La copa y la gloria: consideraciones acerca del sufrir

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Una de las primeras cosas que descubrí durante tiempos de sufrimiento, es que las personas a tu alrededor quieren pero no saben cómo consolarte o animarte. ¿Te ha pasado? ¿Te ha pasado, que estando frente a alguien que llora la pérdida de un ser querido no sabes que decir? ¿Te ha pasado encontrándote con alguien que perdió su trabajo que las palabras te faltan, o peor lo único que te sale es “Confía en Dios”, o dices “voy a orar por ti” solo para olvidarte cinco minutos después? ¿Qué le dices a un hermano o hermana que por un accidente,  culpa de un borracho detrás de un volante, ahora debe vivir el resto de sus días en una silla de ruedas? El tema del sufrimiento nos toca a todos de una manera u otra porque en mayor en menor grado somos afectados.

Hay muchos aspectos que podríamos hablar sobre el sufrimiento, en estos artículos es mi intención concentrarme solo en el aspecto del sufrimiento del creyente en Cristo. Muchas de nuestras dificultades o sufrimientos son iguales a los que no conocen a Cristo. Las enfermedades, muerte de un ser querido, pérdida del trabajo, divorcio, etc. etc., son comunes a todas las personas. Quienes son hijos de Dios no están exentos a tales situaciones, sin embargo parece haber un sentir de que una vez convertidos a Dios, esas cosas no nos deberían tocar. Dios, ahora nuestro Padre Celestial, nos librará de esas situaciones, o peor hay quienes enseñan que cuando vienes a Cristo ‘todos tus problemas se resolverán’ y ‘Dios quiere que seas feliz y próspero’. Por ello parece afectarnos más cuando viene la tragedia.

Hay un elemento de sufrimiento que es único a los cristianos, y es el ‘sufrir por la causa de Cristo’. Somos consientes, que una vez que pasamos de “las tinieblas a su luz admirable” (1ra. Pedro 2:9), cuando pasamos de “muerte a vida” (Juan 5:24) ganamos no solamente una salvación eterna, pero también un enemigo que busca destruirnos (1ra. Pedro 5:8) y de allí viene la persecución al cristiano.

La Biblia tiene mucho que decir respecto al sufrimiento del cristiano y encontraremos a medida que adentremos el tema, que la perspectiva de Dios respecto al sufrimiento del cristiano es bien diferente a la nuestra. Y que todos los tipos de sufrimiento tienen algo en común en la mente de Dios. Cómo nos gustaría en ocasiones ‘ser Dios’ por unos momentos, solamente para aliviar nuestro dolor o el de alguien querido, porque no entendemos el porqué Dios ‘no escucha nuestra oración’ y nos deja padeciendo por lo que parece un tiempo interminable.

En estos últimos meses tuve la oportunidad de colaborar en la traducción de un libro acerca de este tema. Mucho de lo que escribiré acá y en los siguientes artículos viene de los conceptos vertidos en ese libro. Una vez que esté en impresión les avisaré para aquellos que quieran obtener una copia del libro. Al leer el libro mi mente se transportó enseguida a los años cuando Dios parecía estar lejos, dónde no importaba cuánto oraba, cuánto rogaba, el dolor en el alma no se iba. A tal punto que casi llegué a desesperar de la vida, pensando que la vida no tenía sentido, para que seguir… ¿Te has encontrado alguna vez en ese lugar? No hablemos de causa, ni tipo de sufrimiento por el momento. ¿Te has encontrado alguna vez en un ‘desierto espiritual’? Para el autor del libro, un pastor americano, todo comenzó con la muerte de sus mellizas durante el nacimiento, seguido pocos meses después con una enfermedad a los huesos que lo paralizó por meses con dolores terribles, seguido por la falta de trabajo por meses. Todo esto lo llevó a un ‘desierto espiritual’, es decir sentirse lejos de Dios, y lejos de su oído. Para mí, comenzó en el pastorado en Argentina, donde por 18 meses prediqué cada domingo pensando que sería el último por las fuerzas (léase un líder) que buscaban destruir mi ministerio, seguido por dificultades en el matrimonio que llevaron a la separación, y a desesperar de la vida. Mi desierto duró varios meses también. ¿Dónde está Dios en esos momentos? ¿Qué pasa con sus promesas? ¿Qué propósito puede ser tan importante que necesite de tales medidas desgarradoras? Aunque ambos vivimos situaciones diferentes, en diferentes tiempos y lugares, sin embargo ambos fuimos al mismo lugar en la Biblia buscando respuesta, la Primera carta de Pedro. Yo personalmente fui a esta carta buscando entender a este Dios que decía que me amaba, cuando las circunstancias – desde mi perspectiva – parecían decir lo contrario. Comencé a leer la carta, todos los días, toda la carta. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes hasta comenzar a memorizarla. El autor del libro que estamos traduciendo, fue a esa carta y comenzó a estudiar, estudiar diligentemente y dejar que ese estudio le lleve a la conclusión que Dios quisiera, no a la respuesta que él deseaba obtener.

