco y en otras lenguas, Spurgeon contaba solo con la Versión Autorizada o la Versión del Rey Jacobo de 1611, y al final de su vida pudo estudiar también la Versión Revisada, pero fue capaz de presentar la Palabra de Dios al hombre ordinario y necesitado, en un inglés sencillo marcado por un fuerte acento anglosajón.

Se ha dicho que la Biblia se distingue como la Palabra de Dios por el espíritu de amor que exhala desde cada una de sus partes componentes. Como una biblioteca divina compuesta de 66 libros, la Biblia se distingue por una suprema consideración de la gloria de Dios: solamente Él es exaltado. A través de toda la Biblia, la fe es el grandioso principio que cumple todo. Dios nos dio la Biblia para que podamos conocer Su santidad y nuestra impiedad. Nos muestra nuestra necesidad de la salvación eterna, y nos explica la naturaleza de esa salvación. La predicación de la Palabra de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo, nos hace “sabios para la salvación”, y es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.” Spurgeon creía esto y es por ello que en su predicación, enseñanza y ministerio literario, él exaltaba la Biblia, porque la Biblia exalta a Cristo como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Hay varios pasajes autobiográficos en los sermones de Spurgeon que describen su actitud para con la Palabra de Dios.

Spurgeon conocía algo sobre el valor de la Biblia:

“Antes de mi conversión yo estaba acostumbrado a leer las Escrituras, a admirar su grandeza, a sentir el encanto de su historia, y a sorprenderme ante la majestad de su lenguaje.”

En el Libro que habla, un sermón predicado en 1871, Spurgeon declaró cómo las Escrituras se habían vuelto cada vez más preciosas para él:

“Muchos libros de mi biblioteca están ahora detrás de mí y por debajo de mí; los leí hace años, con considerable placer; los he releído, después de algún tiempo, con desilusión; no volveré a leerlos nunca, pues no me sirven de nada. Fueron buenos, a su manera, alguna vez, como también lo fueron los vestidos que usé cuando tenía diez años; pero ya no me sirven, y sé más de lo que estos libros enseñan, y sé dónde están sus fallas. Pero nadie supera a la Escritura, el libro que se ensancha y se profundiza con los años. Es cierto que realmente no puede crecer, pues es perfecto; pero lo hace en cuanto a nuestro entendimiento. Entre más profundo caven en la Escritura, más descubrirán que es un gran abismo de verdad.”

La única queja que tenía contra la Versión Autorizada era su división en capítulos y versículos: “Me siento vejado por el individuo que dividió la Biblia en capítulos; me olvido de su nombre en este preciso momento, y tengo la certeza de que no vale la pena recordarlo. Me he enterado que realizó la mayor parte de su obra con su cincel entre Londres y París, y su trabajo resultó ser muy tosco. Seguramente estaba dividiendo el Evangelio de Mateo en capítulos mientras atravesaba el Canal de la Mancha, pues lo dividió en lugares muy extraños.” (Nota: la división de la Biblia en capítulos se le atribuye a Stephen Langton, c.1150/55-1228, Arzobispo de Canterbury. Con muy pocas modificaciones, es la división en uso).

En contraste con ese franco comentario sobre la deficiencia, Spurgeon dijo lo siguiente en un sermón sobre la ‘infalibilidad’: “La Santa Escritura es una arpa eolia a través de la cual el viento bendito del Espíritu está soplando siempre para crear una música mística de tal naturaleza, que los oídos humanos no oirían en ninguna otra parte, ni oirían tampoco allí, a menos que hubieren sido abiertos por el toque sanador del Grandioso Médico.”

La Biblia era la guía infalible de Spurgeon en todas las cosas, en toda circunstancia y en toda situación de la vida: “Si quiero viajar en tren, uso a Bradshaw, y no confío en las habladurías; y si quiero ir al cielo, debo seguir a la Biblia.”

Como para la mayoría de nosotros, hubo momentos en los que la Biblia era un libro ‘árido’ para Spurgeon. Pero, al continuar leyéndolo, revivía (al igual que Spurgeon). “Yo confieso que, con frecuencia, me he alimentado de la Palabra de Dios cuando no he sentido apetito por ella, hasta que he logrado recuperar el apetito. Me he vuelto hambriento en la medida en que me he sentido satisfecho: mi vacío parecía matar mi hambre, pero conforme he sido revivido por la palabra, he anhelado más de ella.”

