6 Ahora, Juan estaba vestido con pelo de camelo y andaba con un cinturón de cuero. Su comida consistía de langostas y miel del campo. (Traducción del autor)

Todavía no hemos agotado las conexiones entre Juan el Bautista y el Antiguo Testamento, y esto señala que para entender a Juan hay que verlo en ese contexto. Juan es el último profeta del AT. Por eso en versículo 6 se resalta que Juan imitaba el estilo de vida de Elías.

¿Por qué sería importante que Juan imite a Elías? Dos razones. Por un lado, Israel está consciente de que no ha habido un profeta del señor por unos cuatro siglos. Juan en su ministerio, y Marcos en su recuento, quieren señalar que lo que sucede aquí está íntegramente conectado al testimonio profético del pasado; que Juan de veras es una nueva voz profética en continuidad con los otros profetas que Dios envió a Israel a través de su historia. Segundo, Elías es una figura importante en la expectativa mesiánica. Revisemos a la promesa del regreso de Dios en Malaquías que ya hemos discutido. En Marcos 1:2 se aplica Malaquías 3:1 (“envío mi mensajero delante de ti”) a Juan. Pero interesantemente Malaquías repite esta profecía al final del libro y agrega un dato: “He aquí, yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del SEÑOR.” (Mal. 4:5) Veamos los paralelos en un formato más gráfico:

3:1 – yo envío a mi mensajero, y él preparará el camino delante de mí.
4:5 – yo os envío al profeta Elías antes que venga el día del Señor.

Elías es presentado aquí al final de Malaquías como un tipo de aquel que viene antes del señor. No es que Elías vendrá literalmente, resucitado de la muerte, sino que este enviado del que es habla será alguien como Elías.

Pero ¿Por qué se ha usado a Elías como modelo o tipo en Malaquías 4:5? Seguramente es porque el mensaje de Malaquías es acerca de la corrupción del pueblo de Israel. Para Malaquías, recordemos, el día del señor es una mala noticia porque él viene a purificar. ¿Quién mejor para anunciar la venida de Dios, entonces, que el mismo Elías, el que purificó a Israel de los profetas de Baal (1 Reyes 18)? Así también Juan purifica al pueblo.

Elías es una figura bien conocida en los evangelios precisamente por el papel que juega, tipológicamente, en la profecía de Malaquías:
Algunos pensaban que Jesús era Elías (Marcos 6:15, 8:29).

  • Elías aparece con Moisés en el monte de la transfiguración (9:4).
  • Jesús afirma que “Elías ha venido”, y que era Juan (9:12-14).
  • Los observadores alrededor de la cruz piensan que Jesús clama por Elías (15:35-36).

La conexión a Elías en versículo 6 de nuestro pasaje viene de 2 Reyes 1:8 donde se describe a un hombre que resulta ser el profeta:

7 El rey les preguntó:
—¿Qué aspecto tenía el hombre que les salió al encuentro y les habló de ese modo?
8 —Llevaba puesto un manto de piel, y tenía un cinturón de cuero atado a la cintura —contestaron ellos.
—¡Ah! ¡Era Elías el tisbita! —exclamó el rey. (2 Reyes 1:7-8)\

Parece haber sido la vestidura distintiva de Elías. El hebreo es un poco ambiguo en cuanto al pelo. Literalmente dice “cierto poseedor de pelo”, lo que se puede entender como “peludo” o como alguien que tiene un manto de pelo. Esta última opción parece ser la correcta, y nuestro pasaje mismo parecería a confirmar que así se entendió en el primer siglo. También es interesante que Saúl reconoció al Samuel por su manto cuando el profeta apareció como fantasma (1 Sam. 28:14). Entonces, el manto puede haber sido algo distintivo para todos los profetas.

Pero más importante en relación a Juan es que el manto de Elías es un símbolo de la transferencia de autoridad profética. Eliseo, el discípulo de Elías, le había pedido a su maestro una doble porción de su espíritu cuando él muriera (2 Reyes 2:9). De hecho, cuando Elías es llevado al cielo deja detrás su manto, el cual es cogido por Eliseo, y usado inmediatamente para hacer un milagro (2 Reyes 2:13-14). El mensaje es claro: Eliseo ha recibido la autoridad profética de Elías. Juan, entonces, al vestirse con un manto de pelo y con un cinturón de cuero, está usando poderosos símbolos, señalando por un lado que es un profeta en la tradición de Elías y que viene a purificar a Israel. Por otro lado está también anunciando el cumplimiento de la profecía de Malaquías (3:1 y 4:2) que Elías vendrá preparando el camino del Señor.
La comida de Juan, langostas y miel del campo, no parecen tener un sentido simbólico como sus vestiduras. Es alimento que se encontraba en el desierto y por lo tanto resalta que Juan era realmente alguien que vivía al borde de la sociedad. Era un profeta radical. No estaba interesado en las cosas finas del mundo, ni en poder temporal (Ver Mateo 11:7), sino en un regreso a la práctica de la religión pura revelada en las escrituras del AT.

Aplicaciones

Creo que frente al estilo de vida radical de Juan debemos preguntarnos si nosotros somos demasiados cómodos en nuestro estilo de vida y en la expresión de nuestra fe. No estoy diciendo que como Juan vivía en el desierto, nosotros también debemos hacerlo. Claro que no. Tenemos muchos ejemplos bíblicos de personas ricas, pobres o “normales” que estaban comprometidas a Dios. Riqueza o pobreza no son en sí lo crucial. Pero creo que de todos modos, hay un reto aquí. Juan rechaza las finezas de su cultura porque él tiene algo mejor, él está participando en la revelación de Dios en el mundo. Pero quizás nosotros no compartimos esa claridad de visión. Quizás las cosas del mundo nos impiden “ir al desierto” donde Dios nos puede usar y podemos ser parte de labor redentiva.

También creo que vale la pena meditar sobre la repetición temática de la historia de Israel y preguntarnos dónde cabemos nosotros en esta historia hoy día. ¿Somos los fieles o somos los que necesitan arrepentimiento? ¿Somos los profetas que proclaman las buenas nuevas del regreso de Dios, o somos los líderes religiosos del templo, los que cuidan del estatus quo, los que ya no pueden reconocer a Dios? Creo que tenemos estas tres posibilidades: Elías y Juan representan fidelidad a Dios y a su revelación en Cristo Jesús, los profetas de Baal y el templo del primer siglo representan oposición a Dios y son la peor forma de idolatría. Es una cosa adorar a otros dioses. Es otra cosa distorsionar la adoración del Dios verdadero y convertir a eso en la adoración de seres humanos. Cuidado pastores. ¿A quién estamos sirviendo? Entre esos dos extremos tenemos “la gente”, una agrupación general, un poco indecisa, pero que puede responder a las buenas nuevas y sumarse al movimiento de Dios.

¿Con cuál grupo estamos alineados?

Rob Haskell

Autor: Rob Haskell

Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.
Director del ministerio de capacitación pastoral Senderis. También es autor del libro Hermenéutica: Interpretación Eficaz Hoy, de Editorial CLIE.


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