Qué bueno saber que Dios no tiene una fórmula que trabaja para todos por igual. Dios nos trata como individuos, y aunque sus principios son universales, sus aplicaciones y métodos son infinitos, nunca dos veces igual.

¿Qué es el desierto espiritual? Todos hemos ido en alguna oportunidad a un ‘retiro espiritual’. Allí, alejados de la rutina y las ocupaciones de la vida, en compañía de otros creyentes, disfrutamos de un tiempo especial de comunión hermanable, pero sobre todo de comunión con nuestro Padre Celestial, un tiempo concentrado de estar en la presencia de Dios, de adorarle, de aprender de su Palabra, realmente nos sentimos más cerca de Él. El desierto espiritual es lo contrario, exactamente lo opuesto, donde nos sentimos que Dios está lejos de nosotros, que ha cerrado sus oídos a nuestras peticiones, que ha dejado de ministrar su gracia y misericordia sobre nosotros.

Si alguna vez te has sentido de esta manera, o si hoy te sientes así. Hay respuesta en la Palabra de Dios, en las semanas siguientes comenzaremos a desenvainar la espada de la Palabra de Dios y encontrar la respuesta de un Padre que nos ama. Un Padre que nos ama tanto, que voluntariamente se abstuvo de ayudar a su Hijo en la hora de mayor sufrimiento que una persona jamás podría haber pasado.  La promesa sigue siendo cierta: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:31-32.

“Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.  A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.” 1ra. Pedro 5:10-11.

2

¿Les ha pasado alguna vez, que habiendo gozado de la guía y bendición de Dios, dirigiendo su camino, su ministerio, repentinamente dejan de oír de Dios? Que buscando la guía del Señor, parece no responder. Todo iba tan bien, había gozo en el ministerio, fruto abundante, comunión dulce y de repente, nada. No importa cuán fervoroso el clamor, el silencio divino aturde. Usted queda perplejo, no entiende que pasa. Pablo, me parece tuvo una experiencia similar, claro, algunas cosas tenemos que leerlas ‘entre líneas’, usted juzgue luego, si estoy en lo cierto.

En 2 Cor. 4:8 Pablo describe un tiempo de su andar con Cristo en términos de estar “perplejos, pero no desesperados”. El término “perplejos” (“apuros” en la RV) viene de la palabra griega aporeo, compuesta por la partícula a, que es el equivalente griego de nuestro prefijo negativo, y poros, que significa “camino” o “recurso”. Literalmente, significa “sin camino de salida”. Los escritos no religiosos del primer siglo utilizaron la palabra para describir a una persona asediada por sus acreedores, que enloquecía intentando pagar su deuda. También usaban la palabra para describir una situación en la que uno fuera incapaz de encontrar una vía de escape o una solución, o para referirse a problemas en los que uno se encontraba sin recursos.

Pablo escribió que no había llegado a la desesperación, pero si a estar perplejo, quizás podemos aprender de él y aplicar su enseñanza a nuestra vida. Veamos como enfrento una circunstancia en su vida, en Hechos 16. Quizás no le hemos prestado atención, más que nada porque en el relato bíblico, solo toma unos segundos leer, Hechos 16:5-8: “Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día. Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia;? y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió.? Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas.”

El capítulo comienza con gran empuje, el desacuerdo con Bernabé (Hechos 15: 36-41) había quedado atrás, ahora había ‘descubierto’ a quien sería su mayor colaborador en el ministerio, Timoteo. Juntos visitan las iglesias, las encuentran animadas, gozosas, fervientes en el Señor, había conversiones, las iglesias crecían. ¡Las cosas no podían ir mejor!

Sin embargo, después de enumerar las múltiples bendiciones de Dios, sin advertencia y sin un motivo aparente, el escenario de la vida de Pablo cambia abruptamente. Sin explicación alguna, el Espíritu Santo, les dice NO, no prediquen acá (en Asia). Toman la siguiente ruta, y nuevamente la negativa divina. El apóstol y su equipo entonces encaran por otro lado, por Misia, hacia Troas.

La distancia entre Listra, donde recoge a Timoteo, y Troas era de alrededor de 800 kilómetros. Muchos de esos kilómetros eran camino de montaña. Pablo y sus compañeros caminan, aunque no saben hacia dónde van. Avanzan, pero todos sus esfuerzos, aun los más nobles intentos por cumplir con su llamado al ministerio, se topan con una pared inesperada e inexplicable, lo único que escuchan de parte de Dios es, NO. En el relato de Hechos 16:5-10 no se nos informa de ningún “éxito”, ningún fruto visible, ninguna nueva iglesia, ninguna vida transformada por el evangelio, ninguna intervención poderosa de Dios como habían visto en las semanas anteriores. Solo al final de esta prolongada travesía Dios le dio a Pablo una directiva concreta mediante una visión, y entonces cruzaron hacia Macedonia, donde iniciaron el primer ministerio cristiano en Europa (Hechos 16:10).