“Yo diría que ningún bautista debería temer jamás producir el texto correcto, y una interpretación precisa del Antiguo y del Nuevo Testamento. Durante muchos años los bautistas han insistido en el hecho de que deberíamos traducir la Palabra de Dios de la mejor manera posible. Todo lo que necesitamos es la mente exacta del Espíritu, en la medida en que podamos alcanzarla.”

Dando ejemplos del amplio uso que podemos hacer de la Biblia, Spurgeon utilizó una ilustración casera: “Recuerdo un libro que poseía mi padre, titulado Medicina familiar, que era consultado cuando cualquiera de nosotros caía enfermo con enfermedades infantiles. El Libro (la Biblia), es nuestro libro de medicina familiar. Pueden usarlo en los funerales. Pueden usarlo en las bodas. Pueden usarlo en los cumpleaños. Pueden usarlo como una lámpara en la noche. Pueden usarlo como una sombrilla durante el día. Es un Libro universal; es el Libro de los libros que ha proporcionado material para montañas de libros; está hecho de lo que yo llamo biblina, es decir, de la esencia de los libros.”

Concluimos este artículo recomendando a nuestros lectores que hagan de la Biblia, su libro de medicina familiar, al punto que nuestra sangre se convierta en biblina.

2

Continuamos con esta serie de artículos con el propósito de mostrar el papel preponderante que tuvo la Biblia en la vida del gran predicador inglés del siglo 19. En la época en que vivió el señor Spurgeon, no toda la gente tenía la costumbre de llevar su Biblia al culto. Por esa razón Spurgeon deseaba que su congregación lo hiciera, para que pudieran seguir la lectura y la exposición. En ese sentido decía: “no hay música más dulce para mí que el leve crujido que se escucha cuando pasan las páginas de sus Biblias. Cuando predico podría leer lo que yo quisiera y nadie me seguiría para ver si estoy citando correctamente. He estado inclinado a comprar carretillas de mano para que puedan traer en ellas sus Biblias a la Capilla”.

George Müller de Bristol, quien era muy amigo de Spurgeon (ambos estaban involucrados en ministerios de orfanatos), dijo una vez: “El vigor de nuestra vida espiritual está en una proporción exacta al lugar que tenga la Biblia en nuestra vida y en nuestros pensamientos. Yo considero perdido el día en que no dedico un tiempo sustancial a la Palabra de Dios”. Spurgeon habría estado plenamente de acuerdo con esos sentimientos. Debido a que encontraba que las enseñanzas de la Biblia eran profundamente valiosas para él, personalmente, dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a interpretar y exponer este notable Libro, tanto desde el púlpito como a través de la palabra impresa. Para este fin fundó su Colegio del Pastor, ahora conocido como Spurgeon’s College, en Londres, para que muchos jóvenes pudieran ser entrenados para convertirse en eficaces ministros del Señor.

Pero nos estamos adelantando. Debemos comenzar en Kelvedon, aldea ubicada en Essex, su lugar de nacimiento, antes de llegar a Londres y a su Colegio y a sus instituciones filantrópicas. Debemos echar un vistazo a los detalles biográficos de este hombre del Libro.

Eric H. Worstead, en una minibiografía de Charles Haddon Spurgeon, describe la carrera del predicador victoriano en unas breves líneas: “Nacido en Kelvedon, Essex, el 19 de Junio de 1834; convertido en una capilla metodista en Colchester, el 6 de Enero de 1850; bautizado en Isleham, el 3 de Mayo de 1850; ministro en Waterbeach en 1852; predicó por primera vez en New Park Street, Londres, el 11 de Diciembre de 1853; fue nombrado ministro allí en 1854; construyó el Tabernáculo Metropolitano en 1861; murió en Mentone, Francia, el 31 de Enero de 1892”.

Al igual que otros biógrafos, Eric Worstead omitió poner un énfasis en el papel que la Palabra de Dios jugó en la vida del Príncipe de los Predicadores. Noten cómo podríamos insertar la Biblia en el bosquejo histórico mencionado: nació en Kelvedon, Essex, en 1834 (y su nacimiento fue registrado en la Biblia de la familia); fue convertido en una Capilla metodista primitiva en Colchester en 1850 (y el hombre que suplió el púlpito aquella fría mañana de domingo no pudo hacer otra cosa que repetir un texto de la Biblia: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra”); bautizado en Isleham en 1859 (después que aprendió la verdad del bautismo por inmersión enseñado en el Nuevo Testamento); ministro de Waterbeach y de New Park Street donde únicamente predicó sermones basados en textos de la Biblia y no en tópicos; concluyó la construcción del Tabernáculo Metropolitano en 1861 (expresando que: el ‘Tabernáculo’ era un ‘edificio temporal, destinado al tiempo transcurrido en el desierto sin el Rey visible”, basando el nombre de su iglesia en cimientos bíblicos); murió en Mentone, Francia, en 1892 (su cuerpo fue enterrado en el cementerio de West Norwood en Londres. Una Biblia abierta es una parte integral del diseño del mausoleo).

Spurgeon predicó a partir de la Biblia y predicó acerca de la Biblia; ensalzó la Biblia y la expuso. Predicó tomando textos o pasajes de cada libro de la Biblia excepto de uno, la Segunda Epístola de Juan. Es interesante notar el número de sermones predicados sobre algunos libros de la Biblia. El Libro de los Salmos fue un favorito especial: predicó 389 sermones entresacados de ese tesoro. Del Libro de Isaías predicó 233 sermones; del Evangelio de Lucas 213 sermones; del Evangelio de Juan 274; de Romanos 128; de Hebreos 127 y de Apocalipsis 71. Nos estamos refiriendo a los sermones de los que se conserva un registro. Hay que recordar que Spurgeon predicaba a menudo lejos del Tabernáculo Metropolitano y esos sermones no quedaron registrados. También hay que recordar que cuando llegó a Londres en 1854 ya había predicado más de 700 sermones.

Spurgeon fue un predicador bíblico. En una ocasión comentó: “los pasajes más impactantes de cualquier sermón son los textos bíblicos.” Muchos de los textos que intercalaba en los sermones eran citados de memoria.

Resumiendo podemos decir que los sermones de Spurgeon constituyen una vasta exposición de la Biblia y revelan un profundo amor por la Palabra de Dios. Spurgeon ‘se propuso no saber cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.’

Pocas personas han notado la importancia de la predicación bíblica de Spurgeon, y puesto que hay un abundante material con el que podemos ejemplificar su interpretación y exposición de la Escritura, nos limitaremos a aquellos sermones que pueden listarse bajo la categoría de “Biblia” o “Palabra de Dios”, que enfatizan la completa confianza de Spurgeon en la Biblia como un libro inspirado y como la Palabra de Dios con autoridad, divinamente revelada y registrada por medio del ministerio del Espíritu Santo.

Spurgeon entendió que su oficio era “predicar a Cristo” en el Tabernáculo Metropolitano, entonces, vamos a recurrir naturalmente a un sermón que expone el respeto que Cristo sentía por la Biblia y, en especial, por las Escrituras del Antiguo Testamento, la Biblia de nuestro Señor en aquel entonces.

En un sermón predicado el 27 de Marzo de 1887, titulado “Jesús rehusó a las legiones”, expuso lo siguiente acerca de la infalibilidad de la Biblia: “Si las Escrituras fueran solamente los escritos de unos hombres, no habría necesidad de que fueran cumplidas. Si sólo fuesen unas expresiones falibles de algunos hombres buenos, no veo una particular necesidad de que fueran cumplidas… las Escrituras eran evidentemente la Palabra de Dios para nuestro Señor Jesucristo. Nunca las toma a la ligera ni difiere de ellas, ni tampoco predice que desaparecerán… Él creía en el origen divino de las Escrituras y también en su infalibilidad… en efecto, Él dice: “Moriré antes que alguna Escritura no vea su cumplimiento”.

Hablando del “valor inapreciable” de las Escrituras, comentó en el mismo sermón: “El Libro del Destino es una lectura cruel, pero el Libro de la Ordenación Anticipada está lleno de frases encantadoras, y nosotros elegimos gozosamente que sean cumplidas las líneas tomadas de ese Libro que están escritas en la Biblia… Amados hermanos, valoremos las Escrituras en la medida en que Cristo lo hizo”.