El camino a Troas era una aventura de fe en medio de la oscuridad espiritual. Si usted está esperando que Dios le revele el desenlace de sus planes antes del momento que Él considere apropiado, se frustrará. Solo después de recorrer cientos de kilómetros a pie, y de llegar a Troas, pudo el apóstol saber dónde quería Dios que fuera.

Con frecuencia nuestra inclinación humana es interpretar una negativa de Dios como un fracaso de nuestra parte. Nosotros lo intentamos pero otra persona fue elegida. Nosotros queríamos ir, pero no se nos permitió entrar. Hace unos años, estando yo sin trabajo, surgió la posibilidad de ser el traductor y la voz de un reconocido pastor y enseñador de las Escrituras, después de haber hecho la grabación preliminar, orado al Señor, consultado con amigos, y mirado mi experiencia pasada, yo estaba seguro que esta era la oportunidad que Dios estaba abriéndome. Cuando por tercera vez me dijeron que yo no era la persona elegida, me llevó 2-3 días recuperarme de mi perplejidad. Ahora miro hacia atrás y veo que lo que Dios tenía para mí era tanto mejor. Pero llevó 7 años desde ese desaliento hasta el trabajo que ahora desarrollo. Dios lo sabía, yo no.

Quizás la lección más importante a aprender es: ¿Cuál es nuestra meta? Nuestra meta debe ser seguir a Jesús. Punto. No la de ir a Asia o a Bitinia. Podemos y debemos hacer planes, pero el objetivo siempre debe ser ‘seguir a Jesús’. Si Dios en su gracia y sabiduría bendice y aprueba los planes, ¡Aleluya!, si nos detiene o cambia el rumbo, ¡Aleluya!

No es fácil hacer el camino a Troas. No es divertido ir a Troas: estar en la situación en la que sentimos que las bendiciones de Dios fueran cosas del pasado, en la que Dios parece sonreír a otra persona. Recibí un correo-e de un amigo la semana pasada, en el cual me comenta, que después de décadas de servir al Señor fielmente, perdió la posición que ocupaba, y ahora por los últimos 7 meses se encuentra en su camino a Troas, me dice: “Este ha sido (y sigue siendo) el período más triste de mi vida. Hay veces que me faltan las fuerzas y estos días, particularmente, ha sido una de esas veces. Es decir, confío en Dios y en su provisión aunque en realidad hoy no pueda vislumbrar nada”.

El camino a Troas le revelará dos cosas relacionadas: el grado en el que realmente confía en Dios y el grado en el que se muestra moldeable en sus manos. ¿Confía en Él solo cuando le concede las peticiones de su corazón, o puede confiar cuando no lo hace? Lo sabrá, y aprenderá mucho acerca de sí mismo camino a Troas.

3

En las primeras dos entradas sobre el tema del sufrimiento hemos considerado brevemente, lo que es el desierto espiritual, donde Dios parece ausente a nuestro gemir,  y luego el camino a Troas, o sea el transitar en el silencio de Dios, y seguir adelante. Hoy quisiera presentar un aspecto del sufrimiento que seguramente les sorprenderá: El sufrimiento – un regalo de Dios.

¿A qué niño no le gusta recibir un regalo de su padre? Cuando la relación es sana y fuerte, un regalo del padre, aun uno pequeño, es una muestra visible de amor. Un padre no da regalos para ser amado, lo hace porque el amor es la base de la unión entre él y su hijo.

El Nuevo Testamento usa varias palabras para definir el concepto de dar, una en particular utiliza el mismo término griego que se utiliza para “gracia” y describe el tipo de dádiva que a menudo se asocia con Dios. La palabra charidzomai significa “dar con gracia” o “mostrar favor o bondad”.

Las Escrituras utilizan esta palabra para las promesas de gracia que Dios le hizo a Abraham (Gálatas 3:18), acerca de Jesús dándole la vista a los ciegos (Lucas 7:21), así como el perdón por gracia a quienes no podían cancelar sus deudas de ninguna otra manera (Lucas 7:42).