Quizá su más grandioso sermón sobre la infalibilidad de la Escritura es uno que lleva precisamente ese título, predicado el 11 de Marzo de 1888, y el texto utilizado es: “Porque la boca de Jehová lo ha dicho”. Nuevamente aquí llamó la atención a la manera en la que Jesucristo consideraba a la Palabra de Dios: “Independientemente de la manera en que pueda ser tratado este libro hoy en día, no fue tratado desdeñosamente, ni negligentemente, ni cuestionablemente por el Señor Jesucristo, nuestro Dios y Maestro. Es digno de notarse cómo reverenciaba la Palabra escrita… Él citaba continuamente la Ley y los Profetas, y los Salmos; y siempre trató a los sagrados Escritos con una intensa reverencia, en un claro contraste con la irreverencia del “pensamiento moderno”.

La creencia de nuestro Señor en la autoridad de la Escritura era la garantía que Spurgeon tenía para exponerla de esta manera: “No sentimos ningún imperativo de exponer ni de aplicar lo que ha sido dicho por los hombres… y no deberíamos tener un motivo justificable para predicar durante toda nuestra vida, si no tenemos este mensaje: “La boca de Jehová lo ha dicho”.

Spurgeon afirmó de la siguiente manera su propia “absoluta fidelidad” a la Palabra de Dios: “Nosotros repetimos la Palabra como un niño repite su lección. No nos corresponde a nosotros corregir la revelación divina, sino simplemente ser su eco. Yo no considero que mi oficio consista en presentarles pensamientos nuevos y originales de mi propio peculio; mas mi oficio consiste en decirles: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió”.

En ese mismo sermón describió a la Biblia diciendo que tiene una “dignidad única”, “absoluta certidumbre”, y una “fijeza inmutable”. Lo resumió todo con estas palabras: “Este libro es inspirado como ningún otro libro es inspirado, y ya es tiempo de que todos los cristianos confiesen esta convicción… si nos dejaran la duda en cuanto a qué parte es inspirada y qué parte no lo es, nuestra situación sería tan grave como si no contáramos del todo con la Biblia”.

En el sermón titulado: “Jehová ha hablado: ¿y no quieren escuchar?”, predicado el 4 de Noviembre de 1883, Spurgeon declaró: ‘Lo que he escrito, he escrito’. “Él no cambia Su Palabra, mas Su palabra permanece aunque el cielo y la tierra pasen. No estamos viviendo en un período de revelación gradual, como algunos imaginan: Jehová ha hablado, y no abre Su boca una segunda vez. Él ha cerrado el canon de la Escritura con una maldición sobre aquél que le agregue o le quite a las palabras del libro de esta profecía que Jehová ha hablado. No tienen que seguir haciendo descubrimientos de una nueva verdad fuera de la Escritura; su deber radica en recibir diligentemente el testimonio completo del Señor nuestro Dios”.

Recibamos con diligencia el testimonio completo del Señor, aun en aquellos puntos que resultan aborrecibles para nuestra carne.

3

En nuestro artículo anterior hacíamos referencia a un sermón titulado: “Jehová ha hablado: ¿y no quieren escuchar?”, que fue predicado por el pastor Charles Spurgeon el día 4 de Noviembre de 1883. El propósito entonces era exponer el respeto que Cristo sentía por la Biblia y, en especial, por las Escrituras del Antiguo Testamento, la Biblia de nuestro Señor en aquel tiempo.

En ese mismo sermón el señor Spurgeon agregó esta palabra personal como testimonio: “Para mí, una frase de la Escritura es la esencia de la lógica, la prueba contundente, la palabra que no puede ser cuestionada. Podríamos dudar de los ojos y de los oídos, pero no de la palabra escrita, inspirada por el Espíritu Santo”.

Spurgeon se refería a la Biblia como “el texto escolar de los santos para el salón de clases. En “La bendita disciplina”, un sermón sobre el Salmo 94: 12-15, predicado el 24 de Marzo de 1888, el pastor dijo: ‘Al principio es nuestro manual básico, y cuando avanzamos más en la gracia, se convierte en nuestro más profundo clásico; y a lo largo de todo el camino nos suministrará nuestra poesía más sublime y todo lo demás que pudiéramos anhelar”.

Cambiando el símil, Spurgeon comparó a la Biblia con un manojo de llaves de un cerrajero, diciendo que cada una de esas llaves abre una gaveta diferente llena de promesas preciosas, o un mapa que muestra al cristiano el camino que debe andar o la dirección que debe seguir.

En un sermón predicado con motivo de la apertura de una nueva Capilla Bautista en Upper Tooting, Londres, titulado “La Palabra de un Rey”, Spurgeon habló acerca de las Escrituras y siguió cuatro ideas principales: 1) el propósito de la Palabra de Dios es “provocar nuestro sobrecogimiento; 2) asegurar nuestra obediencia; 3) inspirar nuestra confianza; 4) dirigir nuestros esfuerzos”. Exhortaba a la congregación de esta manera: “Yo espero que al poner los cimientos del edificio espiritual que ha de ser erigido en conexión con este lugar, ustedes procurarán hacerlo de conformidad con las instrucciones del Libro de los estatutos divinos… para los cristianos la palabra de Dios es la única regla de fe y de práctica. Nuestra doctrina tiene autoridad porque es la Palabra de Dios, y no por ninguna otra razón. Nuestras ordenanzas son válidas porque fueron instituidas por la Palabra de Dios: si no fueran ordenadas por la Palabra de Dios, serían sólo vanas ceremonias. Todos los ritos, las reglas y las regulaciones del hombre no tienen ningún valor”.

Concluyó su inspirador mensaje planteando esta suposición: “Si fueran a darle a alguien el Tabernáculo de Newington y le dijeran: ‘Allí está, puedes dictar conferencias sobre geología, astronomía o lo que tú quieras, dos veces el día domingo y cada noche durante la semana también, y veamos si puedes mantener lleno el auditorio todos los días’, tengan la seguridad de que fracasaría. La gente no acudiría por mucho tiempo. En cambio, sin una gran oratoria nosotros predicamos el Evangelio una y otra vez, y la gente viene. No pueden evitarlo. No oyen nada nuevo; se trata de lo mismo que se repite una y otra vez y, sin embargo, nunca es monótono: hay siempre una gloriosa frescura en torno al Evangelio”.

Sin embargo, el testimonio personal del pastor Spurgeon en cuanto al poder real de la Biblia se encuentra en el sermón titulado: “La Biblia probada y comprobada”, que fue predicado la mañana del domingo 5 de Mayo de 1889. Tomando como texto el Salmo 12: 6: “Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces”, enfatizaba la inspiración verbal, la autoridad divina, la obligación del creyente a la obediencia y a la fidelidad, y también daba su propio testimonio personal en relación a la Palabra de Dios.

De la inspiración de la Biblia decía: “Nosotros bendecimos al Señor por la inspiración verbal, de la que podemos decir, ‘Guardé las palabras de su boca más que mi comida. No conozco ninguna otra inspiración, ni tampoco soy capaz de concebir una que pueda ser de verdadero servicio para nosotros. Necesitamos una revelación clara sobre la que podamos ejercitar la fe. Si el Señor nos hubiera hablado por algún método cuyo significado fuera infalible pero Sus palabras fueran cuestionables, no habríamos sido edificados sino confundidos; pues ciertamente es una ardua tarea extraer el verdadero sentido de palabras ambiguas. Siempre tendríamos temor de que el profeta o el apóstol no nos hubieran dado, después de todo, el sentido divino: es fácil oír y repetir palabras; pero no es fácil expresar lo que otro quiere decir, con palabras propias perfectamente independientes: el significado se evapora con facilidad. Pero nosotros creemos que los hombres santos de antaño, aunque usaran su propio lenguaje, eran guiados por el Espíritu de Dios para usar palabras que también eran las palabras de Dios”.

Afirmemos nuestra convicción de que la palabra de Dios es la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores.

Spurgeon tildaba de “semiblasfemia” la creencia de que el Nuevo Testamento era más inspirado que el Antiguo Testamento, y explicaba su punto de vista así:

“No quisiera cometer un error diciendo que en el Antiguo Testamento se encuentran más lingotes de oro de la verdad que en el Nuevo Testamento, pues haciendo eso estaría cayendo en el mal que condeno; pero sí diré esto: que tienen la misma autoridad y que cada Testamento proyecta tal cantidad de luz sobre el otro, que no podríamos prescindir de ninguno de los dos. ‘Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre’. A lo largo de todo el Libro, desde Génesis hasta Apocalipsis, encontramos las palabras de Jehová que son siempre palabras puras”.

Spurgeon se estaba refiriendo, por supuesto, a los documentos originales y no a copias ni traducciones: “No dudo en decir que yo creo que no hay absolutamente ningún error en el original de las Santas Escrituras, de principio a fin. Podría haber y hay errores de traducción, pues los traductores no son inspirados, aunque incluso los hechos históricos son correctos… si yo no creyera en la infalibilidad del Libro, preferiría prescindir de él”.