La palabra charidzomai también aparece repetidamente en referencia a la salvación por gracia obsequiada por Dios. Tal vez ningún versículo demuestre mejor esto que Romanos 8:32: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará [charidzomai] también con él todas las cosas?” Pablo la utilizó al describir que Dios da su Espíritu Santo a los creyentes “para que sepamos lo que Dios nos ha concedido [charidzomai]” (1ra. Corintios 2:12). Hasta los dones espirituales, solicitados y valorados por muchos, son, por definición, “dones de gracia” (Romanos 12:6; 1ra. Corintios 12:9), y derivan de la misma raíz charidzomai.
Las Escrituras también registran otro regalo de gracia otorgado por Dios, pero es un regalo que nadie pide. Nadie siente envidia cuando Dios se lo otorga a otros. Nadie espera ansiosamente su llegada. Pablo escribió a los filipenses acerca de este regalo en una de las frases más intrigantes de la Biblia: “Porque a vosotros os es concedido [charidzomai] a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Filipenses 1:29). Pablo utilizó la misma palabra para el regalo de sufrimiento de Dios que la utilizada al dar a su propio Hijo para que muriera (Romanos 8:32), y para las bendiciones relacionadas con el Espíritu Santo (1ra. Corintios 2:12). Recibimos de muy buena manera a las dos últimas. En cambio, no solo no pedimos, sino que no queremos “que se nos conceda” el padecer por Cristo. ¡Qué “regalo”! Cuando Dios nos concede sufrimiento, con todo gusto lo devolveríamos y lo cambiaríamos por lo que realmente queremos.

En muchos casos nos es difícil armonizar nuestra teología con un versículo que indica que Dios en su gracia nos concede sufrimiento. No suena propio de él, y tampoco nos parece bueno. El que no veamos el sufrimiento como proveniente de Dios, en parte se debe a nuestra perspectiva terrenal, ya que no lo relacionamos con el bien; asociamos el sufrimiento con el mal. Difícilmente pondríamos al dolor en la misma categoría que los demás regalos que recibimos de Dios.

En efecto, el sufrimiento del cual escribe Pablo es el de sufrir como cristianos, el de padecer incluso especialmente por ser cristianos. Un aspecto del mismo puede ser la persecución, pero no se limita a este plano. En otras palabras, usted no se encontrará con un sufrimiento de esta naturaleza a menos que ya esté en una relación de amor con el Padre celestial. Acabo de regresar de un viaje a India, para visitar y compartir con algunos misioneros latinoamericanos. Uno de los días hablamos de este versículo, pues en India, aunque legalmente hay libertad de culto, en la práctica se hace difícil compartir el evangelio. Las diferencias culturales, religiosas, de estilo de vida, son tan grandes que representa un tremendo sacrificio el radicarse en medio de un vecindario musulmán o hindú, para ganar a algunos para Cristo. Este grupo de 12 latinoamericanos encontraron de gran ánimo que Dios les ha concedido sufrir por Él, usted se preguntará ¿por qué? Entiendo la perspectiva bíblica produce el cambio de ánimo.

Pocas personas llegan a conocer el sufrimiento hasta el grado en que Pablo lo experimentó. Cuando Pablo se convirtió, el Cristo resucitado describió a Pablo como “instrumento escogido… para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9:15-16). El apóstol aprendió a abrazar este padecimiento, en lugar de quejarse o desanimarse, ¿cómo? La respuesta está en Filipenses 3:7-14, mire esta frase “… a fin de conocerle… y la participación de sus padecimientos…”. Para Pablo parte del ‘conocer a Cristo’, era participar en los sufrimientos de Cristo. Hay un nivel de dulce comunión que solo experimentan aquellos que caminan en los pasos de sufrimiento que Jesús caminó. Y Pablo estaba dispuesto a experimentarlo todo.

Usted que está leyendo hoy, y vive en un país donde hay gran libertad y donde incluso es bien visto el ser cristiano, para usted este versículo de Filipenses 1:29 quizás no significa nada, recuerde en oración a los creyentes de otros países. Y si Dios le permite el sufrimiento médico, o financiero, o emocional, que se muestre la gracia de Dios en medio de este tiempo. Y si usted sufre por causa del nombre de Cristo, sea que su familia le ha dado la espalda cuando usted vino a Cristo, que no puede conseguir trabajo, o avanzar en la compañía porque es cristiano; o si vive en un país con restricciones, sea animado que Dios le concede el privilegio de sufrir por Él. Medite en estos versículos de Filipenses 3, parte de la comunión con Cristo incluye, sufrir como él sufrió. No todos tienen este privilegio.

4

Estas consideraciones nos están llevando a pensar en el sufrimiento desde una perspectiva diferente a la que acostumbramos, el artículo de hoy, no será diferente. La palabra griega koinonia, generalmente traducida “comunión”, también significa “participación, asociación, participantes en”. La palabra no se originó en el mundo cristiano. Los escritos seculares de la época utilizaban koinonia casi con el mismo significado. Sin embargo, con el nacimiento de la iglesia y, principalmente, mediante el Espíritu Santo, la palabra tomó más el sentido de una comunión única y afectuosa, la común-unión en Cristo.

El apóstol Pablo usaba frecuentemente la palabra koinonia. Pablo sabía que Cristo era la base de la comunión, y ésta se manifestaba en diversas áreas. Pablo escribió acerca de “la comunión con su Hijo” (1ra. Corintios 1:9), “la comunión del Espíritu Santo” (2da. Corintios 13:14), y “la comunión [participación] en el evangelio” (Filipenses 1:5). Incluso al mencionar la comunión de un amigo querido, Pablo se daba cuenta de que superaba infinitamente el vínculo terrenal. En Filemón 6 escribió: “… para que la participación [koinonia] de su fe sea eficaz en el conocimiento de todo el bien que está en vosotros por Cristo Jesús”. Según Pablo, la comunión comenzaba por Dios pero se transfería a las relaciones personales dentro de la iglesia. Esto sigue siendo cierto hoy en día. La comunión empieza con Dios, no con los demás.