Hablando de quienes han intentado proscribir o quemar el Libro, Spurgeon comentó con respecto al diablo: “Si hubiera podido destruir la Biblia habría traído los carbones más calientes del centro del infierno. Pero ha sido incapaz de destruir ni una sola línea”.

Debido a que es un libro tan digno de confianza, es un arma confiable, una aguda espada de dos filos que cada creyente debería ser capaz de blandir en vez de dejarla guardada en su vaina: “La espada tiene que ser desenvainada, y tenemos que combatir con ella sin intentar adornarla. Proclamen las palabras de Dios. No omitan ni los terrores del Sinaí, ni las notas de amor del Calvario. El Espíritu Santo usa la palabra de Dios; este es Su único ariete con el que derriba los baluartes del pecado y del yo en aquellos corazones humanos con los que trata eficazmente.”

Habiendo abogado tanto a favor de la Palabra de Dios, el predicador enfatizó cómo merece ser estudiada por los creyentes: “Amados, ¿puedo exhortarlos a la constante indagación de la Escritura inspirada? ¡Aquí está la última novela recién publicada! ¿Qué haré con ella? Arrójala al suelo. ¡Aquí está otra obra de ficción que ha sido grandemente popular! ¿Qué haré con ella? Apártala de tu lado, o empújala por entre las barras de la parrilla. Este sagrado volumen es la más reciente de las novelas. Para algunos de ustedes sería un libro enteramente nuevo. Nosotros tenemos una sociedad que suministra Biblias a los lectores, pero tenemos una gran necesidad de lectores de la Biblia. Me aflige que incluso para algunos que ostentan el nombre de cristiano, la Santa Escritura es el libro menos leído de su biblioteca”.

Spurgeon sabía que si los cristianos leyeran y estudiaran más su Biblia, serían más fuertes espiritualmente y no sería fácil que fueran seducidos por la mundanalidad y la tentación. El pastor describió a esos fuertes hombres en un sermón intitulado “Una descripción de los jóvenes en Cristo”, predicado el 8 de Abril de 1883, sobre el texto de 1 Juan 2: 13, 14. Decía: “La palabra inspirada ha de ser recibida por una mente dispuesta. ¿Cómo? El Libro que está puesto allí ha de ser argumentado aquí, en lo más interno del corazón, por la obra del Espíritu Santo en la mente. Todas estas letras han de ser convertidas en espíritu y en vida. Primero, conózcanlas, luego, recuérdenlas y atesórenlas en su corazón… Un hombre instruido en las Escrituras es como un caballero armado, y cuando se adentra en la multitud inflige muchas heridas, pero no sufre ninguna, pues está recubierto de acero… Siempre está allí, y no puede serle arrebatado”.

Nuevamente enfatizaba la necesidad de la lectura y del entendimiento de la Biblia en el Sermón No. 1792, intitulado “¿Entiendes lo que lees?”, sobre Hechos 8: 30-33 del 11 de Mayo de 1884:

“Voy a suponer que leen la Biblia; permítanme esperar que no estoy equivocado; pero cuando la lean, trabajen arduamente, sobre todas las cosas, para entender lo que leen. El Libro fue escrito para ser entendido… nos beneficia en la proporción en que entendamos su significado”.

¡Qué transformación de la vida y del carácter, de las palabras y de la conducta le proporciona al creyente la lectura y el estudio de la Biblia! ¿Cuánto tiempo dedicamos cada día a la lectura de la Biblia? ¿La comprendemos realmente? Yo he descubierto que la lectura de los sermones del pastor Spurgeon me proporciona una indecible enseñanza sobre la Biblia. He descubierto que la relectura de los sermones me revela siempre nuevas facetas y nuevos matices. La gran preocupación de Spurgeon al predicar basándose en la Biblia era no solamente ver que las almas fueran salvadas sino que los santos fueran santificados. Decía: “Si leemos las Escrituras rectamente, no recibimos el tipo de cristianismo que nos santifica los días domingo y nos permite ser deshonestos a lo largo de toda la semana”.

Leamos y estudiemos las Escrituras.

Allan Román

Autor: Allan Román

Tiene un Certificado de Teología de Spurgeon’s College, Londres y traduce: www.spurgeon.com.mx


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