Nos queda un versículo en el que Pablo escribió sobre la comunión, pero con un uso que no esperaríamos. Pablo escribió en Filipenses 3:10: “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte”. El uso de Pablo de koinonia para referirse a la participación de los sufrimientos de Cristo es tan sorprendente como el “regalo divino del padecimiento” que se menciona antes, en Filipenses 1:29. No solo sabía Pablo que existían tales padecimientos, sino que procuraba activamente participar con Cristo en medio de ellos.

Pablo admite en Filipenses 3 que sus hazañas y prestigio anterior no servía para nada. En el capítulo 3:7–8, concluyó, “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.”

Lo que es más importante, Pablo no veía que él mismo hubiera alcanzado su meta espiritual. Siempre tirando para delante, siempre aprendiendo, siempre en una búsqueda implacable de… Él. Aunque Pablo era un genio académico, su relación con Jesús nunca tuvo que ver con información o mera acumulación erudita. Las verdades doctrinales eran esenciales, pero surgieron de una Persona viva, y Pablo tenía esto presente en su vida y en su búsqueda. Aunque había caminado con el Señor durante décadas y probablemente lo conociera mejor que cualquier otra persona en vida, Pablo quería más. El enfoque de su vida era conocer a Jesucristo más y más, en una comunión cada vez más profunda. Había dos aspectos imprescindibles en el conocimiento íntimo de su Señor: el poder de su resurrección y la participación de sus padecimientos. Él conectó “el poder de su resurrección” y “la participación de sus padecimientos” con la palabra “y”. Es imposible separarlos; como las dos caras de una moneda: no puede haber una sin la otra.

Aquí radica quizás la diferencia, Pablo entendía que en los tiempos de sufrimiento había una profundización en su comunión con Jesús mismo y sus padecimientos. Hay una sola manera de entender el sufrimiento de nuestro Señor, y es participar en ellos. Y porque nosotros esquivamos el dolor, huimos del sufrimiento, perdemos una común-unión singular con el Maestro. Nosotros, (no Él), ponemos el freno, contentos con lo superficial, satisfechos con los premios perecederos que obtenemos del mundo, pero que nunca poseemos de verdad. El sufrimiento nos ayuda en este sentido porque nos fuerza (y hasta nos quita) cosas de nosotros, a menudo cosas buenas en sí mismas. Si respondemos a Él como corresponde, el sufrimiento nos obliga a encontrar consuelo y misericordia en la comunión con Jesús, y a mirarlo en busca de esperanza para el futuro. El sufrimiento convierte al mundo en un lugar donde nos sentimos menos en casa y al cielo como una realidad más definitiva. Sin embargo, si usted está buscando el paraíso en la tierra, se sentirá sumamente desilusionado con Dios. El sufrimiento afloja nuestras ataduras con el mundo presente, y fecunda nuestro deseo de vivir con el Señor.

En realidad, no todos los cristianos sufren por igual. Esto se debe en parte a nuestra decisión de no conocer mejor a Cristo. Los pasatiempos y distracciones del mundo son estorbos más que suficientes, y ni que hablar de los ataques del diablo, que procurará que abandonemos a Dios y que no pasemos por la oscuridad del sufrimiento. Pero otro aspecto importante es que Dios tiene un infinito y preciso conocimiento de nosotros. A menudo, en el sufrimiento nos preguntamos si Dios lo sabe o le importa. Queremos que los demás (y Dios) sepan cómo nos sentimos. Sin embargo, lo que Pablo escribe acá es lo opuesto, Pablo quiere aprender y experimentar la participación de sus padecimientos. Esto es exactamente lo opuesto: aprendemos lo que Él sintió. Para decirlo de una manera sencilla: conocer la participación de sus padecimientos significa conocerlo mejor a Él, saber más de Él. De manera similar entendemos mejor a nuestros padres cuando hemos tenido hijos. Ahora uno tiene la experiencia, y una comprensión mucho mayor, porque se da cuenta de la tarea sacrificial de amor que implica criar un hijo. A menudo, en el sufrimiento nos preguntamos si Dios lo sabe o le importa. Queremos que los demás sepan cómo nos sentimos. La participación de sus padecimientos es exactamente lo opuesto: aprendemos lo que Él sintió. Lo entendemos más y adquirimos un aprecio y una definición más clara de su amor.

Dios, en su misericordia, permite que algunos de nosotros demos un vistazo a lo que Jesús soportó, desde un ángulo diferente. De una manera única y real, sí sabemos por experiencia en alguna medida cómo se sintió él.

Si alguna vez oró con una pasión ferviente, desesperada para que Dios lo rescate, usted conoce un aspecto de la participación de sus padecimientos; recuerde el Getsemaní de Jesús. Si alguna vez quebrantó su espíritu ante Dios, y luego sintió el golpe de que Él no aliviara su dolor, usted conoce algo de la participación de sus padecimientos; recuerde la cruz de Jesús. Si la respuesta que obtiene de Dios es cualquier otra menos la que desea, y de todas maneras se sujeta a su voluntad, aunque ello signifique más dolor todavía, usted conoce la participación de sus padecimientos; recuerde la oración de Jesús. No se trata de que Él conozca nuestro dolor (de hecho, lo conoce), sino de que nosotros conozcamos un poco del suyo. Y que nos maravillemos, y lo adoremos. Lo conocemos mejor a Él, no más acerca de él, y nos transformamos más y más a su imagen.

5

Muchos de nosotros hemos leído una breve historia llamada “Huellas en la arena”. Es una representación conmovedora de un hombre que está en el cielo repasando su vida con Jesús. Al hacerlo, el hombre ve dos pares de pisadas a lo largo de la mayor parte del camino. Sin embargo, durante los momentos extremadamente difíciles, aparece un solo par de huellas en la arena. El hombre lo interpreta como abandono de parte de Dios en esos momentos cruciales. En lugar de ello, el Señor le informa que el único par de huellas pertenece a Jesús llevando en brazos al hombre en medio de sus pruebas más duras.

Una y otra vez, la Biblia presenta la verdad central de esta breve narración. Dios está más cerca de nosotros que un hermano. Nos dio su palabra de que nunca nos dejará ni nos abandonará. Nada puede separarnos del amor de Cristo.

Hay un pasaje en el Nuevo Testamento que describe el concepto de huellas a seguir, es notablemente diferente, pero imprescindible para que comprendamos el sufrimiento. El relato está en 1ra. Pedro. Muchas cosas habían cambiado cuando Pedro escribió esta epístola. El gobierno romano se había vuelto mucho más hostil hacia los cristianos. El cristianismo ya no era visto como una rareza inofensiva de tontos equivocados.

Primera Pedro 2:21 es un ejemplo excelente de Jesús como el precursor y modelo de soportar el sufrimiento de acuerdo con la voluntad de Dios: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.”

En los párrafos anteriores Pedro ordenaba a los esclavos a someterse a sus amos, incluso a los difíciles de soportar. No escribió esto en pro de un funcionamiento social armonioso, ni para beneficio del amo. Las palabras de Pedro están en desacuerdo con buena parte de la teología moderna. En estas palabras Pedro demuestra que Dios no solo está plenamente al tanto de su sufrimiento, sino que además ellos “fueron llamados para este propósito”, como un aspecto más de su caminar cristiano. “Pues para esto fuisteis llamados”. “Esto” se refiere a la paciente resistencia que se necesita cuando uno sufre injustamente como cristiano. Pedro reforzó lo que escribía usando a Jesús como ejemplo, como la base de la motivación. Jesús sufrió por usted. Pedro usó la palabra griega hyper, traducida aquí “por”. Entre las varias formas de traducir, Hyper es una preposición de sustitución, “en lugar de”. Lo que Pedro escribe podría ser traducido como “Cristo sufrió en lugar de ustedes”. Él no solo sufrió “por” usted; Él sufrió en su lugar. Una cosa es sufrir para que alguien reciba el beneficio, como por ejemplo de trabajar duro por el bien de la familia. Pero otra cosa es intervenir y recibir el castigo mortal que corresponde a otra persona, para que ésta no sea sancionada. Sí, esto es lo que Cristo hizo por nosotros, cargando en sí mismo el castigo y el dolor que nos correspondía por nuestros pecados.

La siguiente frase de 1ra. Pedro 2:21, “dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas”, también tiene una importancia mayúscula en nuestro entendimiento del dolor. Por ejemplo, “dejándonos ejemplo” es un presente participio de la palabra griega que significa “dejar atrás”. Pedro usa el tiempo verbal en presente para indicar que lo que sea que Jesús haya dejado atrás todavía tiene consecuencias para los creyentes en la actualidad. Entonces, ¿qué es lo que Jesús deja atrás? Deja un “ejemplo a seguir”, de la palabra griega hypogrammon. Los escritores griegos en los tiempos del Nuevo Testamento usaban esta palabra en referencia a las líneas de un bosquejo que el artista completaría posteriormente. La palabra también hacía alusión a la letra que un estudiante aprendiendo a escribir seguía como modelo para copiar. El aprendiz calcaba cuidadosamente por encima de las letras, tratando de aproximarse lo más posible al “ejemplo” que seguía. Con los años, la palabra pasó también a expresar figurativamente un modelo de conducta que uno debía emular. Todos los matices de la definición se adaptan muy bien a que Jesús dejó un ejemplo hypogrammon para seguir. Jesús deja el primer boceto que nosotros debemos completar. Luego el Maestro pinta los detalles de nuestra vida individual con los colores y tonos que él desea, todos manejados con la precisión y el cuidado que solo él puede tener. Pablo presentó el mismo concepto en Efesios 2:10, donde describió a los creyentes como “hechura” suya, la palabra comúnmente usada en griego para una obra de arte. Esto puede darnos una idea de por qué el sufrimiento varía tanto entre aquellos a los que Dios ama. Dios ha establecido nuestro ejemplo hypogrammon, el cual es similar al de todo aquel que sigue a Jesús. Sin embargo, los colores que Jesús vuelque en cada persona nunca serán iguales. Después de todo, Dios nunca produce en masa sus obras maestras.

Hasta aquí, en 1ra. Pedro 2:21 tenemos a Jesús sufriendo en nuestro lugar (no solamente “por” nosotros), y dejando (tiempo presente) un ejemplo hypogrammon (o un bosquejo específico) para que sigamos como modelo. Lo siguiente que Pedro escribe es crucial. Tenemos que “seguir sus pisadas”, el ejemplo que Jesús deja. La palabra griega que utiliza Pedro es “seguir detrás de, seguir de cerca”, e incluso “caminar sobre”. Lo que Pedro escribe no quiere decir seguir al lado de Jesús. Tampoco habla de Jesús caminando con nosotros y cargándonos a través de los momentos difíciles de la vida. La Biblia nos llama a andar sobre el ejemplo que Jesús ya ha dejado específicamente para nosotros. Tenemos que caminar sobre “sus pasos” o, literalmente, “[seguir] sus pisadas”. En el plural, la palabra quiere decir una línea de pisadas. Existe una gran diferencia entre seguir las pisadas de alguien, y seguir los pasos de alguien. “Seguir los pasos de alguien” quiere decir emular o aspirar a cierto aspecto de la vida de alguien. Como cuando uno dice: “¿Vas a seguir los pasos de tu padre?”. Sin embargo, las pisadas, dan un énfasis diferente. No se trata de unas “pisadas en general”, sino pisadas de Jesús.

De manera que la idea que Pedro desarrolló es: “Pues para esto fuisteis llamados”, a saber, responder de la manera en que Jesús respondió al sufrimiento tan inmerecidamente recibido, por fe y con paciencia, confiando en Dios en medio de todo ello. “Porque también Cristo padeció por [hyper] nosotros”; sufrió en el ámbito que usted no lo haría, porque no habría podido hacerlo. “Dejándonos”, en tiempo presente, no en pasado; lo que haya dejado, todavía está ahí, no ha sido quitado: un ejemplo hypogrammon o un esquema para que usted siga sus pisadas. Si sus pisadas quedan atrás, es que él ha tenido primero que caminar por ahí. Tuvo que ir adelante.

Una pregunta pertinente es: “Pero, ¿a dónde van las pisadas de Jesús? Si uno las sigue, ¿a dónde conducen?” Quizás la primera tendencia sería suponer que suben al cielo y van a la presencia misma de Dios. Pero ese no es el lugar inmediato donde van. Los últimos pasos que dio Jesús en la tierra antes de su muerte, fueron hacia su cruz. Los últimos pasos que dio Jesús en su ministerio antes de la resurrección fueron caminando hacia el sacrificio que hizo en nuestro lugar, no solo para que no tuviéramos nosotros que caminar allí, sino más bien porque no podíamos hacerlo. En ese caso, no caminamos a su lado, Él caminó solo hacia ese lugar, pero con la mira al resultado, “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb 12:2). De igual manera nosotros, las pisadas que nos toquen seguir, quizás sean duras, difíciles, cargadas de dolor, o quizás no. El proceso solo Dios lo sabe para crear esa obra de arte única que seamos para su gloria, y al final del recorrido, nos espera la gloria de nuestro Señor!

NOTA: En un principio comenté que estos artículos eran resúmenes de un libro que tuve el privilegio de ayudar en la traducción. El libro “La Copia y la Gloria” está ya pronto a ser publicado. El autor a querido dar a conocer parte del libro ya en forma gratuita, usted puede leer los primeros dos capítulos en http://www.glorybooksministry.org/lacopa

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Hace varios meses, incluimos algunos artículos sobre el sufrimiento desde una perspectiva bíblica, ver (La copa y la gloria). Dije en aquel entonces que estos conceptos eran derivados de un libro traducido al español que saldría pronto, pues bien, ya está disponible tanto en forma impresa como digital, al final del artículo podrá tener más información.

Presentamos acá un resumen del último capítulo.

¿Se ha percatado de cuántas veces los escritores de la Biblia relacionan el sufrimiento con la gloria? Este concepto aparece en muchos lugares a lo largo de la Biblia. Por ejemplo, Pedro se describió a sí mismo en 1ra. Pedro 5:1 como “testigo de los padecimientos de Cristo… también participante [de la palabra griega koinonia, “comunión”] de la gloria que será revelada”. Pedro explicó que los profetas desconcertados del Antiguo Testamento anunciaban “los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1:11). Después de recomendar a sus lectores que no se sorprendieran por sus duras pruebas, continuó: “sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (4:13). Aun en el versículo de la promesa mencionada en nuestro capítulo anterior, Pedro vinculó la gloria con el sufrimiento: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca”. El sufrimiento y la gloria, relacionados una y otra vez, pero siempre en ese orden.

¿Qué es exactamente la gloria de Dios? Entendemos hasta cierto punto lo que significa el sufrimiento, pero la gloria es un asunto diferente. Con frecuencia la Biblia describe la gloria como algo que pertenece legítimamente a Dios, y también hay una gloria que los creyentes recibirán en el futuro. Por ejemplo, la palabra “gloria”, se usa más de trescientas veces en la Biblia. La gran mayoría de los casos son los que describen la gloria como perteneciente a Dios. “Gloria” es uno de los nombres de Dios. En 1ra. Samuel 15:29 leemos: “Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá”. Constantemente observamos un aspecto de la gloria de Dios en su creación. Salmo 19:1 dice: “Los cielos cuentan [o “declaran”] la gloria de Dios”. Como vimos, las Escrituras también revelan el aspecto importante de la gloria que se relaciona con nosotros. Dios dará gloria a los que creen, como parte de la recompensa futura, y con frecuencia asociada con el sufrimiento. Generalmente cuando sufrimos no pensamos en la gloria, pero Dios sí lo hace, y eso es lo que realmente importa. Puesto que Dios por su gracia reveló varias promesas relativas a la gloria que emerge del sufrimiento cristiano, sería sabio que prestáramos atención.

Para alcanzar una mejor comprensión de la gloria de Dios, volvemos ahora a uno de los lugares donde comenzamos: la Transfiguración. Lucas 9:32 relaciona la gloria con este suceso extraordinario: “Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él”. Necesitamos explorar un poco más a fondo en la Palabra lo que Dios se proponía al revelar esta singular visión de la gloria en la transfiguración de Cristo: esa es la gloria que finalmente nos promete a usted y a mí.

Jesús eligió a Pedro, Jacobo y Juan para que lo acompañaran. Lucas 9:28 revela que llevó a los tres cuando se alejó para orar, lo cual quizás no era inusual. A raíz de esto, es probable que a los demás discípulos no les hubiera llamado la atención cuando los cuatro se marcharon. Sin embargo, ésta sería una experiencia grandiosa con su Señor, cuando Dios permitió que estos tres sencillos pescadores galileos tuvieran un anticipo del reino de gloria y poder, algo que nadie había presenciado antes. Lucas 9:29 describe: “Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente”. Literalmente, “reluciente como un relámpago”. Mateo 17:2 menciona: “y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz”. Marcos describe que “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”.

Si eso no los hubiera impresionado suficiente, “he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él”. Lucas 9:31 describe que Moisés y Elías aparecieron en esplendor, literalmente “en gloria”. Si hubiera sido en cualquier otro momento, presenciar la aparición de dos héroes del Antiguo Testamento hubiera sido para Pedro, Jacobo, y Juan el suceso más grandioso de su vida. Sin embargo, en esta oportunidad hasta Moisés y Elías parecían pálidos en comparación. Jesús era el centro, solo Él exhibía gloria.

El sufrimiento puede producir en nosotros un anhelo por la Estrella resplandeciente de la mañana. El sufrimiento nos predispone a buscar en otros, ayuda y sostén, y Jesús desea que una buena parte de esa búsqueda esté dirigida a Él. Pedro aconsejó a sus lectores, “esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado”. Él permanece fiel. Manténgase firme.

Apocalipsis 21:3-5 registra la promesa de Dios:
“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron… He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.
Esta promesa se ocupa de los sufrimientos pasados y de las expectativas futuras. Dicho en pocas palabras, estos versículos nos recuerdan que nuestro sufrimiento es temporal; la gloria de Dios es eterna. Un día, Dios mismo, aquel que durante nuestra vida terrenal nos perfecciona, nos afirma, nos fortalece y nos establece, también nos dará sanidad completa y nos renovará en gloria. En el cielo veremos y recibiremos en forma total aquello que Moisés, Elías, Pedro, Jacobo y Juan vieron de manera limitada.

¡Ven, Señor Jesús! Todas las promesas de Dios se cumplen en ti. Te esperamos y te anhelamos. De verdad, tuyo es el reino… y el poder… y en especial la gloria por siempre jamás. Amén.

Nota final: Ahora usted puede obtener una copia completa de este libro en el sitio web de la editorial (La Copa y la Gloria). También puede tenerla en forma digital como parte de la Biblioteca Académica

Guillermo Powell

Autor: Guillermo Powell

es el director internacional de Software Bíblico Logos. Argentino, ahora reside en los EE.UU.


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